Hay momentos en los que la política deja de avanzar a golpes de grandes decisiones y empieza a hacerlo de manera silenciosa. Paso a paso. Medida a medida. Cuando el ciudadano quiere darse cuenta, el paisaje ya ha cambiado. Eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy con la idea de un ejército europeo.
Porque, aunque se nos presente como una respuesta casi improvisada a un mundo cada vez más inestable, lo cierto es que nada de esto es nuevo. La integración militar europea no surge de repente por Ucrania, por Trump o por Groenlandia. Todo eso sirve de contexto, de acelerador. Pero la dirección estaba marcada desde hace décadas.
Conviene recordarlo desde el principio: la idea de un ejército europeo no aparece ahora. Está en el germen mismo del proyecto comunitario. Ya en los años cincuenta, cuando Europa aún se recuperaba de la guerra, se intentó crear una Comunidad Europea de Defensa. Fracasó. No por falta de medios, sino por exceso de lucidez.
Francia, con Charles de Gaulle al frente, entendió lo que estaba en juego. Un ejército supranacional no es un simple instrumento defensivo. Es poder. Es mando. Es soberanía. Y de Gaulle sabía que quien controla el ejército, controla el Estado. Por eso se opuso. No por nostalgia nacionalista, sino por realismo político.
Ese debate nunca desapareció. Simplemente quedó aparcado convenientemente hasta que llegara el momento de desempolvarlo. Y cada vez que los ciudadanos europeos fueron consultados sobre dar un salto político decisivo —como ocurrió con la Constitución Europea— la respuesta fue negativa. Desde entonces, Bruselas aprendió la lección: avanzar sin preguntar.

De lo legal a lo real
Formalmente, la Unión Europea no puede tener un ejército propio. Los tratados no lo permiten. Pero en política, lo que importa no es sólo lo que se escribe, sino lo que se hace.
Durante años se ha ido construyendo una arquitectura paralela: cooperación militar permanente, fondos comunes de defensa, compras conjuntas de armamento, misiones exteriores, estructuras de mando compartidas. No se le llama «ejército», pero cada pieza encaja en esa dirección. Es una integración por hechos consumados. Cuando llegue el momento de ponerle nombre, la estructura ya estará ahí.
Aquí aparece una de las grandes contradicciones del discurso oficial. Se habla de «autonomía estratégica europea», pero rara vez se explica frente a quién. Desde luego, no frente a los Estados Unidos. Europa vive bajo tutela militar estadounidense desde 1945. La OTAN no es una alianza entre iguales, sino una estructura claramente jerárquica. Y Washington nunca ha visto con malos ojos que Europa se militarice más, siempre que lo haga dentro de ese marco (y gastando recursos en sus empresas).
La guerra de Ucrania lo dejó claro. Europa no decidió la escalada ni los tiempos ni los objetivos. Pero asumió los costes: energía, inflación, desindustrialización, tensiones sociales. Los Estados Unidos marcaron el rumbo; Europa puso el dinero y asumió las consecuencias. Pensar que un ejército europeo cambiaría esa lógica es, como mínimo, ingenuo.
La crisis como argumento universal
Cada paso hacia la integración militar viene acompañado de una crisis. Siempre hay una amenaza. Siempre hay urgencia. Siempre hay prisa. Rusia hoy ocupa ese papel. Antes fue el terrorismo, luego el virus. Mañana será otra cosa.
Groenlandia es un buen ejemplo. Ante las declaraciones de Trump sobre la necesidad de controlar la isla, la respuesta europea no ha sido afirmar una soberanía propia, sino ofrecer más OTAN, más despliegue aliado y más coordinación militar. Es decir, más de lo mismo, presentado como novedad.
Mientras tanto, se normaliza el rearme, la movilización social y la idea de que ceder competencias militares es inevitable. No porque se haya debatido, sino porque «no hay alternativa». Resulta que la amenaza del Ártico no viene de Rusia (con derecho a usarlo por plataforma continental como Europa), sino de los Estados Unidos (que apenas tienen por la misma razón).
Hay otro elemento del que se habla poco, y es el económico. El rearme europeo mueve miles de millones de euros. Y ese dinero no se reparte de forma equitativa. Grandes contratistas industriales, concentrados en unos pocos países —principalmente anglosajones—, son los principales beneficiarios.
La seguridad se convierte así en un mercado. Cuantas más amenazas se perciben, más presupuestos se aprueban. Y cuanto más integrado está el sistema, menos control nacional existe sobre ese gasto. No es una conspiración. Es un incentivo estructural. No tienen por qué creerme, la historia está servida de estos ejemplos.
Un ejército sin Estado
Quizá la mayor paradoja de todas sea que Europa quiere un ejército común, pero no tiene una política exterior común real. No controla sus fronteras, no decide su energía, no habla con una sola voz en el mundo. Y aun así pretende dotarse del instrumento más poderoso de un Estado.
¿Cuál es la razón? Queda claro que dar un paso más hacia la creación de eso que algunos llaman «los Estados Unidos de Europa», sueño de los globalistas que idearon la Unión Europea y que siempre reconocieron, como el ex secretario general de la OTAN Javier Solana que la UE es un laboratorio de lo que debiera ser un gobierno mundial.
Las encuestas que hablan de apoyo ciudadano a un ejército europeo rara vez explican lo esencial: quién decide cuándo se combate, dónde se combate y por qué. Tampoco quién asume las consecuencias humanas. ¿Quién gobernaría sobre las cenizas? Un mando militar común no es reversible. Una vez creado, no se desmonta. Por eso este debate no es técnico ni coyuntural. Es político y existencial. En nombre de la seguridad, Europa corre el riesgo de renunciar a lo poco que le queda de soberanía real. Y hacerlo, además, sin un debate claro, sin un referéndum y sin explicar a los ciudadanos qué están aceptando realmente.
Cuando llegue el momento de poner los medios —y los cuerpos— ya no habrá margen para preguntar. Quizá esto sea lo que se busque. Varias generaciones de europeos se mataron entre sí por intereses ajenos en dos guerras mundiales. Ya va siendo hora de que aprendamos de las consecuencias de escuchar los cantos de sirenas.


