Querido abuelo:
Hace unas semanas que terminé de leer el libro escrito por tu abuelo, don Manuel García Vélez, en 1918, El sentido jurídico nacional.
Cuando di con él, de casualidad, en casa de mis padres, no sabía exactamente qué había encontrado: ¿un artículo científico?, ¿una tesis doctoral?, ¿un ensayo jurídico?… Sabiendo que quien lo escribió era notario, supuse que estaría ante un ensayo sobre derecho, leyes, casos particulares de su práctica notarial… quizá. Pero, nada más abrirlo y leer un par de páginas, supe que había encontrado una pequeña joya, un testimonio erudito de un hombre cultísimo, que iba más allá de un mero ensayo jurídico, aunque, en su humildad, D. Manuel tan sólo pretendía eso.
Abarca aspectos de la educación, de la política y de la sociedad de su época, todo aderezado con píldoras literarias, filosóficas y poéticas, que van desde Homero, Dante o Cervantes hasta autores coetáneos suyos.
Confieso que me ha dado vértigo escribir esta pequeña reseña. Quería hacer justicia al magnífico legado que nos dejó don Manuel; pero no que mi entusiasmo y admiración empañasen su brillantez con una pátina de afectada cursilería. Espero haber alcanzado el equilibrio que buscaba.
El libro comienza con un preludio escrito por él mismo, no por otro, como graciosamente justifica, que es toda una declaración de intenciones: pretende escribir una sátira, pues «la ligereza es carácter propio de la sociedad presente y hablarla en su propio lenguaje, es cordura y norma que piden las circunstancias». Me temo que si viera cómo se ha desbocado esto de la ligereza en el lenguaje y en las formas, más que una sátira, escribiría una tragedia.
Presenta su obra como un «libelo de repudio de todo lo existente, que sea malo».
Ya en el preludio, don Manuel muestra un respeto reverencial a la Verdad: «He de procurar decir la verdad», se propone con abierta sinceridad. Y entiende la Verdad no en el sentido relativista y subjetivo actual, en el que lo que cada uno piensa ha de ser necesariamente respetado como cierto, aunque sea una necedad contraria a la propia naturaleza, sino en un sentido puramente aristotélico: «Verdad es conformidad de nuestra idea con las cosas», adecuación de nuestro pensamiento a la realidad, en definitiva. Y esa búsqueda de la verdad atraviesa toda su obra, junto con un profundo patriotismo y una sólida fe cristiana.
¿Pero para qué busca la verdad? Para animar a una «obra de reconstitución» —he ahí su patriotismo— del sentido jurídico nacional. Don Manuel expone que los vicios de nuestras instituciones jurídicas, que van anejos al sistema de enseñanza, «retrasan nuestro desenvolvimiento en el orden del derecho, señalando torcidas direcciones a la vida jurídica nacional».
Expuesto su nada desdeñable propósito en el preludio, comienza don Manuel el cuerpo de su ensayo planteando qué es el sentido jurídico nacional: en primer lugar, es un sentido intelectivo, que implica «penetrarse del derecho», con aptitud para entenderlo, aprenderlo, enseñarlo, saberlo, practicarlo y hacerlo; en segundo lugar, es un sentido afectivo, que conlleva la idoneidad para sentirlo, el placer para realizarlo y el pesar al infringirlo; y, por último, es un sentido volitivo, porque ha de conllevar el deseo de ejecutarlo.
Examinar el derecho y su estado es examinar el estado de la civilización. Don Manuel lo resume así, diagnosticando una situación más actual de lo que a cualquiera nos gustaría: «Con el sistema de mentira y ficción imperantes, de empresas imposibles y descabelladas, de lujos inútiles y de rapacidad fiscal, al mismo tiempo que damos al traste con la población, la agricultura, la industria, la ciencia y el arte, deshacemos el edificio jurídico nacional y hacemos, criminalmente, astillas de la patria».
No pretende sin embargo criticar a personas concretas, sino instituciones o lo que él califica como falsificación de instituciones. De ahí que sus comentarios, críticas y propuestas sean tan absolutamente intemporales. Y anima por ello a sus lectores a evitar la inercia social, aquella dejación de cada uno por el que nos movemos allá donde determina en cada momento la mayoría. «Procuremos detenernos en el movimiento emprendido», nos anima; «que cada uno por su parte vaya apretando el freno, recogiéndose dentro de si mismo… y la observación de nuestros males, la meditación sobre los mismos, ha de ser un poderoso estimulante». ¿Cómo no hacerle caso? ¿Cómo no hacer esa suerte de examen de conciencia, con calma, deteniéndonos y rectificando el rumbo al que nos lleva esa inercia social, donde y cuando fuera necesario?
