Escenas de autobús

Debo mi manera de buscar cosas que valga la pena contar al método de Jaime Campmany: no es más que ver y escuchar

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En una de las últimas entrevistas que dio, a Jaime Campmany le preguntaron que de dónde se sacaba los temas para los artículos que escribía diariamente. Él decía que la columna se empezaba a preparar desde por la mañana, mientras leía los periódicos y se tomaba el café. Luego iba cogiendo forma mientras veía la televisión o escuchaba la radio, ahí ya había un par de temas perfilados. El último paso era sentarse en el ordenador, sin saber qué iba a contar. En ese momento, uno de esos temas despertaba especialmente su interés. Después, solo tenía que escribir el título y el resto se hacía solo. Campmany ponía el broche de oro a esa respuesta con un «mire, son sesenta y dos años haciendo esto».

Decir que lo envidio es quedarme muy corto, y me temo que, por más oficio que tenga, nunca escribiré como Campmany. Sin embargo, a su método le debo, en parte, mi manera de buscar cosas que valga la pena contar. Que no es más que ver y escuchar.

El autobús que cojo cada mañana para ir al trabajo es un lugar privilegiado para esta actividad. Cuando estoy en disposición de hacerlo, claro. Hay días que podría decirse que no encajo precisamente en la definición de oyente activo. Más bien de vigilante nocturno de museo volviendo de su jornada. En fin, lo ideal sería estar como Morgan Freeman en esa escena al final de Cadena Perpetua, pero no siempre es posible.

Como decía, en ese trayecto se ven y se oyen muchas cosas. El lunes, por ejemplo, había varias camisetas del Atlético de Madrid, en el enésimo alarde de orgullo y fidelidad de los aficionados más románticos de todo el fútbol. Creo que nadie encarna mejor ese sentimiento trágico de Unamuno. Sería un buen tema para un artículo: «El Atlético de Madrid y el sentimiento trágico de la vida». Apuntado queda.

Otro día, me fijé en dos hermanos que esperaban de pie para bajarse en la siguiente parada. El mayor, de unos doce o trece años, compartía uno de sus auriculares con su hermano, seguramente un par de años más joven. La expresión del pequeño era para verla. Concentradísimo, miraba de vez en cuando a su hermano, como si quisiera fijarse en su reacción a la música que estaban escuchando y ver así cómo debería sentirse él al respecto. Cuando llegó el momento de bajarse, el mayor salió primero, con paso decidido. El menor es el que tuvo que ajustar su paso y su ritmo para no perder ese vínculo en forma de auriculares que lo unía con su hermano. Me juego un brazo a que ese chico conoce mucha más música que el resto de sus compañeros.

Aquí también he visto estudiantes repasando antes de sus exámenes con la concentración de un tenista esperando para restar un servicio y profesores corrigiendo esos trabajos de última hora que representan para muchos la última esperanza sobre la tierra.

Hoy iba medio dormido y seguramente me he perdido grandes escenas de autobús. Pero no importa, habrá más. Todos los días, para ser exactos.