El cine donde vivir (VI): el discreto encanto de la torpeza

Cada gesto equivocado se convierte en una invitación a la complicidad, a la risa compartida y, por qué no, a la ternura que sólo la humanidad auténtica puede generar

|

El discreto encanto de la torpeza no se aprende en manuales de etiqueta ni se practica frente al espejo. Es un imán discreto: atrae sin pretenderlo, despierta sonrisas y deja una ternura inesperada en quien observa. Los personajes de James Stewart encarnan a la perfección esa torpeza: hombres vacilantes, nerviosos, a menudo inseguros, que tropiezan con las palabras, los gestos y la vida misma, y aun así resultan irresistibles. En Historias de Filadelfia, Stewart transmite timidez y vulnerabilidad en cada gesto, cada mirada y cada titubeo, recordándonos que la inseguridad bien mostrada puede ser profundamente encantadora.

El cine de torpes enseña que la vulnerabilidad tiene su atractivo. Woody Allen ha convertido la inseguridad en su firma: personajes como Alvy Singer en Annie Hall, Harry Block en Desmontando a Harry o Isaac Davis en Hannah y sus hermanas, con su hipocondría, neurosis y torpeza cotidiana, tropiezan con palabras, gestos y emociones de un modo que provoca risa, pero también ternura. Verlos en pantalla es reconocerse a uno mismo, con todas las dudas y vacilaciones, y comprender que equivocarse es un modo de acercarse a los demás.

En la vida real ocurre algo muy parecido. Una tarde, mientras intentaba endulzar mi café, el sobre de azúcar se me escapó de los dedos y cayó de lleno sobre la taza, salpicándome entero. Justo en ese momento, alguien que me interesaba me miraba. La torpeza mostraba sinceridad: no había pose ni cálculo, sólo un intento de acercarse. Si lo hubiera querido hacer a propósito, probablemente habría salido fatal; así, sin intención, resultó humano y, contra todo pronóstico, irresistible. Lo torpe no avergonzaba, acercaba.

La torpeza dulce no busca impresionar. No se trata de gestos calculados ni de frases ensayadas. Surge en el intento de acercarse, de mostrarse tal como uno es, con dudas, fallos y vacilaciones. Derramar azúcar, tropezar en la calle o equivocarse en una conversación son actos de exposición sincera: pequeños desastres que, si se viven con humor y sin miedo, pueden volverse encantadores.

El atractivo de la torpeza reside en esa mezcla de sinceridad y riesgo. Stewart, en Historias de Filadelfia y en otras películas, y Allen en sus personajes hipocondríacos y vacilantes, nos enseñan que ser torpe no significa ser incapaz; significa estar vivo, atreverse a existir con toda la imperfección que eso conlleva. Cada gesto equivocado se convierte en una invitación a la complicidad, a la risa compartida y, por qué no, a la ternura que sólo la humanidad auténtica puede generar.

En el cine donde viven los torpes, los pequeños desastres son bienvenidos. Las miradas esquivas, las manos que no saben dónde colocarse y los tropiezos inesperados no disminuyen el encanto; lo multiplican. La torpeza dulce se muestra como un arte silencioso, capaz de transmitir cercanía, ternura y hasta cierta gracia involuntaria.

Al final, derramarse azúcar delante de alguien que importa o titubear como un personaje de Stewart cuando uno está frente a esa persona no es un fracaso: es convertirse en el tipo torpe que enamora, que hace reír y que convierte los pequeños desastres en escenas donde vale la pena vivir.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.