Últimamente una tiene la sensación de que la crítica literaria sólo está permitida si es entusiasta. Hay una susceptibilidad ambiental que convierte cualquier opinión tibia en un ataque personal. Con este panorama, escribir sobre muertos tiene ventajas claras: no se ofenden, no replican y no piden matices. Así que hoy vuelvo a mi militancia necroliteraria con Camilo José Cela.
No voy a hacerle biografía porque para eso ya está Wikipedia y porque, si uno empieza, no acaba. Fue muchas cosas a la vez, no todas simpáticas: tuberculosis, sanatorios, expulsiones escolares, guerra, censor en sus años tempranos, Palma de Mallorca, revistas literarias, editoriales, el sillón de la RAE, el Nobel en el 89, un marquesado por gracia real. Material inagotable para el folclore cultural español. Me bastan dos pinceladas útiles para lo que nos interesa aquí. La primera es que Cela fue un escritor de posguerra con una gran ambición y una capacidad casi indecente para colocarse siempre donde había foco, poder o ambas cosas. La segunda es que tenía una virtud rarísima en este país y es que no escribía siempre el mismo libro.
Lo curioso es que yo misma tardé en darme cuenta. Leí La colmena y La familia de Pascual Duarte muy seguidos por una mezcla de despiste, automatismo y, probablemente, idiotez logística. No fue una decisión programática ni un plan intelectual. Cayeron uno detrás de otro y, en algún punto vergonzoso del proceso, no reparé en que eran del mismo autor. Si no lo hubiera visto claramente impreso en ambas portadas, podría haber seguido en mi error sin problema. Podrían pasar perfectamente por novelas de dos manos distintas. Y eso, en el canon español, donde hay escritores que llevan años publicando el mismo temperamento con distinto paisaje, me parece un mérito mayúsculo.
Porque lo único que une a estos dos libros es que están muy bien escritos y que ambos funcionan como una radiografía de su tiempo. Todo lo demás cambia. La voz, la estructura, el ritmo, la manera de mirar a los personajes, el tipo de violencia que atraviesa el texto. En uno hay coralidad urbana, fragmentos, escenas mínimas, ironía social. En el otro, una voz única, rural, cerrada sobre sí misma, una tragedia íntima contada sin adornos. Es el mismo país roto visto desde dos ángulos opuestos.
La colmena es una novela hecha de retazos. Escenas cortas, conversaciones cruzadas, vidas que se rozan sin tocarse. No hay planteamiento, nudo ni desenlace, ni siquiera la ilusión de que el autor te debe un argumento. Esto se parece más a mirar por las ventanas de una ciudad durante un rato. Entras y sales, ves miserias pequeñas, deseos ridículos, hambre elegante, miedo. Esa forma de vivir en miniatura que deja la posguerra cuando lo grande está prohibido. La prosa parece espontánea, pero se nota el trabajo. Repeticiones, ritmo, frases cortadas a cuchillo y, de vez en cuando, un destello que te recuerda que Cela también sabía ponerse fino cuando le daba la gana.
A mí me pareció un retrato brillante de la sociedad española, con un tono mordaz y una ironía con bastante mala leche. Pero también me pasó algo que creo que es legítimo confesar , me costó pillarle el punto al batiburrillo. No porque esté mal hecho —al contrario, está calculadísimo— sino porque la entrada constante de personajes nuevos hasta el final exige una atención sostenida y, si la lectura se fragmenta, la novela se te vuelve un álbum de caras que no terminas de fijar. Seguramente es un libro para leer más del tirón y no perder el hilo de ese ecosistema humano sin protagonista claro, o con uno tan discreto que casi te lo inventas. El argumento, por llamarlo de alguna manera, es la vida. Comer, hablar, sobrevivir, abejas en la colmena.
Tiene además ese recorrido material tan español. Censurada durante años, publicada primero fuera y autorizada después, pese a que Cela no era precisamente un apestado por el régimen. La contradicción encaja con el personaje. Siempre capaz de estar dentro y fuera a la vez, protegido y molesto según convenía. La colmena no es sólo un libro sobre una época, también es un recordatorio de cómo se publicaban —o no— ciertas miradas.
Y luego está La familia de Pascual Duarte. Si La colmena mira una ciudad como quien recorre un panal, Pascual Duarte te pone delante a un hombre y te obliga a escucharlo sin escapatoria. Es un libro más breve, más directo, más duro. Tiene esa tradición española de realismo con cuchillo. Lo grotesco, lo violento, lo sórdido. Se le ha llamado tremendismo, y le queda bien, pero lo interesante es el mecanismo. Cómo la voz del narrador —rural, refranera, aparentemente llana— se vuelve literatura de alto nivel sin dejar de sonar a verdad. Cela consigue algo muy difícil, que el texto sea brutal sin ser torpe, que lo feo no sea gratuito, que lo negro tenga forma.
El final deja tristeza y piedad de la incómoda, que no absuelve, pero entiende. Esa sensación de estar mirando a alguien moldeado por la pobreza y el abandono, que ha aprendido a vivir como puede, que suele ser mal. Y es ahí donde la novela se vuelve más grande que su etiqueta y obliga a pensar hasta qué punto somos víctimas de las circunstancias y cuánto margen real tenemos cuando todo alrededor es barro.
Leídas juntas por puro despiste, estas dos novelas funcionan como dos caras de una misma España. La urbana y la rural, la coral y la íntima, la ironía social y la tragedia personal. Dos libros muy distintos, pero igual de bien escritos, y con la misma capacidad de dejar constancia de una época sin ponerse pedagógicos.
Y ahora, para rematar mi incoherencia territorial, confieso que no he leído Viaje a la Alcarria pese a ser alcarreña. Ya sé que esto debería inhabilitarme para ciertos debates comarcales. Llevamos años citando, para promocionarnos y defendernos, aquello de «la Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir», aunque sospecho que se lo han leído dos alcarreños. Lo leeré. No por fervor identitario, sino por cerrar el círculo. Si voy a seguir hablando de Cela, al menos quiero hacerlo con la desvergüenza completa y no a medias.
En resumen, si lo que buscas es un Cela, no existe. Un personaje lleno de aristas que escribió novelas a juego. La colmena y La familia de Pascual Duarte no se parecen entre sí, como tampoco se parecía demasiado el propio Cela a una figura fácil de querer o de ordenar. Y quizá ahí esté la coherencia profunda, en un autor contradictorio que produjo libros contradictorios, desiguales, incómodos, pero vivos.


