Bienvenido al sistema

¿Qué justifica que el trabajo y el consumo reclamen una parte tan grande de una vida?

|

En Happiness, de Steve Cutts, seguimos a una rata a través de una ciudad construida por y para el deseo. Corre entre multitudes, centros comerciales y anuncios omnipresentes persiguiendo el siguiente chute de felicidad. Compra, consume, se endeuda, bebe, se medica y vuelve a empezar. Al final descubre que la trampa de ratas en la que ha caído no está escondida en algún callejón: está en una oficina.

La metáfora es evidente, pero plantea una pregunta importante: ¿qué justifica que el trabajo y el consumo reclamen una parte tan grande de una vida?.

En nuestro camino vamos en una cinta transportadora donde se nos lleva desde infantes hasta el mundo laboral donde —potencialmente— germinamos y acabamos afianzando nuestro lugar en la vida; probablemente en busca de la felicidad. Esta búsqueda es perenne, diluida entre consumo que promete paz y autorrealización en el camino. Esto es, en rasgos generales, el contrato social que hemos heredado. Mi pregunta es simple: ¿esto está funcionando?.

Canta Pink Floyd en la peliaguda Welcome to the Machine:

Welcome, my son, welcome to the machine
What did you dream?
It’s alright, we told you what to dream

La máquina es un bálsamo conformista para el alma sedienta de unión. Su poder reside en ofrecer algo que necesitamos con desesperación: pertenecer. En su obra maestra, El arte de amar, Fromm nos habla de que «la unión con el grupo es la forma predominante de superar el estado de separación»; la finalidad es pertenecer a cualquier coste, porque la sensación de soledad es infinitamente peor. Si me adapto a mis circunstancias me salvo de la terrible experiencia de sentirme separado, de estar conmigo mismo. De ahí que —continúa Fromm de manera contundente— «el hombre se convierte en “ocho horas” de trabajo».

Hoy parece que estar ocupado se ha elevado a categoría moral. No importa solamente si produces algo necesario: lo que importa es que estés ocupado. Una persona que se levanta temprano, trabaja doce horas y termina exhausta es virtuosa independientemente de los resultados. Mientras tanto, alguien que trabaja menos o nada —por una razón u otra— está bajo permanente sospecha. Incluso a los profesores —una profesión de extrema necesidad— se les ve como afortunados o incluso vagos por más vacaciones.

Muchas personas con las que hablo suelen decirme algo parecido a: «es que claro, termino de trabajar a las 18.00, llego a las 19.00 a casa y… ¡Se me acaba el día!». Si, por ejemplo, entrenas y llegas a casa a las 20.30 o las 21.00 tienes apenas tiempo para cenar algo rápido, ducharte, ver una serie y desmayarte rápidamente antes de volver a la carreta de la rata. Por ello —por falta de tiempo— tratamos de automatizar —o peor, “optimizar”—, o bien escoger caminos fáciles: véanse las apps de citas y la cantidad de usuarios que tienen; el aumento de demanda de comidas preparadas o incluso los champús 3 en 1. Son todas maneras de agilizar actividades que requieren tiempo, lo verdaderamente colonizado por una vida cuyo plato principal es el trabajo. ¿Dónde queda el amor, los amigos, la reflexión o el tiempo para tener críos?.

Estas actividades que menciono son —bajo la definición de Fromm— productivas en un sentido profundamente humano. Alguien es productivo cuando realiza activamente sus potencialidades humanas —razón, amor, creación—, en lugar de limitarse a funcionar como instrumento de fines de terceros. El hombre moderno no carece de disciplina; todo lo contrario, obedece un régimen estricto cinco días por semana. Por eso mismo, cualquier disciplina, incluso autoimpuesta y conveniente, sabe a limitante castigo. Ser productivo en el sentido humano requiere de esta disciplina sin embargo; asimismo requiere concentración y paciencia, cualidades que estamos perdiendo a velocidades insostenibles.

El problema que aquí quiero atacar es algo distinto: cuando sí sabemos qué hacer con nuestra vida, pero no tenemos suficiente poder sobre nuestro tiempo para hacerlo. Puedes tener libertad psicológica pero ninguna capacidad material; o puedes tener tiempo y recursos, pero ser incapaz de construir una vida por miedo a esta nueva libertad (objeción que el propio Fromm señala en El miedo a la libertad). La libertad necesita tanto la capacidad para orientarse en la vida —en términos psicológicos— como las condiciones materiales para poder ejercer esa orientación.

Podemos definir como «soberanía sobre el tiempo» la capacidad de decidir sobre una proporción suficiente de las horas que componen una vida. Daniel H. Pink en ¿Cuándo? La ciencia de encontrar el momento preciso la califica como pilar central de la «autodeterminación vital», de la «autonomía individual» de las personas. Que tu tiempo sea tuyo y no de otros, de una empresa o un tercero que te obligue a estar en un sitio a una hora. Es quizás esto lo que buscamos, sin embargo la pesada maquinaria pone límites sobremanera. Como sólo somos individuos circunscritos a nuestras circunstancias, en principio poco podemos hacer.

El caso curioso dentro de nuestro sistema aparece en lo que David Graeber llamó bullshit jobs: empleos cuya existencia ni siquiera quienes los realizan son capaces de justificar. La cuestión que introduce no es solamente económica o política, sino más bien psicológica. Graeber argumenta que el ser humano necesita sentir que sus acciones producen efectos reconocibles en el mundo: poseer agencia. Cuando una persona pasa años realizando tareas cuya finalidad no comprende y cuyas consecuencias no puede notar, se erosiona su sensación de agencia y padece incluso de spiritual violence (violencia espiritual).

Mi razón para escribir este ensayo es precisamente mi inmersión en el mundo laboral. A mis 25 años, como todo hijo de vecino, he sido integrado en la fuerza laboral sin tener voz ni voto. Volviendo a Pink, en mi humilde opinión, deberíamos ser capaces y estar armados con las herramientas para conseguir la «autodeterminación vital»; sin embargo, que poco eficiente suena eso, ¿no? Mejor seguimos con la cinta transportadora.

«Y tú… ¿Qué haces?» es una de las primeras preguntas que nos hacen y hacemos cuando conocemos a alguien. Es una pena que lo que nos represente en vida sea nuestra ocupación profesional. Pero ¿Han visto alguna vez en nuestras tumbas «director creativo» o «project manager»? La profesión convertida en identidad resta a nuestra totalidad. No preguntamos qué te gusta, qué amas y a quién, qué quieres construir o a qué dedicas tu tiempo. El bagaje de nuestra personalidad no debería regirse por reglas de mercado; y, sin embargo, miren LinkedIn —con la marca personal y las aficiones convertidas en activos— y miren el ritual que hay que cruzar para conseguir un trabajo.

Como anécdota: me rechazaron tras seis entrevistas con un email no-reply, tras dedicar horas y horas a un puesto; era mío ya, nunca supe por qué no me lo dieron. No es que necesitemos no hacer nada, que en parte nos vendría bien también; necesitamos recuperar una parte suficiente de nuestro tiempo y nuestra capacidad de acción para poder construir vidas cuyos fines podamos elegir y cuyas consecuencias podamos reconocer.