Doce de marzo

Dice un buen amigo mío que Dios, entre todas sus perfecciones, posee sólo un defecto: la mala memoria. El Dios de los cristianos es un Padre generoso, tan justo como misericordioso, que sin embargo tiende a olvidar los errores de sus hijos. Yo cuando me voy a confesar digo siempre lo mismo, y ya es hora de reconocer de una vez por todas que la originalidad huyó hace siglos de los confesionarios. Pues va Dios y se hace siempre el olvidadizo, se sorprende de mi caída de siempre como si fuera la primera vez. Y perdona, ay, como si fuera la última.

La mala memoria del Dios cristiano queda hoy opacada cpor la mala memoria de la sociedad española. Lo que en el Padre es virtud, los españoles lo hemos transformado en vicio. Si España se ubica en el primer puesto del escalafón de la envidia, cerca queda en el palmarés de la amnesia. Hay quienes dicen que desde el 11M en España todo es 11M, y yo estos días he caído en la cuenta de que no es así. Desde el once de marzo de 2004 todo es doce de marzo, esto es, olvido e impunidad.

Vivo con el triste convencimiento de que en apenas unas semanas sabremos parte de la verdad de los atentados. Hecha la ley, hecha la trampa, y con los casi doscientos asesinatos prescritos todo me hace pensar que poco tardará en salir a la luz la autoría del mayor ataque contra el orden en España. Carmen Calvo vislumbró una línea recta entre Nueva York, Madrid y Berlín cuando la pandemia y yo ahora veo un trazo rectísimo entre Ferraz, Rabat y los Elíseos. Pero da igual, porque hoy es doce de marzo y España lleva veinte años viviendo en este día.

A veces pienso que el Gobierno podría volar Cuelgamuros con fray Filiberto y el resto de benedictinos dentro y no pasaría nada. Tampoco seré yo el primero en decir que Sánchez podría tirotear la nuca de cualquier concejal de derechas y no perdería ni un solo voto. Es doce de marzo. Se puede robar a manos llenas y falsificar contratos sin consecuencia penal y promover el aborto jamás pasará factura social. Tendemos a pensar que saltaron por los aires cuatro vagones pero aquel día explotó mucho más. La memoria y la dignidad de la sociedad española, que desde entonces se conforma con escoger una papeleta cada cuatro años. Hay una cosa peor que poner bombas en Atocha: olvidar a propósito quién las puso.