El 8 de marzo ha dejado de ser una jornada de reivindicación para convertirse en un escaparate de saldos políticos donde la mercancía está irremediablemente defectuosa. La realidad es tozuda: la calle ya no compra la moto del feminismo. Tras años de ingeniería social forzada y retórica inflamada, el feminismo oficial —el institucional, el de Estado, el woke o el de pancarta morada—, llegó a este 8M no sólo agotado, sino en plena maniobra de distracción masiva. La desconexión popular no nace de la indiferencia, sino de un hastío profundo ante un Ejecutivo que antepone el relato propagandístico a la seguridad real de las mujeres.
Los despropósitos de este feminismo estatal, se acumulan como heridas abiertas. Convirtiéndose en sinónimo de chapuzas legislativas que priorizan el relato ideológico sobre la protección efectiva de las mujeres. La Ley del «sólo sí es sí» —con más de 1.200 rebajas de condena y alrededor de 126 excarcelaciones de agresores sexuales— representa el mayor escándalo: un error técnico que liberó a depredadores sexuales antes de tiempo, erosionando la credibilidad de la causa y dejando a víctimas expuestas. Por otro lado, las pulseras de localización antimaltrato, pese a su eficacia potencial, acumulan fallos graves (alarmas falsas, manipulaciones, pérdidas de historial de ubicaciones y sobreseimientos judiciales por falta de pruebas), generando una falsa seguridad y desprotección real.
La división interna del movimiento feminista lo rompe por cuestiones como la prostitución, la Ley Trans, con manifestaciones del 8M divididas año tras año —Comisión 8M (antirracista, trans-inclusiva) frente a bloques escindidos como el Movimiento Feminista (abolicionista, centrado en el sexo biológico)—, boicots mutuos y acusaciones cruzadas que evidencian un feminismo parasitado y dinamitado desde el poder. Además, el wokismo lo remata: se acusa al feminismo oficial de convertir al hombre en enemigo perpetuo, ridiculizar la familia tradicional, imponer corrección política extrema y anteponer agendas identitarias a problemas reales que sufre la mujer, desigualdades económicas concretas, como la brecha salarial estancada en torno a un 19%. Este feminismo de Estado, es más bien un cortijo ideológico de leyes estrambóticas y jurídicamente nefastas que complican la igualdad real, alimentan reacciones antifeministas y desvían recursos de problemas estructurales hacia propaganda ridícula e inútil, contribuyendo a su agonía y al rechazo creciente entre la sociedad. Sin ir más lejos, el Ministerio de Igualdad ha gastado en publicidad el equivalente a 70.000 pulseras antimaltrato, previendo gastar a lo largo de 2026 un total de 14.218.525 euros de las arcas públicas en campañas publicitarias.
Las Muliaás de turno —esos personajillos de farándula y política que trivializan el acoso y la violencia de género, convirtiéndolos en armas partidistas o en victimismo lucrativo— invisibilizan a las mujeres que de verdad sufren: las que ven a sus agresores en la calle por una nefasta legislación o pulseras que dejan de pitar porque el Ministerio de Igualdad optó por lo barato en lugar de lo efectivo.
El feminismo de pancarta ya no llena plazas ni convence a nadie, así que Sánchez recurre al crossover político definitivo: inyectar antibelicismo impostado para rellenar el vacío y movilizar a una sociedad que le da la espalda. Aquí entra el contorsionismo supremo de «paz y guerra» de Pedro Sánchez. Primero la paz a gritos de «No a la guerra», resucitando el espíritu de 2003 por la Guerra de Irak para echar el lazo al progre fanático, al tonto progre, al progre perezoso que ya no se moviliza por igualdad. Sánchez se pone gallito, da lecciones de tiki-taka diplomático, soltando paparruchas retóricas para excitar al fanatismo progre. Pero la realidad le desmonta el disfraz en tiempo real: apenas días después del show monclovita, envía la fragata más moderna de la Armada española a Chipre, integrada en el grupo liderado por el portaaviones francés Charles de Gaulle, junto a buques griegos, para reforzar la defensa aérea y protección de ese país de la UE tras ataques con drones y misiles iraníes en el contexto de la escalada en Oriente Medio. Doblez pura. «No a la guerra» en pancarta para posar de némesis de Trump y coleccionar portadas internacionales que le hagan aparecer como héroe ante el progresismo, pero «sí a la guerra» por la puerta trasera. Una misión defensiva, dice Margarita Robles: «Una cosa son misiones de ataque y otra de defensa». Contorsiones semánticas para justificar lo injustificable.
El problema no es simbólico: el Congreso no ha sido informado ni ha autorizado este despliegue militar. A Sánchez sólo le importa la cámara de televisión, no la del Congreso de los Diputados. ¿En qué quedamos? Parece que la acción del ejecutivo de Sánchez se mueve según las encuestas o del inquilino de la Casa Blanca. Cuando la Administración Obama acabó con Osama Bin Laden en Pakistán, la izquierda decía que eso suponía un «avance para la seguridad internacional»; si la operación militar la enarbola Trump, es mala, ilegal e inmoral. Si la lidera Francia, nos apuntamos sin dudar —Mmm… Je t´aime moi non plus, oh! Mon amour. Porque cuando la guerra se habla en francés ya no es guerra—. Sánchez monta este número sabiendo que la guerra se convierte así en la cortina de humo perfecta para llenar calles que vacían las nefastas políticas de igualdad de su Gobierno: leyes contraproducentes, tecnología fallida, purgas por amiguismo y un feminismo secuestrado que prioriza el relato sobre la protección real. Cuando el 8M se agota por sus propios fracasos, se usa a la mujer como coartada para colar el «No a la guerra». No se marcha por dramas reales de las mujeres, sino para resucitar una movilización antibelicista que salve los muebles de Sánchez. La mujer pasa a ser el atrezzo necesario para llenar la foto y tapar vergüenzas.
Las reivindicaciones de este 8M no han sido feminismo auténtico: son agenda de supervivencia desesperada. La nada envuelta en papel de regalo antibelicista y eco wokesostenible, mientras se envía una fragata a la zona caliente y se ignora —o se facilita— el uso fáctico de bases. Este 8M no se ha celebrado la igualdad; ha escenificado la retirada humillante de un Ejecutivo.


