La ciudad de Madrid ha incorporado a su particular geografía de nuestra memoria la placa de Gregorio Salvador Caja en la fachada del número 4 de la calle Santa Cruz de Marcenado, junto a Princesa, donde el filólogo granadino vivió durante cuarenta años, desde 1980 hasta su muerte, en 2020. Algo más que un gesto, un acto de justicia, porque la capital de España también se explica por los nombres que fija en sus muros, por las vidas que sus habitantes no dejan caer en el olvido.
La placa, colocada por el Ayuntamiento de Madrid, resume en pocas líneas una trayectoria que difícilmente cabe en el metal: «En esta casa habitó Gregorio Salvador Caja (1927-2020). Filólogo, dialectólogo, lexicógrafo y crítico literario. Académico de la Real Academia Española. Ocupó el sillón q desde 1986 hasta 2020». En la inscripción, sobria, nada está de más y casi todo queda sugerido: la lengua, la Academia, la enseñanza, la literatura, la crítica y una fidelidad larga a Madrid, ciudad en la que vivió sus años de plenitud intelectual.
El emblema no indica únicamente el lugar donde vivió Gregorio Salvador junto a su esposa, Ana Rosa carazo, durante cuatro décadas. Señala también una forma de permanencia. En esa residencia madrileña transcurrió buena parte de su madurez intelectual: los años de la Academia, de los diccionarios, de los artículos, de las conferencias, de las discusiones sobre la lengua española y de una vida consagrada al estudio de las palabras. La ciudad fija ahora en una fachada lo que antes pertenecía al trato privado de familiares, amigos, discípulos y lectores: la huella de un maestro.
El homenaje es, por ello, de doble naturaleza. Institucional, porque la Real Academia Española estuvo representada por Pedro Álvarez de Miranda y porque el Ayuntamiento de Madrid incorporó su nombre al callejero moral de la ciudad. Y también familiar, en el sentido más hondo del término. No sólo por la presencia de sus hijos, nietos, entre ellos Antonio Salvador, y bisnietos; también porque la filología, es el trato intelectual y moral de una herencia radicalmente cultural.

El filólogo español del último medio siglo
Gregorio Salvador Caja nació en Cúllar, Granada, el 11 de julio de 1927, y murió en Madrid el 26 de diciembre de 2020. Fue, probablemente, el filólogo español más importante del último medio siglo: dialectólogo, lexicólogo, gramático, crítico literario, académico y escritor público. Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Granada, se doctoró en la Universidad Complutense de Madrid en 1953. Antes de llegar a la universidad, ganó por oposición la cátedra de Lengua y Literatura Españolas de instituto y ejerció la docencia en Algeciras, Cartagena y Astorga.
Su carrera universitaria comenzó a consolidarse en 1966, cuando obtuvo la cátedra de Gramática Histórica en la Universidad de La Laguna. Allí fue decano al año siguiente y creó una fértil escuela de estudios semánticos estructuralistas, conocida como la Escuela Semántica de La Laguna. Después pasó por la Universidad de Granada y, desde 1979, por la Autónoma de Madrid. En 1980 alcanzó la cátedra de Lengua Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense, donde, tras su jubilación, fue nombrado catedrático emérito.
Discípulo de Alvar, maestro de generaciones
Su nombre pertenece a una tradición filológica muy precisa. Fue discípulo de Manuel Alvar, una de las grandes figuras de la lingüística española del siglo XX, que dirigió su tesis doctoral, El habla de Cúllar-Baza, y con quien colaboró de forma decisiva en el Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía. A través de Alvar, y de la gran escuela filológica española que venía de Menéndez Pidal, Dámaso Alonso y Rafael Lapesa, Salvador heredó una manera de estudiar la lengua desde la historia, la literatura, el territorio y el habla viva.
En el terreno de la dialectología y la geografía lingüística, fue una de las grandes figuras de su tiempo. En el de la semántica, su papel resultó igualmente decisivo: durante su etapa tinerfeña introdujo en España la obra y el pensamiento de Eugenio Coseriu y los métodos de la semántica estructural. Esa doble condición —el oído para el habla concreta y la capacidad teórica para renovar el estudio del significado— explica buena parte de su singularidad.
Si fue discípulo de Alvar, Gregorio Salvador fue también maestro de varias generaciones de filólogos, profesores, escritores y académicos. Su magisterio no se limitó a las aulas universitarias ni a los seminarios especializados. Pasó por La Laguna, Granada, la Autónoma de Madrid y la Complutense, y también por la Real Academia Española, por las academias americanas, por los periódicos y por una conversación intelectual sostenida durante décadas. Más que una escuela cerrada, dejó una forma de mirar el idioma: atención al dato, amor por la precisión, defensa de la claridad, oído para el habla popular y conciencia de que la lengua española no puede entenderse sólo desde la norma, sino también desde la vida concreta de quienes la hablan.
La RAE
Su relación con la Real Academia Española fue larga y fecunda. Elegido académico de número en junio de 1986, tomó posesión en febrero de 1987 con un discurso titulado Sobre la letra q, al que respondió Manuel Alvar. La elección del tema no fue casual ni rutinaria. Al ocupar una silla de nueva creación, Salvador no tenía antecesor al que dedicar el elogio obligado, de modo que convirtió todo su discurso en una historia y elogio de la letra que le había correspondido: la q minúscula. El resultado fue una pieza de erudición, humor y prosa magistral.
