Todas las ciudades tienen una estética fundacional. Puede que no sea la original, pero es la que de entre los sedimentos que la cubren ha venido a conceder a una aglomeración su carácter distintivo. Shanghái, un pequeño pueblo de pescadores que se empezó a desarrollar a partir de la Segunda Guerra del Opio (1856-1860), no adoptó su estética definitiva, que sigue definiendo el alma de la ciudad, hasta los años 30. Se trata de una mezcla de arquitectura colonial de inspiración californiana, neoclasicismo, modernismo y art déco con características chinas. Ese espíritu sigue ahí, resistió los sucesivos sobresaltos de la historia china y, sorprendentemente, ha sobrevivido y florecido con el triunfal desarrollo económico y civilizacional acaecido en el medio siglo transcurrido desde la muerte de Mao Zedong.
La ciudad mantiene su carácter casi europeo, que hace que los chinos tengan una relación conflictiva con ella. Les cuesta admitir que ese lugar de calles bucólicas es ante todo suyo. Cuando se les pregunta por el origen de alguna edificación, a menudo se vuelven evasivos y se limitan a indicar que tuvo que pertenecer a algún capitalista en los lejanos tiempos anteriores a la victoria del Ejército de Liberación Popular. A pesar de esa incomodidad, los shanghaineses han hecho un esfuerzo notable para mantener su patrimonio. Son edificaciones de hermosas fachadas, cuyo interior a menudo es irreconocible por las sucesivas transformaciones debidas a las vicisitudes de la historia china. En las construcciones más bajas, los barrios residenciales de edificios de dos, tres o a lo sumo cuatro plantas, la estructura está normalmente construida en madera y con el paso de los años ha sido pasto de la humedad subtropical y las plagas de termitas, omnipresentes en la primavera shanghainesa. Aunque algunos barrios han sido completamente demolidos, es más la excepción que la regla, y lo predominante en la inmensidad de la metrópolis es que se hayan derribado manzanas aquí y allá para dar cabida a grandes rascacielos. De los antiguos edificios a menudo sólo se ha conservado la fachada, a veces reconstruida, el único equilibrio posible entre la preservación del pasado y la necesidad de crear barrios habitables y alejados de la miseria que hasta hace no tanto plagaba el país.
Se cumplen seis años desde que una decisión tomada en Pekín cambió el mundo. Los chinos se enfrentaban a una especie de gripe que se originó en la ciudad de Wuhan. Tras el primer impulso, la ocultación, vino una respuesta consistente en limitar los movimientos de sus ciudadanos a cualquier precio, para mantener la estabilidad. Este enfoque aplastante, que en un inicio fue exitoso para hacer desaparecer el virus, supuso su primer triunfo cultural global. No sólo lograron que la enfermedad recibiera nombres técnicos inocuos, separados de cualquier reminiscencia a su nación, sino que todos los países adoptaron soluciones con vistas a obtener resultados chinos. Con mucha menos fortuna porque, aunque la plaga acabaría volviendo a China cuando ya era una marea imposible de detener, volvió de fuera, del occidente que fue incapaz de controlarla. Con la distancia que ya da el sexenio transcurrido, este triunfo cultural parece el verdadero legado de aquellos años de los que nadie en Occidente se siente especialmente orgulloso. En cambio, China se adentra en este segundo cuarto del siglo XXI con una confianza en sí misma que probablemente no había tenido desde hace siglos. Al fin y al cabo, nadie conocía marcas de coches chinos en 2020, cuando empezó aquello, y ahora están por todas partes.
China no aspira a la forma de influencia cultural que han tenido otras grandes potencias. Al ser su sistema inimitable, entre otras razones por estar intrínsecamente ligado a su enorme población, su intención no es exportar marcos mentales: China aspira a exportar resultados, no ideas, forma y no fondo. Como los inmensos barrios de Shanghái, de los que algún occidental dirá que son una cáscara vacía por solamente conservarse las fachadas y no encontrarlos suficientemente pintorescos —quieren decir pobres—, pero que siguen siendo los que dan su aire único a la ciudad. En 2020 el planeta aceptó de China una concepción del mundo en la que la estabilidad prima ante todo. Una cosmovisión que no requiere ser copiada en el sistema de gobierno, sino en los fines, que cada país alcanza como buenamente puede. Fue en el exótico Occidente donde ese objetivo marcado por la nueva vanguardia cultural se transformó en la entelequia de aplanar una curva, costara lo que costase. El propósito chino siempre fue inequívoco: mantener la estabilidad, la paz y la armonía social, sin importar ideologías ni conceptos abstractos, sin importar individualidades. Como dijo Deng Xiaoping, «no importa que el gato sea blanco o negro si caza ratones». Y el siglo XXI, el siglo chino, será el siglo de los ratones.


