Eran las cinco de la tarde cuando Tadej Pogačar encontró una piedra en su camino. De repente, en mitad de ese pelotón que se movía como un todo armónico mientras cruzaba la provincia de Valencia, una figura saltó por los aires. A pesar de la confusión, enseguida fue evidente que el afectado por el percance era el líder de la prueba, inconfundible en su maillot rojo. El gesto dolorido y las magulladuras de su cuerpo eran inequívocas, no iba a poder continuar en competición. En pocos minutos se confirmó, cuando subió a una ambulancia por su propio pie. Lo que se presumía como un rutinario paseo triunfal, una victoria más sin épica del mejor ciclista del que existe memoria, se convirtió en un hito en su trayectoria: por primera vez abandona en una carrera de tres semanas.
Pogačar, como tantas otras grandes figuras del ciclismo antes que él, había acudido a la Vuelta por compromiso. Sin ningún rival de mínima entidad, parecía el año propicio para cubrir el expediente y vencer en la única grande que faltaba en su palmarés, esa carrera siempre venida a menos y amiga de experimentos pintorescos, pero con las mismas tres semanas de duración que el Tour y el Giro. Desde el inicio de la competición en el extraño Mónaco, donde ya venció y se colocó como líder, la afrontó con la lógica suficiencia de los estudiantes brillantes ante las asignaturas más fáciles. Transcurrida una semana su superioridad era incontestable, había ganado cuanto había querido. Parecía que iba a mantener esta dinámica sin interrupción, con unos rivales convertidos en meros figurantes, mientras los aficionados ya habían asumido que iban a disfrutar de veinte días de aburrimiento, testigos de un paseo militar cuyo principal interés era saber cuántos récords batiría el campeón. Hasta que en las previsiones de todo el mundo se interpuso el azar, quizá propiciado por una organización negligente en sus tareas básicas, demasiado pendiente de llamar la atención para mantener el interés de una competición cuyo final parecía inevitable, y ya nunca será.
La duda inmediata es saber si el esloveno podrá participar en el Mundial de Montreal de este año, en el que partía, como siempre, como claro favorito. La impresión es que su recuperación requerirá demasiado tiempo para que le sea posible hacerse con su tercer triunfo en esta prueba, pero todavía no puede descartarse del todo. Los ejemplos de retornos exprés de ciclistas con lesiones de entidad son innumerables, aunque también traigan consigo recuerdos de otro tipo de prácticas médicas. Quedan las secuelas a largo plazo del incidente. Hasta ahora Pogačar ha sido un ciclista generoso en sus esfuerzos, no sólo por su actitud en carrera, sino por un juvenil espíritu voluntarista que le hacía apuntarse a cualquier aventura con arrojo y determinación, sin considerar los riesgos como harían la mayoría de los ciclistas con su experiencia. No parece esperable que regrese convertido en un corredor taimado, pero es probable que en su retorno muestre una sombra en los ojos que hasta ahora no tenía, porque las cicatrices en la moral no desaparecen con el tiempo. Sus rivales le obligarán a mantener una actitud más vigilante, porque después de este percance no olvidarán que sangra como todos. También tendrá que vencer la superstición ciclista, que dicta que el corredor que abandona por caída una gran vuelta lo acaba haciendo más veces. A su favor, la simpatía de los aficionados, reforzada tras demostrarse con la adversidad la humanidad del héroe. Esa luz ya no lo abandonará.
A causa de este accidente la relación de Pogačar y la Vuelta se ha revestido con los sentimientos heridos de los que están hechos los mitos ciclistas. Su regreso a futuras ediciones de la carrera, antes improbable, se ha convertido en una certeza, con la diferencia de que su aire ingenuo de estos días vendrá transformado en una voluntad calculadora e implacable de victoria. Si nada se vuelve a interponer en su camino, se verá a un ciclista impaciente, deseoso de venganza y demasiado herido en su orgullo para hacer ningún regalo, con el objetivo indisimulado de hacer invisibles a sus rivales. Ahora estos extras se batirán para vencer en una prueba que en las dos semanas que le quedan se presume tan sobrada de emoción como escasa de talento. Alguno de ellos será para siempre el vencedor de la Vuelta en la que se cayó Pogačar.


