El apocalipsis según Steven Spielberg

En 'El día de la revelación', su última película por ahora, vuelve a temas habituales de su filmografía

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Steven Spielberg es un creador de historias genial. Por algo le llaman «rey Midas de Hollywood»: sus historias generan millones en taquilla. Además, es de los pocos «directores puente» que nos conectan con el Hollywood clásico. Fue criado en la edad de oro del cine norteamericano hasta tal punto de haber sido testigo directo del genio John Ford. Estoy seguro de que si se le preguntase se declararía fiel seguidor.

En El día de la revelación, su última película por ahora, vuelve a temas habituales de su filmografía: aventuras made in la saga de Indiana Jones, acción al estilo de Múnich y mucha dosis de extraterrestres. De hecho, esta película se entiende mejor con sus hermanas mayores: Encuentros en la tercera fase, E.T. y A.I.. Spielberg juega con nuestras emociones y reacciones, proyectando una percepción optimista y amable de los alienígenas. No vienen a destruirnos sino, más bien, a ser nuestros amigos o, incluso, desvelarnos la verdad, uno de los principales temas de esta historia. Está íntimamente ligada a un subgénero de la ciencia ficción: la compasión intergaláctica (La llegada, gran obra de Denis Villeneuve, es otro buen ejemplo de ello).

Desde el punto de vista técnico, el despliegue de medios es total y no se escatiman en gastos. El uso de los efectos especiales es el justo y necesario para no sobrecargar las secuencias con croma verde. La clave de esta historia, sin embargo, está en el guion: una historia inteligente, ágil y trepidante marcada por la intriga y el misterio. Una organización no gubernamental, aunque estrechamente ligada al Gobierno estadounidense, está encargada de «proteger» al mundo de la existencia de extraterrestres desde hace décadas. Su conocimiento por la humanidad podría conllevar un cambio de orden existencial sin precedentes. Sin embargo, algunos que han formado parte de esta entidad tienen discrepancias y consideran necesario que el mundo conozca la verdad.

Esta premisa da el pistoletazo de salida, pero poco a poco se irán suman otros elementos que convierten a El día de la revelación en una historia de tintes sobrenaturales. Spielberg no trata de hacer teología, pero sí ofrecer una historia de tintes teofánicos: ¿la existencia de alienígenas es compatible con la existencia de Dios? Este ejercicio tan inteligente sólo se le ocurriría a un maestro en el arte de contar historias como es Steven Spielberg. Además, sin duda, es uno de sus temas favoritos. El riesgo del director y coguionista, sin embargo, estriba en provocar grandes confusiones en la audiencia por no llegar a comprender el nivel de simbología y metáforas que coloca en varias escenas (el encuentro entre el cardenal rojo y la personaje de Emily Blunt o la posesión de cariz demoníaco del personaje de Eve Hewson, por ejemplo), así como no explicar suficientemente algunos aspectos de guion que quedan sin resolver.

En cierta manera, Spielberg propone la posibilidad de poner a dialogar a la fe (la creencia en Dios está muy presente en la historia; no hay atisbo de burla o señalamiento contra quienes tienen fe) con la ciencia (unos extraterrestres con una tecnología y saberes notablemente avanzados). Igualmente, el gran mensaje de El día de la revelación trata de empatizar con el otro, de reparar en que debemos preocuparnos por los demás. Sin caer en moralismos, Spielberg lo deja claro: es evidente el paralelismo entre el contexto narrativo de la película (el mundo abocado a un gran conflicto) y la realidad presente. El director, a través de sus personajes, propone un remedio a esta enfermedad: la bondad entre las personas y la ayuda mutua. Para ello, los hombrecillos verdes juegan un papel fundamental.

Espero que este no sea el testamento filmográfico de Steven Spielberg, su despedida como director de cine, porque su marcha supondrá un shock enorme para la industria del cine. Aunque desde hace años ya está, claramente, teniendo sus últimas incursiones en la gran pantalla, ojalá nos siga ofreciendo este cine palomitero —a él se le atribuye ser el precursor del cine blockbuster— y de puro entretenimiento por muchos años.