Repiten todo tipo de voceros del poder que no hay que «politizar» tragedias como la de Adamuz. El reproche, de apariencia sensata, es profundamente equívoco. No se trata de politizar lo que no lo es, sino de mirar con ojos sinceros las catástrofes que ocurren en ámbitos ya plenamente politizados: infraestructuras públicas, servicios gestionados por administraciones, decisiones presupuestarias tomadas por gobiernos. Fingir que ahí no hay política es una forma de anestesia.
El problema no es que se introduzca la política en la tragedia; es que la tragedia sucede precisamente porque demasiadas facetas de nuestra vida están bajo control político. Carreteras, seguridad, emergencias, mantenimiento, prevención: todo depende de decisiones tomadas por responsables públicos. Exigir responsabilidades no es oportunismo, es higiene democrática.
La verdadera obscenidad no es hablar de política tras una catástrofe, sino usar el llamamiento al silencio para evitar preguntas. Cuando todo está gestionado por políticos, todo es, inevitablemente, político. Mirar hacia otro lado no consuela a nadie ni mejora el futuro.


