The Wild Bunch (II): Sam Peckinpah de Fresno, un californiano contra Hollywood

El último disparo del Viejo Oeste o cómo una película rodada en México destruyó el mito americano del 'cowboy'

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Samuel David Peckinpah nació el 21 de febrero de 1925 en Fresno, California. Este detalle geográfico no es menor. Peckinpah no era un neoyorquino ni un irlandés que fantasease con el Oeste desde la distancia; era un californiano auténtico, criado en un rancho de la región de San Joaquín, donde las huellas de lo español —los nombres de los ríos, los ranchos, las haciendas— eran todavía palpables. Su bisabuelo había llegado a California en los años 1850. El Oeste no era para él un género cinematográfico; era una herencia de sangre y polvo.

Peckinpah declaró en múltiples entrevistas que quería hacer una película «tan feroz que le restregara las narices a la gente en la fealdad de la violencia, de tal manera que nunca volvieran a querer verla». Lo que no previó es que parte del público aplaudiría la sangre derramada.

Esta identidad californiana era, consciente o inconscientemente, una declaración de principios frente a la figura dominante del cine del Oeste: John Ford. Ford era irlandés, nacido en Maine, de nombre gaélico Sean Aloysius O’Feeney. Su Oeste era una construcción mitológica, casi religiosa, limpia y heroica, con John Wayne como santo patrón de una masculinidad que nunca había existido. Peckinpah, californiano de raíz, sentía que esa visión era una usurpación y una mentira. Su Oeste era más sucio, más ambiguo, más verdadero. Era el Oeste de los hombres que perdían, no de los que ganaban.

Peckinpah (1925-1984) era, además, un hombre atormentado. Alcohólico, posiblemente maníaco-depresivo, adicto a las drogas, con una vida personal marcada por el caos y los conflictos. Sus batallas con productores, actores y técnicos eran legendarias. Amaba las armas y la caza con una pasión que rozaba lo filosófico. El apodo que le puso la industria, Bloody Sam, no fue regalado: lo ganó disparo a disparo.