Cinema Paradiso es una película para enamorarse. Quiero decir que es una película para enamorarse de Alfredo, para enamorarse de Totó, para enamorarse de la relación que tienen, de lo mucho que se quieren, para enamorarse del amor a primera vista de Totó por Elena, para enamorarse de su historia de amor, para enamorarse de las escenas de besos censurados, de las escenas de besos de la propia Cinema Paradiso. Es una película para enamorarse del cine, claro, y es, sobre todo, una película para enamorarse de la persona que tengas al lado. Porque Cinema Paradiso hay que verla muchas veces, y al menos una de ellas, acompañado de esa persona. Así de sencillo. Aunque, si la compañía es buena, se permite la reincidencia.

Pero es que Cinema Paradiso es, también, una película para recordar. Porque dentro de ese Cine Paraíso, qué bien traído su nombre, está la historia de todos, la historia que todos queremos vivir y que, en cierta medida, todos hemos vivido o viviremos, aunque no seamos conscientes. En ese Cine Paraíso de ese pequeño pueblo siciliano donde se reunían, semana tras semana, personas que dejaban sus quehaceres corrientes durante unas horas para perderse en historias ficticias, historias que no son las suyas pero que, a la vez, son las de todos, ya digo. Porque el cine fue mágico desde el primer día y parte de esa magia es, precisamente, hacernos querer ser esas personas que vemos en la pantalla, personas que, en el caso de Cinema Paradiso, están viviendo esa magia del cine, es decir, queriendo ser otras y vivir otras vidas y aventuras diferentes a las suyas propias, vivir las vidas de los personajes que ven en la pantalla. Cinema Paradiso es un poco, entonces, la cuenta de nunca acabar porque yo quiero vivir la historia de una persona que veo en la pantalla y que a su vez está deseando ser otra que está viendo en su pantalla. Qué lio.

En fin, haciéndolo fácil, yo quiero ser ese Alfredo que construyó, o reconstruyó, una película con las escenas censuradas de las películas y que, seguro, quería protagonizarlas como si fuese Spencer Tracy. Y también quiero ser ese Totó que soñaba con vivir aventuras de John Wayne deteniendo La Diligencia en el camino, rifle en mano. Quizá, en cierto modo, ya lo sea. Les decía que Cinema Paradiso es una película para recordar. Y lo decía porque el cine es, esto pasa muchas veces inadvertido, ese lugar donde, viendo lo que nos cuentan en la pantlla, nos recordamos a nosotros mismos, nos pensamos. Cinema Paradiso no se termina nunca porque es la vida misma. Y eso que «La vida no es como las has visto en las películas, la vida es más difícil», qué triste eso, ¿no?

Cinema Paradiso es la historia de la ilusión, de las ganas de vivir, de ser feliz, de desvivirse por algo y por alguien. Y es que eso es lo más importante, porque uno comienza a vivir de verdad cuando se desvive, se lo aseguro. Uno comienza a disfrutar, a valorar, a querer y a comprender la vida cuando empieza a perderla porque algo o alguien se la está absorbiendo con pasión, con amor. «Hagas lo que hagas ámalo como amabas de pequeño el Paraíso», dijo Alfredo. «A veces, conoces a alguien que necesita todo el amor que tienes para dar», escuché otra vez. Hagas lo que hagas, desvívete por ello. Eso es.

Hay muchas cosas por las que ―creo firmemente― Cinema Paradiso es una grandísima historia, pero hay una en particular que la hace de ese grupo de irrepetibles. Y es que cuando uno la ve por primera vez puede que no pueda evitar emocionarse una o dos veces durante ella, pero a medida vuelves a ella con el paso de la vida, las lágrimas aparecen con más frecuencia y facilidad. Yo no sé si es porque, como uno va sumando recuerdos a su propia vida, el Paraíso nos es más profundo, si es porque uno enferma de nostalgia con la edad o si se me escapan las razones.

Lo que tengo claro es que la historia de Cinema Paradiso, la historia de Alfredo, la historia de Totó es un poco la mía, la historia de esos que hemos aprendido bien aquello del cine como recuerdo, el cine como refugio, el cine como paraíso. De los que pensamos que el cine es siempre feliz y alegre, incluso si la película es triste. Lo repetiré las veces que sea necesario. Podría decirles muchas cosas más, pero quiero que vean la película, por primera vez o de nuevo, cuanto antes, y enamórense. Yo quizá lo haga.

Abogado. Dirijo «La Trinchera». Subrayo con regla, tomo el café en taza blanca y lo de enamorarse me pone nervioso. Hablo de cine y vida, valga la redundancia. Muy de Cary Grant.