Nuestra época ha decretado que la verdad sea un sentimiento con buena prensa: flexible, íntimo, negociable. Pero la realidad no es una emoción ni un acuerdo. No depende de lo de fuera, de lo que nos ocurra, como tampoco la construye nuestra voluntad. No es un producto de la experiencia ni una fabricación del deseo. Es lo que es.
Cuando la verdad se reduce a lo subjetivo deja de serlo, pasa a ser constructo, deseo, capricho. Algo que siempre acaba sometido a la ley del más fuerte. La gran coartada del relativismo es la huida del esfuerzo, del pensamiento, del juicio, del orden de la vida conforme a lo real, a lo que es.
Donde se arrasa con la verdad, lo único común es la imposición: manda quien controla el relato. La verdad no está para halagar al hombre, sino para salvarlo. Sólo lo verdadero, no lo útil ni lo popular, puede liberarnos. La dictadura de la apariencia es la idolatría de nuestra época.


