La maja desnuda (1800) de Francisco de Goya es considerada la primera obra documentada de la pintura occidental que muestra el vello púbico femenino. En su época fue un acto revolucionario y escandaloso, lo que llevó a Goya a enfrentarse a la Inquisición. Sesenta años después, Gustave Courbet sacudió los cimientos del arte occidental con El origen del mundo, aunque mucho más explícito y realista, centrándose en los genitales.
Siguiendo la estirpe de provocadores y observadores minuciosos, Juan Manuel de Prada irrumpió en el panorama literario contemporáneo con Coños (1994) una obra que hereda la valentía de Goya y la radicalidad de Courbet para transformar la anatomía en metáfora. A medio camino entre el lirismo ramoniano y la insolencia modernista, De Prada no sólo nombra lo que el pudor solía callar, sino que convierte cada capítulo en una estampa literaria donde el pubis deja de ser un tabú para revelarse como un paisaje sagrado, un abismo de placer y el centro mismo de la creación estética.
Publicado inicialmente como un divertimento de juventud, Coños marcó la entrada de Juan Manuel de Prada en la literatura con un golpe de efecto. Concebido abiertamente como un homenaje a Senos (1917) de Ramón Gómez de la Serna, De Prada toma el testigo de la greguería y el estilo ramoniano para aplicarlo a un objeto de deseo más explícito y telúrico.
Juan Manuel de Prada muestra tener un gran virtuosismo del barroco. Despliega una riqueza de vocabulario impresionante, convirtiendo cada pequeño texto en un alarde de adjetivación y metáforas divinizadoras. Coños es un homenaje estilístico, captando el espíritu obsesivo y quizás caprichoso de Gómez de la Serna, buscando la belleza en lo cotidiano e íntimo. Y a la par, una pieza insólita divertida y audazmente cómica y estética.
Al ser una serie de pequeños textos sobre el mismo tema, puede volverse monótono para algunos lectores. También quizás, algo irregular por tratarse de una obra precoz, pero con sus característicos destellos brillantes. Coños es un ejercicio de estilo, una celebración literaria del cuerpo femenino —el de verdad—, y un guiño descarado a la vanguardia española. Es una obra que busca divertir, jugar y deslumbrar a través de las palabras, separándose de los Senos ramonianos con un tono más ácido, gamberro y visceral pero compartiendo el mismo de juego literario.
Profundizando en la comparación entre ambas obras y estilos, es útil entender cómo cada autor aborda la idiosincrasia del objeto anatómico, que eligen diseccionar literariamente. Mientras que De la Serna en Senos mantiene una distancia más juguetona e ingeniosa, propia de la greguería y la vanguardia de principios del siglo XX —viendo los senos como «montes de piedad», «manzanas que caen» o «puntos y aparte»—, su foco es la metáfora visual y la sorpresa intelectual. Su tono es más blanco. Juan Manuel de Prada, por el contrario, en Coños utiliza un lenguaje que igualmente es metafórico y juguetón, notablemente más provocador y carnal. Su prosa es más densa, barroca y descriptiva en un sentido más físico. Juan Manuel, no sólo busca la ocurrencia ingeniosa, sino la divinización y la glorificación de la anatomía íntima femenina a través de un torrente léxico que roza lo obsesivo y lo místico a la vez.
Un libro, ideal para amantes de la prosa cuidada y el ingenio. El triunfo del estilo sobre el tabú. Leer Coños, no es un acto de voyerismo, es un atracón del lenguaje. Prada demuestra que no existe rincón de la anatomía humana que no pueda ser sacralizado por el diccionario. Lo que en manos de otro habría sido pura pornografía o chiste de mal gusto, Prada lo convierte en una procesión barroca de adjetivos. Aquí el deseo no se masturba, se deletrea. Su proeza no fue hablar de lo que nadie se atrevía, sino hacerlo con una elegancia tan aplastante que obligó a la crítica a arrodillarse ante la belleza de lo explícito.
Las opiniones de Luis Alberto de Cuenca y Arturo Pérez-Reverte sobre Coños fueron fundamentales para catapultar la carrera de un joven Juan Manuel de Prada, quien entonces tenía sólo 24 años. Ambos autores celebraron la obra no sólo por su audacia temática, sino principalmente por su extraordinaria calidad léxica y su capacidad para renovar la prosa española. Luis Alberto de Cuenca fue uno de los primeros en detectar el talento de Prada, para quien Coños representó: un virtuosismo lingüístico destacando la riqueza verbal y el manejo de un castellano culto y sonoro, inusual para un autor tan joven. Valoró que Prada fuera capaz de tratar un tema tan carnal, alejándose de la vulgaridad gratuita. Arturo Pérez-Reverte fue uno de los padrinos literarios más públicos de Prada tras la publicación de este libro. Afirmó que, tras leer Coños, era evidente que Prada era «el escritor más prometedor de su generación». Lo definió como un autor que escribía «como los ángeles» o, más concretamente, como alguien que tenía un dominio del idioma que humillaba a muchos escritores consagrados. Reverte utilizó su influencia en columnas y medios para recomendar la obra, señalando que la literatura española necesitaba esa «sangre nueva» capaz de escribir con tal vigor y precisión. Ambos coincidieron en que el libro era un ejercicio de estilo magistral que servía de homenaje a Senos de Ramón Gómez de la Serna, pero con una voz propia y deslumbrante.
Del pincel de Goya a la pluma de Juan Manuel de Prada, la historia del arte es la historia de una transgresión. Coños es el recordatorio de que la literatura, cuando es verdadera, es capaz de convertir un órgano en un universo y una obsesión en una obra de arte.
Es un libro para quienes entienden que el erotismo más potente no entra por los ojos, sino por el ritmo de una frase bien construida.


