El protocolo es la educación de quienes no la tienen, como el feminismo se promueve como la caballerosidad de quienes jamás fueron caballeros. Y pocas cosas ilustran mejor esta paradoja que las últimas noticias que salpican al PSOE y a varios de sus dirigentes. Mientras predican códigos de conducta, igualdad y respeto, proliferan los episodios que revelan justo lo contrario.
El relativismo absolutista ha hecho del feminismo un refugio retórico para quienes no practicarían la caballerosidad ni por instinto. Ante cada nueva denuncia, cada revelación incómoda, se vuelve a demostrar que la impostura no da para tanto. Hay virtudes que no se decretan ni se aprueban en comisión. Se ejercen. Y cuando no se tienen, toda la liturgia del poder termina por desnudar al predicador.


