Benito Pérez Galdós fue uno de los mejores representantes de la novela realista europea del siglo XIX y, por encima de todo, un afamado intelectual que supo captar con su técnica el ambiente de decadencia política que sufría España desde el final de la Guerra de la Independencia contra el invasor francés. Nacido en Las Palmas de Gran Canarias el 10 de mayo de 1843 y bautizado con el llamativo nombre de Benito María de los Dolores, fue el décimo hijo de una familia numerosa y acomodada cuyo cabeza de familia era su padre, Sebastián Pérez, un prestigioso coronel del ejército español. Su madre, Dolores Galdós —a la que conocerán como «Mamá Dolores»—, una estricta dama guipuzcoana hija de un secretario de la Inquisición, era quien llevaba las riendas de la familia, e impuso en su hogar una férrea disciplina.
Según cuenta Galdós en sus memorias, siendo muy pequeño sintió ya fascinación por las anécdotas, relatos y hechos heroicos vividos por su progenitor durante la guerra contra los franceses. Su pasión por la historia no fue menor que su entusiasmo por la escritura, por lo que no tardaría en colaborar con la prensa local a la vez que obtenía el título de bachiller en 1862, provocando el lógico regocijo de sus progenitores. Sin embargo, la paz en la que vivía la familia se vio sacudida por la llamada de la naturaleza en forma de mujer: la prima de Galdós, Sisita. La atracción desatada entre Benito y su prima no fue bien vista por una madre sobreprotectora hasta lo demencial, y ella fue la responsable de enviar al desdichado joven a Madrid para evitar tentaciones.
Una vez que recaló en la capital del reino, en septiembre de 1862, Galdós se matriculó en la universidad y tuvo ocasión de conocer a prestigiosos profesores como Francisco de Paula Canalejas, Fernando de Castro o Adolfo Camús, aunque ninguno de ellos influiría tanto sobre él como el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, el renombrado Francisco Giner de los Ríos, que, viendo el potencial del joven, lo animó a escribir y lo introdujo en el krausismo. El ambiente de la gran ciudad invitó a Benito a saltarse las clases y recorrer teatros y tertulias, donde entró en contacto con otros escritores, entre ellos el que sería su gran amigo, Leopoldo Alas Clarín. El mismo Galdós lo reconocía así en sus memorias: «Entré en la universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía… escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital». No sólo se preocupó por frecuentar tertulias literarias; Galdós también cayó rendido ante las múltiples posibilidades de evasión y divertimento que le ofrecía Madrid, tan lejos como estaba de su estricta madre.
Dejando las clases de lado, empezó a colaborar como redactor en los periódicos La Nación y El Debate, así como en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, mientras que en 1867 hizo su primer viaje al extranjero como corresponsal en París para cubrir las noticias de la Exposición Universal. En la ciudad de la luz, Galdós entró en contacto con la obra de Honoré de Balzac y de Charles Dickens, cuya influencia en su posterior obra literaria sería determinante. El año siguiente regresaría de nuevo a la capital francesa, acción que determinaría su definitiva expulsión de la universidad debido a sus continuas faltas de asistencia. 1868 fue también el año de la Revolución Gloriosa que provocó la caída de la reina Isabel II, lo que sucedió justo en el momento en que Benito viajaba de París a Canarias, por lo que, sin pensárselo dos veces, aprovechó la escala que su barco tenía en Alicante para bajar del vapor y emprender un viaje a Madrid, con la intención de presenciar la entrada de los generales Francisco Serrano y Juan Prim.
Liberado de sus estudios y asentado de forma definitiva en la capital, Benito Pérez Galdós dio, por fin, rienda suelta a su pasión por la literatura. Según reconocería él mismo, se levantaba muy pronto, incluso antes de que asomara el sol por el horizonte, e inmediatamente se ponía a escribir hasta la diez de la mañana, siempre a lápiz, porque la pluma, decía, le hacía perder el tiempo. Galdós no fue, no obstante, un escritor alejado de la realidad de su tiempo, y eran frecuentes sus paseos por las calles de la Villa para sumergirse en la vida del pueblo, llegando al punto de espiar conversaciones ajenas que después reproducía en su obra —de ahí nació, precisamente, el carácter fresco y a la vez desgarrador de sus diálogos—. Su dedicación plena a la literatura le permitió leer con fruición a William Shakespeare, Miguel de Cervantes, Charles Dickens o Lope de Vega, e incluso a Eurípides, mientras que, por las tardes, solía acudir a conciertos, pues era un reconocido amante de la música y llegó a ejercer durante mucho tiempo como crítico musical.