Con este propósito, desde esa energía vital, don Manuel comienza el repaso de la situación educativa en España, partiendo de los propios libros de texto que se utilizaban en la época en los colegios de enseñanza básica. Es de suponer que la elección que hiciera del colegio para sus hijos, antes de su triste fallecimiento, fuera toda una peregrinación en busca del mejor.
Para definir cómo ha de ser una buena educación, parte del concepto de ciudadano. Así, dice, «por la virtualidad del concepto moderno de patria, cuanto más extendida esté la cualidad de ciudadanía, más apreciada es, y los pueblos tienen a gala contar con un número grande, no de sometidos, sino de ciudadanos». Define al ciudadano, con los mejores juristas, como aquel que está en el ejercicio actual o potencial de sus derechos civiles y políticos, «los comprende y los ejercita con plena conciencia y en beneficio de la colectividad». Por eso concluye, tajante, que no es ciudadano sino el buen ciudadano.
Esta conclusión le lleva a que la educación del hombre es la base de la ciudadanía; y a que esa educación se adquiere en el hogar y en la escuela. Aquí es donde se ve que lo que parece un ensayo jurídico es, de hecho, un ensayo sociológico, antropológico y pedagógico… donde don Manuel expone la importancia de la comunidad, para evitar los riesgos propios del individualismo; la importancia del amor a la patria, para evitar el desapego y el desprecio a lo propio; la importancia de la cultura, para evitar algunos de los males que atraviesan España desde hace siglos, como el caciquismo.
Introduce algo tan aparentemente evidente como revolucionario: la curiosidad es el mejor estímulo de conocimiento en la primera edad. ¿Y cómo generar curiosidad sin una buena educación?
Una vez centrado en la educación del ciudadano, en la educación cívica, continúa don Manuel señalando que es en esa formación del futuro ciudadano, libre y culto, que habrá de ser el niño de hoy, donde surge la necesidad de impartir nociones básicas de derecho. Liga además en todo momento esta educación cívica al amor patrio, que define de forma bellísima así: «El enaltecimiento de las virtudes y de las hazañas de los antepasados; el presentimiento de los destinos que el porvenir reserva al pueblo; la confianza y el amor para aquellos que rigen los destinos del Estado; el afecto al campanario del lugar que nos vio nacer, a los que nos rodean y, en general, a todo lo que se ha llamado la patria chica; el grato recuerdo de nuestra primera edad»
En su escuela modelo, que concibe como una imagen ideal de lo que debía ser la sociedad, en definitiva, como un claustro, considera que ha de darse a los niños libertad, compatible con el orden. Contrapone esta escuela ideal a la anarquista o libertaria, que niega la propiedad, el Estado, la familia, el derecho. Aun así, señala esta escuela revolucionaria como un posible revulsivo para la escuela de su época, a la que considera como origen de muchos males sociales.
Concluye esta parte recordando la enseñanza en la Grecia clásica, con añoranza, si no envidia, y termina así: «resultaría un verdadero milagro que los ciudadanos, que no han tenido escuela, sean buenos ciudadanos».
Se centra a continuación en la educación del adolescente, rememorando juegos de sus años mozos, con luchas de héroes históricos, como la del Cid con los infantes de Carrión, la del traidor Bellido Dolfos o la vida heroica de Guzmán el Bueno.
Don Manuel propone para esa confusa época de la adolescencia, que ni es infancia ni es madurez, la organización de grupos que fomenten la educación cívica de los muchachos, que favorezcan y enaltezcan esas virtudes cívicas de las que ya ha hablado en su ensayo. Cita en particular los boy scouts, si bien les critica que no sean confesionales en un país como España. Busca así que los adolescentes «desarrollen las facultades estéticas hacia lo bello material y moral, y dirijan la voluntad al bien». El Bien, la Verdad y la Belleza impregnan toda la obra.
Introduce aquí don Manuel una idea fundamental: la del Estado-maestro, al que califica de ferox vitricus, o padrastro feroz, una «especie de Domine Cabra, sin entrañas y sin conciencia». Lo define así: «el Domine-Estado es inmediatamente productor de dos terribles enfermedades espirituales: la pedantería, por la vacuidad de los títulos, y la verborrea, pues como no se estudian más que palabras, éstas se indigestan continuamente y se expelen en el acto sin orden ni concierto». Por desgracia, su diagnóstico resulta trágicamente aplicable al Estado contemporáneo.
Critica duramente a los padres de su época —¿qué diría de los actuales?—, que «no buscan más que un título para sus pimpollos, que les habilite para ejercer una profesión». E insiste: «Los papás y encargados no se cuidan de si saben o no saben, únicamente de si aprueban o no aprueban».
