Los retornos de diciembre

El progreso tiene algo de fóbico: es una huida constante, un desgarro que promete una sanación siempre aplazada

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Diciembre, que acabamos de dejar atrás, tiene la virtud de recordarnos una evidencia que solemos disimular con bastante eficacia: no somos tan sociables, ni tan abiertos como nos gusta creer. Vivimos instalados en grupos cada vez más estrechos, cuidadosamente seleccionados, confortables hasta la asfixia. Y, de pronto, el mes impone una agenda de encuentros —familiares, antiguos amigos, compañeros de estudios, de trabajo o compromisos heredados— que poseen algo de rito y algo de obligación. No siempre apetece. Pero rara vez carecen de sentido.

Estos rituales sociales de final de año cumplen una función que no debería despreciarse. Nos fuerzan a salir de nuestras burbujas voluntarias y nos devuelven, aunque sea brevemente, a una conversación más amplia con nuestros semejantes y con nosotros mismos.

Las reuniones de estas fechas tienen algo obstinadamente retrospectivo. Miramos hacia el pasado, hacia el lugar del que venimos, a quienes fuimos, a lo que rechazamos, a aquello que dejamos de ser, a lo que sigue sin resolverse. Por eso, para muchos, la nostalgia que aflora en diciembre empuja a la huida: viajes, actividades permanentes, una ocupación constante del tiempo. No se trata de la nostalgia publicitaria que nos envuelve a diario, esa que convierte el recuerdo en mercancía y el pertenecer en privilegio, sino de una nostalgia más incómoda, individual, introspectiva, que exige una atención para la que no siempre estamos preparados.

Vivimos bajo la promesa de un progreso continuo que, paradójicamente, puede empujarnos a la nostalgia. El riesgo es doble: por un lado, quedar atrapados en el pasado. El arrepentimiento, el deseo de volver a algo que ya no existe, la tentación de retomar abandonos como si el tiempo pudiera desandarse. Por otro, huir hacia adelante, subsanar a base de movimiento, perseguir un futuro que nunca termina de llegar. El progreso, tal como lo experimentamos hoy, tiene algo de fóbico: es una huida constante, un desgarro que promete una sanación siempre aplazada. Y esa promesa incumplida genera dolor.

Frente a esta lógica, los encuentros de diciembre introducen una fisura. En un tiempo dominado por un presente acelerado, que nos encierra en la búsqueda de la novedad y en comunidades efímeras marcadas por la actualidad, estos encuentros borran, aunque sea de forma imperfecta, las brechas temporales. Nos obligan a pausar. Y hoy, pausar no es poca cosa.

Lo que regresa con estas reuniones no es solo memoria, sino también responsabilidad. A veces preferiríamos no mirar. Nos preguntamos por qué incomodan tanto ciertos recuerdos, presencias, lugares, ciertas conversaciones. La respuesta suele ser sencilla: contienen fragmentos de nosotros mismos que no han desaparecido del todo. Voces que siguen formando parte de nuestra vida y que quizá no deban ser silenciadas sino reconocidas e integradas en nuestro propio coro.

Estos regresos funcionan como una rendición de cuentas discreta. Uno muestra avances, explica renuncias, justifica desvíos, rescata proyectos olvidados. Tal vez por eso alimentan esa sensación de falso nuevo comienzo que asociamos al cambio de año. Cuando, en realidad, el impulso más genuino de recomenzar suele llegar en septiembre, con una claridad más racional, propia de esa luz tan agradable de finales del verano.

El retorno de diciembre no consiste en retomar el pasado tal como estaba. No es nostalgia, ni arqueología sentimental. Es, más bien, la entrada en escena de voces encarnadas que el día a día silencia. Las redes sociales, los compromisos laborales, los grupos elegidos por pura afinidad nos empujan hacia una vida regida por la voluntad, el deseo inmediato y la convivencia. Diciembre interrumpe esta lógica. Nos devuelve, a veces con suavidad, a veces con insistencia, a un mundo interno que solo se activa en contacto con otros que no hemos elegido del todo, manifestando las contradicciones e incertidumbres que nos conforman.

Es un retorno físico, sin duda, pero en el fondo son marcas cartográficas que nos recuerdan dónde está el verdadero camino. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿con qué máscara nos mostramos? ¿La del éxito, la de la coherencia, la de la convicción inquebrantable? O, tal vez, la de quien reconoce dudas y fracturas.

Este retorno no deja de ser una forma de rectificación que no podemos confundir con el arrepentimiento. No se trata de lamentarse. Se trata de regresar, corregir el rumbo, reparar distorsiones acumuladas, o en ocasiones simplemente detenerse y continuar sin dejarse arrastrar. Diciembre recompone un tejido que se ha ido tensando durante el año. Septiembre invita a juzgar y planificar desde la razón; diciembre, en cambio, nos coloca en un territorio más ambiguo, hecho de temor y amor, de esperanza y caída. De ahí nace, quizá, la posibilidad de una redención inacabable: la de recordar, año tras año, el camino que, con suerte, aún queremos y debemos continuar.

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