Un buen día, se me ocurrió ir a visitar una de esas librerías de segunda mano que hay por Chamberí, esas que tienen los libros con las páginas de color pergamino, las cubiertas gastadas y ese inconfundible olor. Y un precio menor que el de un café, todo sea dicho. Entré en la librería y subí por una escalera de caracol que se encontraba a la izquierda del mostrador. Enseguida, me topé con una gran buhardilla con dos grandes estanterías a los lados y un carrito en el centro rebosante de libros de bolsillo.
Ojeando, sin buscar nada en particular, me detuve en un pequeño libro de Colección Austral —«los libros que usted deseaba leer»— llamado Sobre casi todo, de Julio Camba. No hacía mucho que había empezado a escuchar de Camba, incluso recuerdo que nos hablaron de él en alguna clase.
Después de comprar el libro, me senté en la primera terraza que vi, me pedí un café y empecé a leer. Se trata de una recopilación de artículos, cada uno sobre un tema diferente, cada cual más peculiar. Eché un vistazo al índice y, tras dejar para otro momento los artículos sobre antropofagia, arte rupestre, faquirismo y el Polo Norte, me fui al artículo titulado Sobre los héroes.
En el texto, Camba contaba con gracia que un amigo suyo, estando en Londres, vio a una persona ahogándose en el Támesis y, sin vacilar, se tiró de cabeza a por ella. El problema llegó cuando su amigo recordó, mientras se zambullía en el río, que él tampoco sabía nadar. Aquella mañana, un policía que pasaba por ahí se encontró con no una sino dos personas ahogándose en el Támesis. Esto, que era claramente «un acto irregular que no se podía permitir en una ciudad tan seria como Londres», le llevó a sacar del agua con una rapidez asombrosa a los dos náufragos, antes de que la cosa fuese a más.
Para el amigo de Camba, ese día las sorpresas no habían terminado. Tras poner en conocimiento de las autoridades los hechos que habían tenido lugar esa mañana, nuestro olvidadizo amigo asistió ojiplático a la entrega de un reloj como recompensa al heroísmo del policía. Protestó, pues pensó que no suponía ninguna heroicidad tirarse al río sabiendo nadar y que, en todo caso, el reloj debía recibirlo él, el auténtico héroe.
No se equivocan si intuyen que nuestro compatriota no recibió ningún reloj ese día; en palabras de Camba: «la sociedad, enemiga de los héroes inútiles y mucho más de los perjudiciales, acordaba por unanimidad entregar el reloj al policeman».
No puedo estar de acuerdo con el protagonista de esta historia, al menos con las razones en las que sustentaba su heroicidad. La valentía no residía en el hecho de que se lanzase aun río consciente de que no sabía nadar, ya que en ese caso estaríamos hablando de un perfecto idiota. Donde el tipo demostró verdadera grandeza fue en la reacción instintiva de socorrer al que lo necesitaba, sin hacer cálculos ni valorar posibilidades. Si los hubiese hecho, solo podríamos hablar de un estúpido o de alguien medianamente razonable, pero en ningún caso de un héroe.
A mí a los héroes, útiles o no, dámelos siempre. Los quiero en mi equipo. Y es que lo que distingue a estos sujetos es la predisposición para aceptar cualquier resultado en pos de conseguir un bien mayor. No se necesita nada más. Quiero pensar que, al final, será la disposición del corazón y no los actos en sí mismos lo que se tendrá en cuenta y se premiará. Espero que con algo más que un reloj.


