La convergencia acelerada entre el salario mínimo y el sueldo más habitual no tiene nada de bueno. Cuando la base legal del mercado laboral roza el ingreso típico, el problema no es que los de abajo mejoren, sino que el conjunto se aplana por abajo. El resultado es una economía donde el esfuerzo adicional, la formación o la experiencia apenas se traducen en una mejora real del poder adquisitivo.
Este estrechamiento desincentiva la promoción profesional y castiga a quienes sostienen el tejido productivo, especialmente a las pymes y a los sectores intensivos en empleo. Una sociedad próspera no iguala por decreto, sino que ensancha el tramo intermedio. Sin crecimiento de la productividad y de los salarios reales, el manido ascensor social se queda parado en la planta baja.


