Dios también cuida de las almas pequeñas

Entre la historia, la tradición bíblica y la ficción, 'El príncipe escondido' construye una trama de destino, perdón y redención que se lee con la agilidad de una buena aventura

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Año vigesimonoveno de Nabucodonosor (576–575 a.C.). El Imperio neobabilónico se encuentra en su apogeo. Babilonia es una de las ciudades más poderosas del mundo: inmensa, rica, monumental. El centro político, económico y cultural de la Baja Mesopotamia alberga el templo de Marduk, la Puerta de Ishtar y, según la tradición, los famosos jardines colgantes. Los judíos llevan ya más de una década en el exilio bajo la autoridad babilónica, tras la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor. Con la destrucción del templo y la pérdida de sus tierras, se organizan en comunidades que han de adaptarse a las leyes, la lengua y la cultura del imperio. No son esclavos, sino súbditos sin ciudadanía plena. Sin embargo, los judíos en Babilonia viven en constante tensión con su identidad: deben someterse a un poder extranjero mientras se niegan a renunciar a su Dios.

El remoto contexto de El príncipe escondido (Rialp) merece esta pequeña introducción. La autora, Tessa Afshar, es consciente de que probablemente el lector no sea especialista en el Oriente Próximo antiguo y ofrece algunas explicaciones históricas integradas de forma sutil, sin sobrecargar la narración. No obstante, su obra no deja de ser una novela y no un tratado académico por lo que, en mi caso, resultó útil realizar una breve búsqueda previa para situarme antes de comenzar. Aquellos lectores que se animen a partir de esta recensión tendrán, además, otra herramienta de enorme importancia: en una feliz coincidencia temporal, la pintora y escritora Estrella Fernández-Martos acaba de publicar la lectura del Libro de Daniel en su podcast Leyéndote la Biblia. Obviamente, el texto profético —el audio— tiene valor intrínseco pero, además, su escucha supone un interesante precalentamiento para meternos en escena.

En cualquier caso, la historia que ha publicado la editorial Rialp se puede seguir sin estos apoyos previos, que no hacen más que redondear la gozosa experiencia de lectura. Afshar ha urdido una trama épica con una joven e intrépida escriba judía como personaje conductor. La escritora sitúa su obra en la frontera entre la historia, la tradición y la ficción; la construye a partir de un diálogo entre los relatos clásicos sobre la infancia de Ciro el Grande, transmitidos por historiadores griegos como Heródoto, y referencias procedentes de la tradición bíblica (Isaías, Jeremías, Esdras y Crónicas) que recogen tanto la memoria del exilio judío como la figura de Ciro en relación con la liberación de los cautivos. Sobre este entramado de fuentes, la escritora introduce un fuerte componente de ficción narrativa. El resultado es una reconstrucción literaria que pretende ofrecer una interpretación verosímil y cohesionada del contexto histórico y espiritual en el que confluyen el ascenso de Persia, el mundo babilónico y el destino del pueblo judío.

La dimensión histórica, tan bien tratada que despierta la curiosidad sobre el período e incita a ahondar, no le va a la zaga a la espiritual. Si bien la construcción del personaje principal resulta algo plana por su marcada idealización —su virtud apenas se ve comprometida por conflictos morales o de carácter, su inteligencia es desbordante y su valentía no flaquea—, la vida interior de Keren interpela al lector con inquietudes trascendentes. El Señor, que guía a pueblos y reyes, también se ocupa de las almas pequeñas y atormentadas. Cada uno de nosotros tiene un papel, no siempre «protagonista» a ojos de la Historia, pero sí esencial en el cumplimiento de los designios divinos. La felicidad dependerá de la fidelidad con la que nos comprometamos con Él.

Las cuatrocientas páginas que componen la novela se estructuran como una narración a dos voces, alternando la perspectiva de sus protagonistas, Keren y Yared. Y se leen con agilidad, manteniendo hasta el final el interés y el disfrute que la autora consigue con un arranque absorbente. La trama combina la intriga política propia de las cortes orientales con el progreso interior de sus personajes, entrelazando episodios de peligro y descubrimiento personal. El viaje —físico y emocional— se convierte así en el eje de una historia en la que las decisiones individuales adquieren un peso que trasciende lo íntimo, proyectándose sobre un escenario histórico en transformación.

Además de épica, profundidad teológica y aventura, El príncipe escondido es una historia de amor, pasiones, mezquindad y redención. Una muestra de que el alma humana permanece inalterable a lo largo de los siglos y de que los pequeños acontecimientos de nuestras vidas, dolorosos o dichosos, forman parte de algo más grande que no siempre alcanzaremos a ver o conocer. Un misterio rabiosamente actual pero tan atemporal que tiene su reflejo en los convulsos reinos de Babilonia, Media y Persia. En una historia de destino, exilio y perdón del siglo VI a. C.