Pavelaquin. La primea vez que leí su nombre, pensé que sería un príncipe ruso. Uno de esos que irrumpen en las novelas de Tolstoi y que cien páginas después hacen mutis por el foro. Mitad culto, mitad frívolo, y con una vida que la propia novela calificaría como disoluta o licenciosa. Pero la realidad volvió a superar mis pobres figuraciones: Pavelaquin resultó ser un caballero español, culto y profundo, esposo amantísimo de una dama hermosa y sensible, y padre de una familia abundante. Y no sólo eso. El tal Pavelaquin, que podrán encontrar en X, goza de un sentido del humor poco común, burbujeante y amable.
Gracias a este príncipe ruso inexistente supe de un chiste doméstico que alimenta mis ratos de aficionado a la escritura. Es una ilustración sencilla, tipo The New Yorker. Un hombre calvo y con gafas está sentado en su escritorio. Es una mesa amplia en la que hay una taza de café, dos cuartillas, una pantalla y un teclado. A su izquierda, un flexo. En el umbral de la puerta aparece su mujer. Le lleva al escritor otra taza de café. Él le dice lo siguiente: «I wrote another five hundred words. Can I have another cookie?».
Es justamente lo que me pasa aquí, en LA IBERIA, cuando cada quince días busco 500 palabras. Y mi hijo pequeño lo sabe, y conoce además la ilustración del escribidor y su anhelada galleta. Así que, cuando me ve en delante del teclado, asoma la cabeza y mira la esquina inferior izquierda de mi pantalla, para ver cómo avanza mi artículo. Si llevo menos de 500 palabras, me insta a que continúe; si llego a ellas, me trae un café. Y una galleta.
Hace unos días me encontraba yo en ese trance de búsqueda. Estaba tan seco que, para impulsarme, volví a esto de Newman: «Hasta que uno no se pone a escribir, negro sobre blanco, lo que piensa acerca de un tema, es incapaz de tener claro qué sabe y qué no sabe, y menos aún será capaz de expresar lo que sabe». Debía, pues, buscar una luz en medio de la oscuridad de mi ignorancia.
El niño debió de darse cuenta de mi empeño. Asomó su cabecita, escrutó el contador de palabras y, cervantino, como en un soneto con estrambote, «miró al soslayo, fuese y no hubo nada».
Pero hubo algo. A los cinco minutos, previendo que yo hubiera llegado ya a las 500 palabras —cosa que, ay, no había sucedido—, apareció con una bandeja repleta de viandas. Lo que pilló en la nevera y en el armario. La heterogeneidad, casi extravagancia, emparentaba todo aquello con los cuentos orientales: humus, zanahoria en tiras, almendras garrapiñadas (restos del naufragio de la Navidad), Coca-Cola, jamón…
Una de sus hermanas preguntó por aquel despliegue. «Su premio Nobel. Le he preparado a papá su premio Nobel». Me sentí entonces en la mismísima Sala de Conciertos de Estocolmo, creyendo que en cualquier momento sonaría mi nombre.


