Los mercaderes en el templo

La secularización oficial, impuesta de forma evidente por los poderes públicos y difundida por los medios de comunicación de masas, convive hoy con un resurgir de nuevas expresiones de lo religioso

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Unas semanas atrás, nuevo disco de Rosalía mediante, al hilo del éxito de la película española Los domingos, se abrió el debate sobre un cierto repunte del interés por la fe católica en la sociedad española. Aunque evidentemente nos encontramos ante un fenómeno aún minoritario, estos síntomas resultan significativos, ya que se manifiestan a través de una religiosidad más personal, reflexiva y desvinculada, a veces, en parte, de la institución, pero no necesariamente ajena a ella. Para algunos jóvenes, la fe ofrece un marco de sentido, comunidad e identidad en un contexto marcado por la incertidumbre, la precariedad y la fragmentación social. Así, la secularización oficial, impuesta de forma evidente por los poderes públicos y difundida por los medios de comunicación de masas, convive hoy con un resurgir de nuevas expresiones de lo religioso que invitan a repensar el marco de la realidad que vivimos y que miran con una añoranza reforzada hacia atrás para mejorar el mañana.

Reflexionando sobre lo que ha pasado en España durante los últimos años, me vino a la cabeza un hecho que, sin llegar a ser generalizado, lamentablemente tampoco resulta anecdótico y, sin embargo, es muy sintomático de la involución que hemos vivido. Existe una barriada en el extrarradio de Madrid, formada por núcleos de viviendas surgidas en los años 60 y 70, donde habitaban lo que se venía a reconocer como clases medias, de nombre Alameda de Osuna, cerca del aeropuerto y junto al populoso barrio de Canillejas. Ese barrio, formado por familias trabajadoras que aún siguen viviendo allí junto a nuevos residentes alojados ya en urbanizaciones privadas más elitistas, contaba con un punto de encuentro en torno al cual giraba gran parte de la vida en comunidad de todos los barrios y pueblos de España. No me refiero, en este caso, a la vía del tren abandonado donde florecieron míticos grupos de los 90 como Buenas Noches Rose o Pereza, de Leiva y Rubén Pozo, que también, sino a la parroquia. En el caso de la Alameda de Osuna, a la Parroquia del Padre Nuestro, un templo de ladrillo situado en la Avenida de Cantabria, donde centenares de familias jóvenes celebraron su matrimonio, los bautizos de sus hijos y donde estos confirmaron su fe durante años.

La Iglesia del Padre Nuestro, erigida canónicamente en 1973 por el cardenal Tarancón, se convirtió en un punto de encuentro de los vecinos y estuvo guiada durante muchos años por sacerdotes plenamente comprometidos con su barrio y recordados por ello, como el primer párroco, Tirso Vaquero, que estuvo 21 años al frente. Pero pasaron los años, el barrio creció y supongo que el nivel adquisitivo de la zona con él, por lo que este templo humilde, situado en el centro del barrio y cuyo exterior no se distinguía del de las casas donde vivían sus feligreses, ya no reunía las condiciones que los tiempos modernos requerían. ¿Y cuál fue la decisión del Arzobispado de Madrid? Impulsar la construcción de una nueva iglesia, que abrió sus puertas en el año 2007, poniendo a la venta la parcela donde se encontraba la parroquia, que había sido cedida por la empresa constructora del barrio durante el tardofranquismo. Esa fue la decisión que tomaron, pudiendo haber tomado otras, incluso desacralizando el templo para seguir cumpliendo labores parroquiales (Cáritas, formación…) o, al menos, seguir aportando a la comunidad como punto de encuentro para otras funciones asistenciales dedicadas a mayores, jóvenes… pero no: el Arzobispado decidió venderlo al mejor postor, aprovechando que eran años de una burbuja inmobiliaria a punto de estallar, para convertirlo en un  hiper bazar chino. Donde antes había una cruz, una pila bautismal o se guardaba la Sagrada Forma, ahora se venden tuppers, pan recalentado y toda una gama de productos procedentes de polígonos. Donde había lazos que fortalecían la comunidad y fomentaban un sentido de pertenencia a una forma de vivir y de ser en nuestra sociedad, ahora se venden bragas y material escolar de baja calidad. Vendieron, literalmente, el templo a los mercaderes.

Una historia que es un reflejo de los tiempos que nos han obligado a vivir y ante los que parece que se levanta una esperanza de rebeldía.

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