Por otra parte, su condición de soltero eterno le permitió disponer de más tiempo para desarrollar su talento. Aun así, Galdós no fue ajeno a los encantos del amor, personificado en un gran número de mujeres con las que mantuvo una relación, comenzando por Lorenza Cobián, con la que tuvo una hija que nació en 1891. Su lista de pasiones amorosas es amplia: la actriz Concha Morell y la novelista Emilia Pardo Bazán, además de Carmen Cobeña, Sofía Casanova, la cantante Marcella Sembrich o la actriz Concha Catalá. Cuentan que ya con avanzada edad Galdós trataba de rodearse de mujeres jóvenes y exageraba sus achaques para conseguir la atención y los arrumacos de aquellos que lo acompañaban.
Su excelsa carrera literaria comenzó en el año 1870, cuando publicó La Fontana de Oro, con los defectos propios de una novela primeriza, pero en la que anticipa alguno de los elementos fundamentales que, a partir de 1873, desarrollará en sus célebres Episodios Nacionales, una obra monumental que desarrolla el desarrollo del siglo XIX español a través de la mirada íntima de un pueblo que es testigo de algunos de los acontecimientos históricos que marcaron el destino colectivo de España. En conjunto, los Episodios Nacionales constituyen una de las creaciones literarias más importantes de nuestra cultura, alcanzando unas cotas tan altas de perfección que aún hoy se consideran las novelas históricas más importantes escritas tanto dentro como fuera de España. Compuestos por 46 episodios, divididos en series de 10 novelas cada uno —excepto la última, que quedó sin terminar—, comienza con la serie de la Guerra de la Independencia, escrita entre 1873 y 1875, cuyo protagonista, Gabriel Araceli, es un humilde adolescente que terminará sus días reconvertido en un valeroso y honorable oficial del ejército español. La segunda serie, escrita entre 1875 y 1879, recoge las despiadadas luchas entre liberales y absolutistas hasta la muerte de Fernando VII, y el protagonista es el liberal Salvador Monsalud, personaje en el que Galdós trató de plasmar su propia ideología e incluso sus circunstancias vitales.
A partir de este momento, se produjo un paréntesis de veinte años durante los cuales el autor no recuperaría la serie debido a un interminable pleito que mantuvo con su editor; así, su obra literaria tomó una nueva dirección, y dio un giro en su producción novelística al publicar, en 1881, La desheredada, donde se reflejan las influencias del naturalismo francés. Galdós centró su atención en la sociedad madrileña, alejándose de los planteamientos heroicos presentes en sus primeros Episodios Nacionales. Fue en ese periodo de su vida cuando inició su carrera política, en un principio asociado al partido liberal debido a su amistad con Práxedes Mateo Sagasta (quien fuera propietario y director de LA IBERIA), razón por la que sería elegido diputado en el Congreso por la circunscripción de Guayama (Puerto Rico). Su actividad en la vida política, en la que apenas llegó a participar, la compaginó incrementando su ya de por sí magna obra publicando nuevos títulos dentro de sus conocidas como Novelas contemporáneas españolas, entre las que destacan Tristana, que vio la luz en 1892 y, por encima de todas, Misericordia, publicada en 1897.
En sus años de estudiante, Galdós dio sus primeros pasos como dramaturgo, pero su primer éxito teatral no se produjo hasta mucho tiempo después, en 1894, cuando estrenó La de San Quintín, aunque su producción en este campo no le trajo precisamente buenas sensaciones. Con el inicio del siglo XX recuperó su trabajo en los Episodios Nacionales, con una tercera serie dedicada a las guerras carlistas, mientras que la cuarta se centraría en el periodo comprendido entre la revolución del 48 y la caída de Isabel II, dejando su quinta serie para los momentos finales de su vida, entre 1907 y 1912, donde trató la restauración borbónica en la figura de Alfonso XII.
Aún tuvo tiempo de volver a participar en la política, aunque, en un país que históricamente había alumbrado a grandes artistas y a mediocres hombres de Estado, el autor terminó dando la espalda a un ámbito que sólo provocaba malas experiencias. En su obra Cánovas, publicada en 1912, define de esta manera a los políticos de su tiempo: «Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve, no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo, no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolillos».
Los últimos años de su vida estarán marcados por la pérdida progresiva de su visión, por la enfermedad y los problemas económicos al no dejarse asesorar en este sentido. El 20 de enero de 1919, Benito Pérez Galdós, afectado de una aguda ceguera, descubrió una escultura erigida en su honor en el Parque del Retiro. Al no poder contemplarla, pidió ser alzado para palpar el monumento y, cuando lo hizo, lloró desconsoladamente al comprobar la fidelidad del retrato, aunque también, quién sabe, al presentir la proximidad de su muerte física, que se produjo el 4 de enero de 1920.


