Si siguen esta sección, ya habrán notado que me suene aburrir el costumbrismo puro —con perdón de Larra, Mesonero, Camba y otros santos patrones de la columna—. Prefiero el artículo de ideas, pero ligero y elegante, a la anglosajona, o el salto a la crónica pura, menos tipificada y más narrativa. Curiosamente, en la selección de abril se me han colado unos cuantos artículos de costumbres, pero de los buenos. Costumbrismo con fondo.
Jorge Vara nos propone en esta casa, LA IBERIA, aplicar el método de Jaime Campmany: ir macerando la columna durante el día, con la mirada atenta, sin elegir hasta el final el tema. Él mismo ensaya la técnica en su trayectos de autobús. «Aquí también he visto estudiantes repasando antes de sus exámenes con la concentración de un tenista esperando para restar un servicio y profesores corrigiendo esos trabajos de última hora que representan para muchos la última esperanza sobre la tierra».
Ya he dicho alguna vez que mi Hughes favorito —por encima del político, el futbolero y el televisivo, todos muy buenos— es el lector de tendencias sociales. En La Gaceta nos habla estos días de un tema muy actual: eso de comer en el súper. «Cuando reanude el ritmo social, si es que eso sucede, voy a citar a mis amistades en el Mercadona», amenaza. «Nos comeremos unas lasañas y un muslo de pollo, como señores, y luego a lo mejor una tarrina de profiteroles —que no sé yo si los venden en el Mercadona o son ya mucho lujo– y tan pichis, oye, por seis o siete euros». Hughes y yo tenemos una comida pendiente; espero que en otro sitio.
Miriam Esteban (bienvenida a Haleakaloha) se pone chestertoniana a propósito de Bruno, su cuarto hijo. «Bruno es fanático de los caballeros. No digo admirador, ni simpatizante, fanático. Vive en una edad en la que la humanidad se divide, más o menos, entre dragones, caballeros, mamás que apagan la luz y recogen los cuentos porque es hora de dormir y personas que no entienden la gravedad del asunto». Su texto lo publica El Debate y se cuelan Pieper, Marías o Rilke, entre otros.
Daniel Capó nos habla, en Nuestro Tiempo, del tiempo. Del viento, en concreto. «Cuando era niño, eso no podía preverse. El viento que soplaba era suave y traía el aroma de lejanas tierras. La brisa marina dulcificaba los rigores del verano y parecía llevar consigo una promesa de continuidad. Era como el mar griego, con olor a mirto y romero. Sin embargo, ahora el viento ha cambiado. Y a menudo me pregunto qué nos trae con su furia». No se pierdan las respuestas que propone.
Cerramos con un artículo semanasantero de Javier Torres en La Gaceta. Costumbrismo sevillano a propósito de dos monaguillos que me suenan familiares. «Hay un respeto reverencial en esta esquina de Sevilla. Los niños miran al cielo y a veces se dan la vuelta para mirar al Cristo, no vaya a ser que se haya ido sin ellos. Horas más tarde, en la soledad del dormitorio, estos monaguillos soñarán la cuenta atrás para la siguiente Semana Santa».
Hasta aquí mis textos favoritos de abril en la prensa digital. Nos leemos el último viernes de mayo con una nueva entrega de Haleakaloha.


