Salvo en el caso de determinadas anomalías históricas, como guerras o cracks financieros, lo suyo es que cada generación viva mejor que la anterior. La película Reality Bites, exponente de la Gen X americana, se inicia con un discurso de la protagonista en su graduación —el paso a la vida adulta— en el que emite una queja generacional acerca de la inestabilidad del mercado laboral: no sabemos cómo vamos a pagar el alquiler el próximo mes. Dos generaciones después, en España, lo que los jóvenes no encuentran son viviendas por las que pagar un alquiler.
Endosar la responsabilidad del deterioro de la calidad de vida a sus mayores, como generación, es una argucia propia del mismo sistema que ha creado la precariedad. Los llamados boomers ganaron lo que tienen con su trabajo, en una coyuntura que les fue propicia. Por ello, su misión ahora es entender, permitir y facilitar la demolición de aquello que se ha demostrado que no funciona.
Sin embargo, son pruebas vivientes para generaciones nacidas en cautividad. Búmers y Generación X tienen el deber de transmitir perspectiva, memoria y testimonio de que existió otra manera de concebir la existencia. Que la libertad no es lo que les dicen que tienen y que la propiedad privada y la familia eran aspiraciones legítimas y al alcance de la mayoría. Serán ellos, zoomers y siguientes quienes, con la máscara del sistema caída ante sus ojos, se nieguen a la esclavitud que les proponen y se erijan en arquitectos del cambio.
Sería un error obstaculizarlo: tienen el ímpetu, la inteligencia, el instinto de supervivencia, y en muchos casos, códigos de honor y lealtad que, sorprendentemente, sus mayores han perdido.


