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Los ojos de Naia

La mayor desgracia que puede ocurrirle a una persona es sentirse derrotado antes de estarlo de verdad

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A una edad en la que casi todas las chicas están empezando a maquillarse y a mirarse en el espejo con mirada de mujer, Naia Llabrés recibió una noticia sobre su salud para la que nadie puede estar preparado: «Tienes un cáncer de hueso en la cabeza, y es incurable». Ella, de hecho, no está ya entre nosotros, sino seguramente en el Cielo, pero antes de marcharse quiso dar a conocer su caso en Roca Project, el podcast de Carlos Roca, uno de los más populares y exitosos en Youtube.

La asombrosa madurez de esta chica, capaz de afrontar un drama tan brutal sin derrumbarse, y ser capaz además de contarlo ante una cámara durante una hora y media, no es algo fácil de encontrar. Naia era los ojos y la sonrisa de una niña en la mente y la sobriedad de un adulto. Todo en ella, el tono de voz, la mesura de sus palabras, los gestos y expresiones…, combinaban inocencia y maestría, juventud y veteranía. Era como ver a una hija y escuchar a tu madre.

Para cualquier persona con fe es muy fácil encontrar a Dios en Naia. No es posible tener tanta paz interior, tanta confianza en un futuro que es desconocido para todos, si Dios no habita en ti. Y quizá sea eso precisamente lo fascinante de este caso: que no es una chica más. No es «solamente» una historia dramática que conmueve sin más, y que nos confirma lo torcidos que son a veces los renglones de la Providencia. Es la encarnación de un alma con vocación de eternidad en la voz, la sonrisa y la mirada de un ángel de quince años.

Naia, en sus respuestas tranquilas sin apenas titubeos, remite constantemente a la eterna pregunta: «¿Por qué?». Pero no es una pregunta que se hiciese ella; nos la hacemos los demás, al verla. Los católicos sabemos que es una pregunta-trampa, porque intentamos razonar lo que realmente es un misterio. Y sin embargo, ¡qué difícil es para cualquiera de nosotros renunciar a esa pregunta! ¡Qué injusto nos parece siempre que la muerte venga a llevarse a quien acaba de empezar a vivir!

Los ojos de Naia estaban llenos de vida, con un azul embriagador que acentuaba la inocencia de sus palabras. No quería marcharse pero sabía que esa entrevista era, sin duda, una despedida. También un testimonio y un ejemplo. Una forma de afrontar la peor noticia con la máxima entereza. Pero no una entereza forzada, no una de esas exhibiciones modélicas de entrenamiento psicológico, no. Una entereza de santidad. Una entereza con sello de fabricación en el cielo.

Algunos están ahora discutiendo sobre si Carlos Roca ha traspasado la frontera de la deontología por emitir una entrevista con una chica enferma de cáncer que ya ha fallecido. Que si busca multiplicar su audiencia y bla bla bla. Pero la mirada de Naia es necesaria en un mundo como el de hoy, tan vacío y sin esperanza, tan oscuro y frío. Las palabras de Naia nos hacen falta, aunque sea para tener un modelo al que poder agarrarnos si un día conocemos nosotros también la tragedia de una enfermedad letal.

Los ojos y la sonrisa de Naia nos recuerdan que el bien y la belleza existen también cuando el mal parece apoderarse de todo. Que nunca, o casi nunca, hay razón para dejar de confiar y de sonreír. Que probablemente la mayor desgracia que puede ocurrirle a una persona es sentirse derrotado antes de estarlo de verdad.

Ahora que Naia está en el Cielo, quizá en el jardín de las almas sencillas, tenemos más motivos para sentirnos afortunados. Porque, en efecto, la muerte existe y es casi siempre injusta. Pero la muerte no es el final. La muerte no tiene la última palabra. La muerte no puede derrotar a quien está dispuesto a luchar hasta el final…y más allá. Si Naia la ha derrotado, nosotros también podemos hacerlo.

Descansa en paz, Naia Llabrés.