Desde entonces ocupó el sillón q hasta su muerte. Cuando falleció, el 26 de diciembre de 2020, ocupaba el primer puesto en el escalafón de la Real Academia Española, establecido en función del número de sesiones académicas a las que había asistido. Dentro de la RAE fue bibliotecario entre 1990 y 1998 y vicedirector entre 1999 y 2007. También presidió la Asociación de Academias de la Lengua Española entre 1992 y 1998. Su presencia en la Academia no fue meramente honorífica. Fue uno de sus miembros más asiduos y participó durante décadas en trabajos fundamentales de la institución, entre ellos los relacionados con el Diccionario y con la renovación de la ortografía académica. En 1991 participó, además, en la elaboración de un informe en defensa de la letra ñ, cuando desde instancias europeas se presionaba para que no fuese obligatoria su inclusión en los teclados comercializados en España.

La palabra bien escrita y bien dicha
Gregorio Salvador hacía de los asuntos lingüísticos materia inteligible, elegante y viva. Sus conferencias son recordadas como piezas redondas del arte de la palabra bien escrita y bien dicha. Había —hay— en ellas ciencia, precisión, estilo y humor. Más que un académico sabio, fue un maestro capaz de decir lo que sabía.
Esa misma cualidad explica su importancia como articulista. A través de los periódicos, acercó al público no especializado algunos de los grandes debates lingüísticos de España. Abordó con brío polémico y notable lucidez cuestiones esenciales de política lingüística, convivencia de lenguas y enseñanza. Su defensa del español como lengua común de los españoles no nacía de una consigna política, sino de una convicción filológica, histórica y cívica. En libros como Lengua española y lenguas de España o Política lingüística y sentido común combatió lo que llamó la «infidelidad lingüística» hacia el idioma compartido: esa tendencia, tantas veces acomplejada, a tratar el español como si tuviera que purgar algún pecado por ser precisamente la lengua común.
Su obra científica estuvo marcada por la atención al español real, a sus hablas, a sus usos y a su dimensión histórica. Entre sus trabajos destacan, además de El habla de Cúllar-Baza, Unidades fonológicas vocálicas en el andaluz oriental, Semántica y lexicología del español, Estudios dialectológicos y La lengua española, hoy, escrita junto al también académico Manuel Seco. Fue también crítico literario de reconocido prestigio, con estudios sobre Federico García Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.
Salvador no fue únicamente un filólogo de gabinete. Reunió artículos en títulos como Un mundo con libros, Granada, recuerdos y retornos, El destrozo educativo, El fútbol y la vida, Noticias del Reino de Cervantes y Estar a la que salte. Ya en edad madura publicó obras de ficción como Casualidades, El eje del compás y Nocturno londinense y otros relatos. En esa vertiente literaria se reconocía otra de sus grandes lecciones: el filólogo verdadero no estudia la lengua como una pieza muerta, sino como materia de creación, memoria y vida.
Premios de una vida dedicada al español
Su trayectoria recibió numerosos reconocimientos. Fue presidente de la Sociedad Española de Lingüística entre 1990 y 1994, miembro de honor de la Asociación de Hispanistas de Asia, miembro correspondiente de la Academia Nacional de Letras del Uruguay, de la Academia Chilena de la Lengua, de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Hondureña de la Lengua, además de académico honorario de la Academia Colombiana de la Lengua, de la Academia Nicaragüense de la Lengua y de la Academia de Buenas Letras de Granada.
Entre sus premios y distinciones figuran el Premio de Periodismo José María Pemán, recibido en 1987; el doctorado honoris causa por la Universidad de La Laguna, en 1992; el doctorado honoris causa por la Universidad de Granada, en 1994; el Premio Mesonero Romanos, en 1995; la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, en 1999; el Premio de Periodismo González Ruano, en 2001; el Premio Mariano de Cavia y la Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, ambos en 2004; el Premio Españoles Ejemplares, en la categoría de Arte y Humanidades, en 2009; la Medalla de Andalucía, en 2010, y el doctorado honoris causa por la Universidad de Alcalá, en 2011. En Cúllar, su localidad natal, llevan su nombre un instituto de educación secundaria y una plaza.
El nombre de un maestro en la calle
La placa de Santa Cruz de Marcenado no descubre ahora a Gregorio Salvador para quienes lo leyeron, lo escucharon o aprendieron —aprenden— de él. En una época en la que la memoria pública suele reservar sus gestos más visibles para la política inmediata, el homenaje a un filólogo tiene, en cambio, un valor especial. Recuerda que una comunidad también se sostiene sobre quienes cuidan sus palabras, estudian sus hablas, ordenan sus diccionarios y enseñan a mirar la lengua como una herencia compartida.
Madrid, ciudad tantas veces ingrata con sus maestros silenciosos, ha hecho esta vez lo que debía: fijar un nombre en una fachada y permitir que los transeúntes se pregunten por el hombre. La respuesta empieza en una placa, pero no termina en ella. Gregorio Salvador Caja fue un maestro de la lengua española, un académico de largo aliento, un defensor del español común y un escritor con oído para la palabra viva. Que su nombre permanezca en la calle es una forma elemental, pero necesaria, de gratitud.


