Reaprender a viajar

Hay paisajes que sólo se revelan al que no conduce

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A mediados del año pasado el asfalto me enseñó su lado más áspero. Un accidente de coche —de esos que llegan sin avisar y te dejan el cuerpo bien y el ánimo torcido— me obligó a volver al transporte público si quería viajar. Volver, sí, porque durante años había sido conductor antes que pasajero, dueño del volante, del ritmo y de una falsa sensación de control.

El regreso no fue amable. Me enfadé. Mucho. Renegué del viajar. Del esperar. De los horarios ajenos. De ir «de paquete», palabra que ya de por sí suena a carga, a estorbo. Me distancié de todo, también de mí mismo. El trayecto dejó de ser camino para convertirse en trámite, en una sucesión de minutos que había que tachar del calendario interior cuanto antes.

Conducir te coloca en una vigilancia permanente. Ojos al frente, manos tensas, mente repartida entre señales, retrovisores y prisas. Uno llega, sí, pero llega ciego. Porque mientras crees avanzar, se te escapan los márgenes. El paisaje pasa, pero no entra. No se posa.

Ir «de paquete», en cambio, es otra cosa. Es ceder. Y al ceder, paradójicamente, se gana. Ganas tiempo. Ganas mirada. Ganas la posibilidad de mirar sin la obligación de decidir cada giro. Dejas de empujar el mundo para permitir que el mundo se acerque.

Pude darme cuenta de eso una tarde cualquiera, pero ocurrió la víspera de Reyes. Un viaje en bus, de esos largos y silenciosos, con ventanillas algo empañadas y conversaciones a media voz. Yo iba aún con ese poso de resentimiento, con el pesar instalado como pasajero cautivo. Hasta que, sin darme cuenta, comencé a ver.

Los campos invernales, desnudos y honestos. Los pueblos pequeños con luces tempranas, como si también ellos esperaran algo. El cielo bajo, de enero, que no promete milagros pero cumple con su belleza discreta. Todo estaba ahí antes, pero yo no.

Y entonces ocurrió algo sencillo y profundo: el enfado se aflojó. No de golpe, sino como se aflojan los nudos viejos, poco a poco, casi sin ruido. El pesar se transformó en agradecimiento. Agradecimiento por seguir viajando. Por poder sentarme y dejar que otro conduzca. Por recuperar la mirada que había perdido entre volante y prisa.

La víspera de Reyes tiene eso: nos devuelve a la espera. A la infancia de creer que algo bueno puede llegar mientras dormimos o mientras miramos por una ventanilla. Esa tarde entendí que no todo retroceso es pérdida, que no todo cambio impuesto es castigo. A veces, la vida te quita el volante para devolverte los ojos.

Desde entonces, cuando viaje «de paquete», intentaré no quejarme. No siempre lo conseguiré, pero recordaré que hay paisajes que sólo se revelan al que no conduce. Y que quizá la gratitud empieza ahí: en aceptar ir más despacio para volver, sencillamente, a admirar.

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