La propaganda no mantiene las vías ni garantiza la seguridad de los viajeros. Un Gobierno que sabe gestionar puede presentar sus resultados y dejar que hablen casi solos. No necesita hacer del vecino un enemigo ni alimentar el odio para reclamar otro mandato.
Cuando la incapacidad no es una opción, sino el modus operandi de una mafia con poder legal, la polarización es el único relato. Cada adversario reducido a amenaza permite aplazar una explicación. Se fuerza al partidario a temer tanto a la oposición que deja de exigir resultados al Gobierno. Así, la incompetencia encuentra en el sectarismo su mejor seguro de supervivencia. Dos caras de lo mismo, dos hechos concomitantes.
Quien mantiene a los españoles enfrentados para conservar el poder reconoce que no sabe qué hacer con él más allá —a los tribunales nos remitimos— de enriquecerse.


