La política ha dejado no tiene nada de arte de gobernar y todo de ejercicio permanente de distracción. Quienes detentan el poder ascienden hablando de problemas que no existen, de debates importados o artificiales, de causas abstractas que no afectan a la vida cotidiana de quienes les votan. En España, este vicio alcanza una intensidad particular: se gana el poder no por la capacidad de gestionar lo real, sino por la habilidad para agitar lo imaginario.
El resultado es doblemente perverso. Por un lado, se abandonan los problemas auténticos (seguridad, vivienda, energía, demografía, infraestructuras…) hasta que se enquistan. Por otro, las decisiones adoptadas desde esa política ensimismada no sólo no los corrigen, sino que los agravan. Cuando la realidad, ignorada durante años, irrumpe en forma de crisis o catástrofe, como en Adamuz, el mismo poder que la desatendió se revela incapaz de afrontarla. Gobernantes elegidos por hablar de ficciones acaban produciendo desastres reales.