Continúa con la Universidad, aquel ámbito educativo que tenía más reciente, y añora las escenas de las universidades de ciudades pequeñas, como Alcalá y Salamanca: «En las aulas buscaban ciencia, que les permitiera aprobar los cursos y no aprobados que supusieran ciencia, y que la vida escolar se extendía fuera del recinto de las aulas, que no eran extraños los unos a los otros, pues la Universidad constituía comunidad de maestros y discípulos». Al parecer, en su época ya se estaban abriendo universidades en múltiples ciudades, lo que le parecía una pérdida, porque una universidad en el centro de una gran ciudad carecía de alma y porque no hacen falta, ya que hay «rápidas comunicaciones, de trenes cómodos y baratos»… hablamos de la década de 1910.
De nuevo, sueña don Manuel con la universidad ideal: a su alrededor, como hijos, se constituirían todos los colegios que la iniciativa privada pudiera sugerir. Firme defensor, nuestro antepasado, de la libertad educativa auténtica, aquella que permite la fundación de colegios con un proyecto educativo claro, vinculado a una enseñanza verdadera. De sus aulas «saldrían filósofos, jurisconsultos, literatos, médicos, etc. y no aprobados en Filosofía, en Jurisprudencia, en Literatura, en Medicina». Los estudiantes acudirían a aprender los saberes, como decían las Partidas, y no para aprobar los cursos.
Aunque se extiende más ampliamente sobre la cuestión universitaria, no quiero privarte del placer de la lectura del libro, así que añado como colofón este deseo que comparto con don Manuel: «Si el discípulo, enamorado de la ciencia, fuese a descubrir, a investigar, a inquirir, a averiguar, a estudiar, en una palabra, a la clase, el tiempo transcurriría más dulce y provechosamente; la atención estaría más recogida…».
Entra entonces en el que parecía ser el núcleo único de su ensayo, aunque creo que habrás podido comprobar que el título se quedaba claramente corto para el verdadero objeto de su obra: el estudio del derecho. Entiende que, en España, todo se reduce a cubrir las formas, en una suerte de sofismo moderno, que hace que lo que importe no sea la cultura patria, sino la pedantería nacional, la vacía palabrería.
Comienza lamentando la pérdida del estudio del derecho romano —ay, qué diría de los programas actuales—: «Vemos que España, sin Roma, nada hubiera sido jurídicamente considerada, porque, al fin, Roma fue maestra de toda la humanidad y España su discípula predilecta». Y es que, afirma don Manuel, el derecho se formó al calor de las conquistas de Roma, de la filosofía griega y del genio cristiano. Por ello no duda en señalar que quienes han reducido al mínimo el estudio del latín y del derecho romano «obran, no en nombre de un ideal, sino en el de la insustancialidad de este tiempo y del ocaso de una raza».
Trata entonces del estudio del derecho político, lo que le sirve para condensar su análisis de la situación jurídico-política de España en aquel momento —su lectura me dio más de un sobresalto, al comprobar que muchos problemas no se han resuelto y otros tantos se han agravado—. Hablando de la Revolución Francesa, de las ideas de Rousseau, Voltaire y Montesquieu… vuelve a criticar que en realidad nada se estudie de nuestra historia política, de nuestra propia constitución como pueblo y como nación. Critica que los estudios históricos y jurídicos en la Universidad se limiten a la legalidad vigente, al puro y frío positivismo.
La revolución continua y la tendencia a implementar supuestos progresos para los que el pueblo no está preparado, afirma don Manuel, han generado dos males esenciales en España: oligarquía y despotismo o caciquismo. Y, de nuevo, en una reflexión tremendamente actual, pone como ejemplo del Estado-monstruo el sufragio universal, que «no es otra cosa que la más atroz de las tiranías y puede llamarse en la práctica, el pucherazo, la coacción y la falsedad electoral universal». Defiende que la separación de poderes es aparente, no real. Y define el régimen político imperante —en 1918 reinaba Alfonso XIII y seguía vigente la Constitución de 1876, la de la restauración borbónica— con las siguientes palabras: «Se ha sustituido la monarquía absoluta de los Borbones y de los últimos Austrias con una tiránica oligarquía, que funciona en nombre de una entidad ficticia y, en cambio, prescinde en absoluto de nuestra constitución íntima, de nuestros antiguos reinos, principados y condados, a cuya autonomía tendremos que volver los ojos, si queremos que descanse nuestro edificio político sobre terreno firme, claro es que dentro de la unidad de la patria».
Y es que don Manuel era un gran defensor de las particularidades de cada región de España: «Fuimos grandes y fuertes en nuestra variedad armónica, tanto como débiles e insignificantes somos en nuestra monótona e inarmónica uniformidad». Entiende las ideas regionalistas, «pero no las intenciones de algunos hombres, que intentan criminalmente atacar a la integridad de la Patria».
