Renunciar al Mundial 2030

España tiene la obligación de renunciar formalmente a organizar la Copa del Mundo de fútbol de 2030. Lo que nació como un proyecto ilusionante, natural, ibérico, entre España y Portugal, con el valor simbólico añadido del centenario del primer Mundial, es ahora una indigna cesión política y acabará como vergüenza histórica.

Sánchez entregó a Marruecos el protagonismo de un evento en el que no pinta nada, a costa de los intereses españoles. Y el vecino del sur, que para nada nos cosidera aliados, no se plantea ser un socio más, sino el verdadero protagonista, reservándose la final en Casablanca. Porque será en Casablanca.

Un país que aporta infraestructuras, historia futbolística, afición y capacidad organizativa no puede aceptar un papel secundario en un torneo que se celebra, en buena parte, en su propio territorio. Un evento que España, con Portugal, había ganado, por el que asume costes, riesgos y exigencias.

Renunciar al Mundial 2030 es una cuestión de dignidad. Sin Marruecos o para Marruecos. Habrá más oportunidades. España no necesita legitimar operaciones geopolíticas ajenas ni hacer de comparsa en un evento que ya no le pertenece.

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