De Asís a Hesse: una resistencia espiritual

Habitar el mundo desde la autenticidad, vivirlo con mayor humildad y fidelidad a uno mismo, y escuchar la propia conciencia por encima de las convenciones

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La vida de un hombre noble, en los tiempos que corren, es siempre una cuestión sagrada y misteriosa, cuyo efecto llega a veces bien lejos. La tradición recuerda así a uno de ellos, San Francisco de Asís, por los caminos de Umbría, hablando con los animales, llamando hermano al sol y hermana a la luna, como si hubiese descubierto —y lo hizo, en medio de un mundo de ambiciones y guerras— una forma más sencilla y profunda de habitar la tierra. Son esta simplicidad y esta humildad de donde surge la trascendencia de este santo medieval, que predicaba a través de su forma de vida y cuya obra —pese a estar limitada a varios pequeños escritos y su famoso Laudes Creaturarum— ha despertado una gran fascinación sobre las artes plásticas y la literatura.

Hermann Hesse adoraba a San Francisco de Asís y era uno de esos escritores para los que el santo no pasó desapercibido. San Francisco era para Hesse un referente espiritual con el que no le costaba identificarse pero también un ideal a alcanzar. Un soñador, un trovador, un místico que vivía en armonía consigo mismo, con el mundo y con Dios y que marcó irreversiblemente el camino que tomó su producción literaria, al menos la más conocida.

No es extraño, por eso, que al leer a Hermann Hesse surja una sensación inesperada de familiaridad con San Francisco. Aunque separados por siglos, contextos y lenguajes, el santo de Asís y el escritor del siglo XX participan de una misma inquietud vital: la búsqueda de una autenticidad interior frente a las formas rígidas y a menudo vacías de la vida social. Inquietud que, además, se fragua en ambos casos en contextos situados en épocas de crisis: San Francisco vive en la agitada Edad Media, bajo un gran poder de la Iglesia tradicional y en una sociedad feudal; Hermann Hesse y su obra crecen en una Europa recién modernizada, en una crisis espiritual y las guerras mundiales rondando el momento. Los personajes de Hesse beben de estas tensiones compartidas y se presentan como pequeñas ramificaciones referenciales de la verdad de San Francisco, encarnando cada uno distintos aspectos de los que predicó durante su trayectoria vital.

Hablar de la relación entre Camenzind, uno de los personajes estrella de Hesse, y San Francisco es lo obvio: el propio protagonista revela de forma directa la misma admiración que el autor que le dio vida. Peter Camenzind (1904), una novelita que trata sobre el camino de autodescubrimiento de un chiquillo que profesa una poderosa adoración a todo lo natural y místico, surge bajo el estímulo de todas las impresiones causadas bajo el primer viaje a Italia del autor en 1901, en el que siguió las huellas de su venerado San Francisco. A través de Camenzind, reflexiona sobre el santo y su amor por él, y se convierte en un símbolo para escribir su primer libro. A este personaje también le hace viajar a la Italia de San Francisco: «Caminé por las calles del Santo Francisco y en ciertos momentos lo sentí andar a mi lado, el ánimo colmado de amor insondable, saludando a cada ave y cada fuente y cada ramo de rosas silvestres con agradecimiento y alegría». Y le urge, al final, ir a la ciudad natal de su santo predilecto para culminar este viaje.

Pero si hay algo que une a Camenzind con San Francisco es, claro, la naturaleza. En la novela se leen constantes referencias a este amor radical y esta sensibilidad hacia el silencio: «Ahora que empecé a amar personalmente a la naturaleza, a escucharla como a un camarada y compañero de viaje que habla un idioma extranjero, mi melancolía, si bien no se curó, se vio refinada y purificada». Esta fraternidad con la creación es también una seña de identidad en otras obras de Hermann Hesse. Para el autor, la naturaleza no es sólo un paisaje que plasmar en sus libros, sino una revelación y una conexión consigo mismo. En Narciso y Goldmundo (1930), la naturaleza representa el principio vital, maternal y creativo de la existencia. Frente al mundo del espíritu encarnado por Narciso, Goldmundo vive la dimensión natural del ser humano: el cuerpo, los sentidos, el amor y el arte. La naturaleza se resume como un camino espiritual en sí mismo, exactamente el mismo que intentó vivir San Francisco de Asís. Y es interesante porque en esta profunda sensibilidad por la naturaleza radica la influencia que el santo ejerce a día de hoy, incluso sobre personas que son ajenas a la religión: esta vitalidad y alegría por lo natural carece de cualquier simbolismo de tinte eclesiástico, es alcanzable y sencilla, apta para todos los públicos y es una adoración atemporal.