Finalizado así su estudio, minucioso, sobre el estudio universitario del derecho, que como se ve, no era precisamente halagüeño, pasa al análisis de las oposiciones más relevantes del Estado: Notariado –cuerpo al que él pertenecía– y, brevemente, Registros; Judicatura; Abogados del Estado. He disfrutado particularmente esta parte, por la lúcida crítica y las sensatas mejoras que propone. Mejoras que, por supuesto, nadie ha implementado en los más de 100 años transcurridos desde este certero análisis y que garantizarían, cuanto menos, una función pública más culta, más comprometida y más independiente.
Ya en aquella época abundaban, por lo que se deduce de las palabras de don Manuel, los mediocres y quienes los adulan, generando que quienes llegaban a los puestos públicos de relevancia no fueran los mejores. Frente a ello se rebela don Manuel, pues «todo puesto público es de honor y de sacrificio, en beneficio de la patria», debiendo exaltarse a los hombres públicos «no por los puestos que han ocupado, sino por su labor, cuando ésta haya sido provechosa, y vituperar la acción anodina o perjudicial de los mismos».
Haciendo gala, de nuevo, de su fina ironía, señala don Manuel que las oposiciones no son «crisol donde se depura, molde donde se funde, medida donde se contrasta el mérito científico de los aspirantes». Los principales factores del éxito son «la suerte en la papeleta, la serenidad y elocuencia en la exposición, la frescura y el atrevimiento en el decir…, la yernocracia, el pasantismo, la intriga y el nepotismo».
Si las oposiciones son, como afirma don Manuel, «la conservación de la memoria del texto muerto de las leyes escritas, expuestas rutinariamente», no pueden garantizar el acceso de los mejores.
Es tajante en su diagnóstico sobre las razones del pobre nivel de la judicatura: «Parece ser que el Poder Ejecutivo, en su afán de sujetar al Poder Judicial sometido a la influencia, para el traslado, para el ascenso, … para la paz y tranquilidad, busca a propósito una magistratura ignorante».
Cita a Cicerón para recordar las cualidades de los jurisconsultos, entre las que no está el saber las leyes de memoria. Un jurisconsulto no ha de retener la letra de las leyes, sino su fuerza y vigor; de ahí que defienda un estudio filosófico de las materias jurídicas y no meramente empirista o científico. Añade, con doloroso acierto, que «de la Justicia no queremos su alma, nos basta cubrirnos con su manto, guardar las apariencias».
Termina la parte de las oposiciones proponiendo un sistema de ejercicios teóricos y prácticos, escritos, iguales para todos los opositores, que se asemejarían a un certamen literario.
Llegamos al último capítulo del libro donde don Manuel recuerda el Desastre del 98, con la pérdida definitiva del Imperio, que achaca, sucintamente, a «la imprevisión, las torpezas y las desgracias de nuestros hombres de Estado y del pueblo que los consentía». No deja de ser hijo de aquella época, pues nació poco antes, así que el Desastre debió ser para él algo actualmente doloroso, como resulta de este párrafo: «Desde entonces no hemos rectificado la conducta. El mismo pueblo sano, pero con venda en los ojos, camino de la ruina; los mismos políticos que ante el estupor que produjo el desastre, siguieron ocupando los puestos de donde pudieron ser lanzados violentamente; la misma imprevisión…»
Como comenzó su libro, lo termina clamando por una verdadera regeneración de las instituciones españolas. Señala que hay conocimiento de los males, lo que falta es valor para ponerles remedio. Ese inmovilismo, señala D. Manuel, es fundamental para sostener la oligarquía, que se alimenta de la ignorancia, el nepotismo y la tiranía.
Si la instrucción y la educación son la base de la sociedad, y si las oposiciones son la puerta de entrada a todas las carreras que sustentan el Estado, y si unas y otras no responden a lo que debieran ser, no puede acabarse con el origen del mal. El agua nace impura de la misma fuente.
Concluye sus magníficas reflexiones arengando a la reforma, «aunque para ella sea necesario romper con todos los prejuicios, con todas las presunciones, con todos los malos hábitos y con todas las oligarquías habidas y por haber. Lo pide el bien de la Patria y la necesidad de que el patrimonio nacional no se derroche sin utilidad alguna».
Comprenderás, abuelo, mi emoción al leer este libro, tan dramáticamente actual y tan revelador de una personalidad especial, lúcida, valiente, como fue la de tu abuelo Manuel. Parece que nos habla desde sus páginas, llamándonos a la acción y a la reacción, hoy.
Descubrí, por casualidad, un tesoro oculto, que quiero ahora compartir. Deseo de verdad que esta reseña haya abierto el apetito para leer el libro completo.
Termino citando a Goethe: «Dichoso aquel que recuerda con agrado a sus antepasados, que gustosamente habla de sus acciones y de su grandeza y que serenamente se alegra viéndose al final de tan hermosa fila».
Con cariño, tu nieta.


