Derecho natural y razón

La razón está llamada a descubrir por sí misma un orden natural de leyes éticas y físicas

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La idea de que el ser humano posee una naturaleza ha sido objeto de rechazo entre buena parte de los filósofos modernos más difundidos, que la consideran un concepto teológico ajeno al análisis científico. Sin embargo, la tradición tomista y escolástica —desde santo Tomás hasta Suárez y Grocio— sostiene que la razón humana está llamada a descubrir por sí misma un orden natural de leyes éticas y físicas.

Santo Tomás distingue entre teología y filosofía: afirma que la recta razón permite al hombre reconocer lo que es objetivamente bueno o malo para él. El protestante Hugo Grocio, discípulo de Francisco de Vitoria, llega a sostener que «la validez de la ley natural se mantiene incluso en ausencia de Dios»: «Del mismo modo que ni siquiera Dios podría hacer que dos más dos no fueran cuatro, tampoco podría hacer que lo intrínsecamente malo dejara de serlo».

El Derecho natural, por tanto, no es un principio religioso en sí mismo, sino un sistema de normas que la razón descubre en el orden natural. Frente a la visión fideísta (que reduce el conocimiento moral a la revelación) y frente al escepticismo moderno (que somete la razón a la mera elección arbitraria de fines), la tradición escolástica reivindica la capacidad racional del ser humano para orientarse hacia el bien. En otras palabras, sin el don de la fe también estamos llamados a obrar con rectitud.

El Derecho natural como ciencia de la felicidad

Hablar de «naturaleza» no implica recurrir al misticismo. Del mismo modo que se reconoce que la naturaleza del hidrógeno y el oxígeno hace que juntos formen agua, también cabe sostener que el hombre tiene una naturaleza susceptible de observación racional. Negar esta premisa es arbitrario.

El método es el mismo que en otras ciencias: estudiar los hechos y deducir las tendencias. Como en física o química, pueden cometerse errores, pero ello no invalida la existencia de leyes naturales. Así, la ética del Derecho natural afirma que «lo bueno» consiste en la realización de lo que corresponde a la naturaleza de cada ser. Un elefante es «bueno» en la medida en que desarrolla las potencialidades propias de su especie; lo mismo ocurre con el hombre.

De ahí que el Derecho natural pueda definirse como una auténtica ciencia de la felicidad. Indica qué fines son realmente buenos para el ser humano, más allá de la satisfacción subjetiva de deseos. Mientras la economía o la praxeología describen la felicidad como la realización de fines elegidos individualmente, el Derecho natural distingue entre fines objetivos que perfeccionan la naturaleza humana y fines que la frustran. La justicia, la convivencia pacífica y el respeto a la vida o a la propiedad no son meras convenciones, sino condiciones objetivas del bienestar humano.

Frente al Derecho positivo

El Derecho natural proporciona un criterio objetivo e inmutable para evaluar la validez de las normas vigentes en cualquier sociedad. Por ello, constituye un principio radical y crítico: somete al escrutinio de la razón tanto al Estado como a la tradición.

Las leyes positivas pueden establecerse de tres maneras: por la costumbre, por la voluntad arbitraria de quienes gobiernan o por el descubrimiento racional de principios universales. Sólo esta última opción eleva al hombre a su condición más plena y, al mismo tiempo, resulta potencialmente «revolucionaria».

La verdadera filosofía del Derecho natural choca inevitablemente con la autoridad política cuando ésta se aparta de los principios universales de justicia. El liberalismo clásico, en su raíz, consistió en anteponer «lo que debe ser» a «lo que es», y en reclamar una «revolución permanente» contra toda institución injusta. Por eso, pese a que la ley natural ha sido usada en ocasiones para justificar el statu quo, su esencia es crítica y transformadora.

Derechos naturales

El gran avance de la Edad Moderna fue trasladar la ley natural del terreno estatista al individual. Filósofos como los Levellers y, sobre todo, John Locke, afirmaron que la unidad de acción es el individuo y que de su naturaleza derivan derechos inalienables. Cada persona es responsable de sí misma, de su cuerpo y del fruto de su trabajo. Al mezclar su esfuerzo con los recursos de la naturaleza, los convierte en propiedad legítima.

De esta concepción nació la doctrina de los derechos naturales, que inspiró directamente a los revolucionarios americanos y a la Declaración de Independencia. La afirmación de que todos los hombres son creados iguales y dotados de derechos inalienables de vida, libertad y búsqueda de la felicidad sintetizaba esta tradición. Aplicada a la esclavitud, llevó a abolicionistas como William Lloyd Garrison a proclamar que ninguna ley podía legitimar la privación de la libertad, pues resultaba contraria a la naturaleza humana.

Los derechos naturales no dependen del consenso social ni de la voluntad del Estado. Son inherentes a la condición humana y delimitan el ámbito legítimo de acción política.

La tarea de la filosofía política

La misión central de la filosofía política no es la mera descripción de hechos ni la construcción de modelos positivistas, sino la justificación racional de principios éticos aplicables a la vida pública. Toda propuesta política, por limitada que sea, contiene un juicio moral. Negarlo conduce a legitimar implícitamente el statu quo.

Recuperar el Derecho natural significa devolver a la filosofía política su función originaria: establecer los fundamentos de la libertad, los derechos de propiedad y los límites legítimos del poder estatal. Se trata de construir una ética objetiva de las relaciones sociales basada en la razón, y no en la emoción o la discrecionalidad del poder.

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