La doble ampliación de la UE que nadie ha votado: más países y más invasión migratoria

La población nacida fuera de la UE casi se ha duplicado desde 2010 y el bloque quiere incorporar hasta ocho países más

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La Unión Europea se transforma a dos velocidades simultáneas. Por un lado, Bruselas habla de incorporar hasta ocho nuevos Estados miembros antes de 2030. Por otro, la población nacida fuera de la UE ha rozado los 64,2 millones de personas en 2025, según el último informe CReAM de la Rockwool Foundation, casi el doble que en 2010. Dos procesos de escala histórica que comparten un rasgo común: ninguno de los dos ha sido sometido al voto de los ciudadanos europeos.

La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, afirmó esta semana en el Parlamento Europeo que los nuevos Estados miembros deberían incorporarse al bloque antes de 2030. Lo presentó como una «decisión geopolítica». La fórmula resume bien el nuevo lenguaje comunitario: lo que antes se justificaba en nombre de los valores europeos —democracia, Estado de derecho, reformas institucionales— ahora se despacha como necesidad estratégica frente a Moscú.

El problema es que nadie ha preguntado a los ciudadanos si desean vivir en una Unión de 35 países o más. No ha habido referéndum, ni debate electoral claro, ni mandato popular específico. La fecha de 2030 no obliga a nadie: no está inscrita en ningún tratado, no activa ningún mecanismo automático y no permite exigir responsabilidades si llega el año señalado sin que se haya producido una sola incorporación.

La historia invita al escepticismo. En la cumbre de Salónica de 2003, la UE garantizó a los Balcanes Occidentales su futuro europeo. Más de veinte años después, la mayor parte de esos países sigue esperando. Montenegro negocia desde 2012 y apenas ha cerrado provisionalmente siete de los 33 capítulos de su proceso. Serbia lleva abierta la negociación desde 2014 y solo ha concluido dos de los 35 capítulos, mientras mantiene una alineación con la política exterior comunitaria del 63%, muy por debajo del resto de candidatos balcánicos. Ucrania y Moldavia recibieron el estatus de candidatos en junio de 2022, pocas semanas después del inicio de la invasión rusa, en una decisión de carga simbólica evidente pero de viabilidad técnica dudosa: Ucrania negocia su adhesión mientras parte de su territorio sigue ocupado.

La paradoja es que Bruselas exige a los candidatos reformas profundas que ella misma no ha acometido. La política exterior requiere unanimidad entre 27 gobiernos. Con 35 o más, el riesgo de parálisis sería considerablemente mayor. Los costes presupuestarios de integrar países con rentas medias muy inferiores a la media europea —empezando por Ucrania, el país más extenso del continente fuera de Rusia— implicarían o bien aumentar sustancialmente las aportaciones al presupuesto comunitario o bien recortar los fondos que hoy reciben los actuales miembros. Ese debate apenas ha llegado a la opinión pública.

64 millones de personas nacidas fuera de la UE

Mientras se discute la ampliación formal del mapa, la composición demográfica de Europa ya lleva años cambiando a un ritmo sin precedentes. La población nacida fuera de la UE alcanzó aproximadamente 64,2 millones de personas en 2025, lo que supone casi duplicar la cifra de 2010, cuando rondaba los 40 millones. Entre 2024 y 2025, la UE sumó cerca de 2,1 millones de residentes nacidos en el extranjero, un incremento del 3,4%. El peso acumulado es ya estructural: la población nacida fuera representa el 14% del total de la UE, aunque con una distribución muy desigual, que va del 50% en Luxemburgo a menos del 5% en varios países del este de Europa.

España ocupa un lugar destacado en este proceso. Con alrededor de 9,5 millones de residentes nacidos en el extranjero, registró el crecimiento más rápido del último año, sumando unas 700.000 personas y concentrando aproximadamente un tercio del incremento total de la UE. En términos de llegadas absolutas, España recibió cerca de 1,22 millones de inmigrantes en 2024, mientras que Alemania absorbió 1,03 millones; entre ambos países acapararon casi la mitad de todas las entradas al bloque.

Las solicitudes de asilo en 2025 totalizaron 669.365, un descenso del 26,6% respecto al año anterior, con España, Italia, Francia y Alemania concentrando el 74% del total. A ello se suman los 4,35 millones de ucranianos que permanecían bajo protección temporal en la UE a finales de 2025, una cifra que convierte a Ucrania no solo en país candidato sino en la mayor fuente individual de desplazados en suelo europeo.

Dos transformaciones, una sola ausencia

Lo que une la ampliación formal y la transformación demográfica no es la escala —aunque ambas la tienen— sino la ausencia de deliberación colectiva. En ninguno de los dos casos se ha producido un debate público serio sobre consecuencias, costes y preferencias ciudadanas. En ambos, las decisiones se han tomado invocando urgencias —geopolíticas en un caso, humanitarias o económicas en el otro— que terminan por comprimir el espacio para la discusión.

El mecanismo es conocido: una decisión de enorme alcance se presenta primero como inevitable, luego como urgente y finalmente como incuestionable. Quien pregunta por el coste, por el mandato democrático o por la viabilidad institucional queda situado fuera del consenso aceptable.

El propio informe CReAM advierte de que las diferencias entre carga absoluta y relativa se traducen en dinámicas políticas, presiones administrativas y restricciones de política muy distintas entre los Estados miembros, y reclama un enfoque europeo más coordinado y diferenciado. Es una llamada a la gestión técnica. Pero el problema de fondo no es técnico: es político.

Una Unión que incorpora países y población a la vez, sin explicar quién decide, quién paga y quién asume las consecuencias, no está construyendo un proyecto común. Está aplazando una conversación que tarde o temprano sus propios ciudadanos van a exigir. La pregunta no es si esa conversación llegará. Es si llegará antes o después de que las decisiones ya sean irreversibles.