Del mismo modo, en su famoso Siddhartha (1922) vemos representado el río como maestro, como parte de una comunidad viva. No enseña con palabras, sino con su presencia silenciosa; una forma de conocimiento que tiene que ver con la intuición, con lo ancestral.

Naturaleza aparte, la figura del buscador incansable y la exploración del conflicto interior del individuo moderno es otra constante clara en las novelas del autor, en su permanente esfuerzo por encontrar un sentido vital como lo hizo el santo medieval. Emil Sinclair, protagonista de Demian (1919), se presenta como un eterno buscador, un individuo que no acepta la verdades sociales preestablecidas y se encuentra en un camino constante de autodescubrimiento y búsqueda de la autenticidad. En Emil nos encontramos a alguien insatisfecho con el mundo dado, incluso algo aislado socialmente debido a este sentimiento de incomprensión, que encuentra a través de ciertos maestros —el mismo Demian— un remanso de entendimiento y descubrimiento.

El rechazo a lo burgués, una premisa de renuncia a la comodidad material, es inicio, parte y explicación de este camino de Sinclair. Emil nació rodeado de abundante riqueza, Siddharta también, y no menos Francisco, quien se despojó de sus ropas ante su padre y ante el obispo realizando un gesto radical: rompió con el mundo que se le había sido asignado. Del mismo modo, cuando Siddharta decide unirse a los brahmanes —y luego abandonarlos—, no rechaza su tradición, su contexto, por rebeldía, sino porque siente que la verdad no puede heredarse. Todos abandonan las seguridades sociales para encontrar una verdad más íntima y personal.

Harry Haller, protagonista de El lobo estepario (1927), también bebe de esta premisa, pero se encuentra en una dualidad constante: su naturaleza humana, nacida en una sociedad culta y burguesa, y su lado más salvaje y solitario – por ende su alter ego del lobo estepario –. Así, emprende el viaje para comprender la complejidad de su identidad a través de todas estas intuiciones explicadas.

La obra de Hesse, aunque no sea propiamente cristiana, posee algo profundamente franciscano: la convicción de que la sabiduría nace cuando el ser humano vuelve a escuchar al mundo con humildad. Que lo esencial de la vida se encuentra fuera de las doctrinas y de los sistemas cerrados: está en la experiencia directa de la vida, en la contemplación y disfrute de la naturaleza, en el silencio, en el conflicto interior y en la búsqueda honesta y decidida de uno mismo. Escribía Hesse: «San Francisco, con su carácter inofensivo y siempre orientado al presente y a la vida activa, no intentó ninguna exégesis dogmática de las palabras de Jesús, sino que las interpretó ante todo en su significado para la vida práctica, cotidiana. Siguiendo la intuición de lo que es esencial, recurrió al precepto de la pobreza apostólica. En la absoluta carencia de cualquier posesión reconoció él la única posibilidad de alcanzar la libertad interior…».

En un momento social que se siente muchas veces vacío de sentido, cargado de expectativas sociales e incertidumbre existencial, un hombre del siglo XVI y otro del siglo XX resultan actuales porque dejan un legado que nos ofrece modelos de espiritualidad vivida y no meramente institucional, que nos invita a lo más simple y, a la vez, más exigente: la revolución interior, que no deja de ser una forma de resistencia espiritual. Habitar el mundo desde la autenticidad, vivirlo con mayor humildad y fidelidad a uno mismo, y escuchar la propia conciencia por encima de las convenciones de una sociedad con modelos ideológicos y morales imperantes que nos incita a posicionarnos constantemente en un lado correcto de la historia.