Un 25% de la población española está en riesgo de pobreza o exclusión social. No son necesarios datos oficiales, cualquiera lleva tiempo comprobando cómo la cesta de la compra se ha encarecido en apenas dos años hasta prácticamente doblar el precio medio de muchos productos.
Carne, pescado o huevos (fuentes básicas de proteína) se han transformado en artículos de lujo para millones de hogares. Y el sueldo no alcanza para esos «lujos» porque el empleo que sostiene a la mayoría es precario. España exhibe un Índice de Calidad del Empleo un 26% inferior a la media europea, con el peor dato de toda la Unión Europea en estabilidad laboral. Un 18% de los ocupados sigue atrapado en empleos de bajos salarios desde hace veinte años. El resultado es una fragmentación social sin precedentes: la clase media se contrae y 4,3 millones de personas viven en exclusión severa, un 52% más que en 2007. Y el Estado no propone nada más que un sistema fiscal extractivo hasta la indecencia.
Circula un chiste en redes sociales: un hombre bate huevos en el balcón a la hora de la cena para demostrar al vecindario que pertenece a la clase pudiente. Parece sólo un meme. En realidad es el símbolo de una sociedad que empieza a normalizar la pobreza.


