Érase una vez

David Uclés, un señor disfrazado de Barragán con una clara predilección por el adjetivo ornamental, ha ganado el Premio Nadal

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David Uclés, un señor disfrazado de Barragán con una clara predilección por el adjetivo ornamental, ha ganado el Premio Nadal. La novela tiene un título sorprendentemente parecido al de la anterior, que fue, sorprendentemente también, la más vendida de 2025. Todo es muy sorprendente. El ecosistema literario ha reaccionado como era de esperar ante la noticia cultural de la semana. Yo hoy prefiero hablar de cosas más serias: la literatura infantil.

El año pasado lo empecé releyendo Harry Potter. Lo conté ya, así que no insistiré en los detalles, pero sí en la sensación. Volver a algo conocido cuando el mundo aprieta es una forma perfectamente digna de supervivencia. Me sorprendió comprobar que aquellos libros que había leído compulsivamente cuando mi córtex prefrontal aún estaba en obras seguían funcionando bastante bien de adulta. Con sus límites; con más de 30 años y una hipoteca por pagar a uno ya no le emociona igual que un niño algo lelo abra puertas con un palo mágico, pero aun así hay ironía, hay ritmo, hay humor. Y eso es más de lo que puede decirse de muchos libros escritos explícitamente para adultos muy formales.

Yo había leído mucho antes de Harry Potter. Tuve la suerte, hoy privilegio cultural, de crecer en una casa donde leer era lo normal. Antes de dormir, mis padres nos contaban cuentos. Siempre el mismo, porque los niños no tienen memoria y manejan estándares narrativos bajísimos. Érase una vez dos princesas que se perdían en un bosque, se hacíaucln amigas de un dragón y vivían alguna aventura más o menos inconexa. Cada noche era fascinante; nunca pedí coherencia interna ni giros de guion.

Luego llegaron El Barco de Vapor, con sus colores por edades, y Juan Muñoz Martín, héroe nacional, autor de Fray Perico y su borrico y El Pirata Garrapata, que hizo más por la alfabetización de este país que muchos planes ministeriales. Pero fue Harry Potter lo que me enganchó de verdad. Reservaba los libros para ser la primera en tenerlos cuando salían y leía por la calle y en clase de matemáticas, algo que probablemente explique que hoy no sepa dividir con decimales. Hay libros que no sólo se leen, se esperan, se comparten, se juegan y durante un tiempo lo ocupan todo. Y eso, para un niño o un adolescente puede ser decisivo.

Por eso estas sagas importan. Porque convierten la lectura en hábito antes de que se convierta en una lección. Porque enganchan, porque crean comunidad, porque hacen que leer no sea un castigo escolar. Luego ya vendrán los clásicos, si tienen que venir. Pero sin ese primer flechazo, muchos no llegan nunca.

Hay, además, libros pensados para niños que están tan bien construidos que los adultos los disfrutan igual o más. Porque son los adultos quienes entienden las referencias, la mala leche y el retrato social. Estas Navidades los Reyes me trajeron el pack completo de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo. Yo recordaba con cariño al Imbécil, a Susana Bragas Sucias y al Yihad; lo que no recordaba era lo bien escrito que está. He devorado el primero en dos días y me he reído como sólo se puede reír cuando un texto funciona, sin nostalgia prefabricada. Manolito no ha envejecido, sí nosotros, y más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Ocurre también con los cómics, que no son por casualidad uno de los grandes nichos de ocio adulto. Francisco Ibáñez fue, sin exagerar, uno de los grandes cronistas de la España del siglo XX. Mortadelo y Filemón, Rompetechos y 13, Rue del Percebe pueden leerse como historietas para niños, pero cumplen en realidad como una sátira social afiladísima. Ibáñez observó su tiempo con una lucidez comparable a la de Larra; uno volcó esa mirada en artículos y el otro en viñetas, pero hicieron exactamente lo mismo con distinto soporte.

Tintín, Astérix y Obélix o Zipi y Zape usan el mismo truco. Aventuras aparentemente simples que lo esconden todo. A mí Mafalda, personalmente, me caía como el culo, porque tenía la cabeza gigante de tanto dar la turra, pero reconozco el mecanismo de meter grandes ideas en bocas pequeñas. Llamamos literatura infantil a libros que, en realidad, son literatura sin más, sólo que escrita con la suficiente honestidad como para no necesitar alardes. A veces es más fácil decir cosas importantes en un formato que no se toma demasiado en serio a sí mismo. O que finge no hacerlo. Por eso releerlos de adultos es tan divertido, no porque hayamos vuelto a ser niños, sino porque ahora entendemos lo que antes sólo intuíamos.

Mientras seguimos pendientes del palmarés y del marcador, los libros de niños siguen haciendo su trabajo en silencio. Formar lectores, introducir ideas, sentido crítico y curiosidad, enseñar que leer puede ser un refugio y no una obligación. No es poca cosa. Yo me quedo con Manolito, con Mortadelo, con la niña que leía a escondidas en matemáticas. Al final, casi todo lo serio empieza ahí.

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