En España se publican unos noventa mil libros cada año, dos de cada tres en papel; es decir, se publican unos sesenta mil libros cada año. Son muchos, teniendo en cuenta que, como poco, uno de cada tres españoles no abre un libro en ese mismo año en el que tantas páginas aguardan en los anaqueles, como niños huérfanos, que alguien los adopte. Sólo uno de cada tres, aproximadamente, de esos libros son ensayos, lo que convierte la edición de estos libros en un acto de gallardía cultural y empresarial, y la determinación de escribir algo que uno debiera pensarse muy seriamente antes de lanzarse a ello, a pesar de la tentación intelectual, tan humana, de dejar a la posteridad los pensamientos de uno.
Pongamos que, pese a todo, el lector de este artículo está pensando en escribir un ensayo, afán legítimo y aventurilla personal notable; en tal caso, nos conviene a todos que lo haga con las máximas probabilidades de éxito. No me refiero, por supuesto, al éxito económico, posibilidad virtualmente nula para el principiante, a no ser que sea una celebridad (pero una celebridad no va a leer un artículo que le guíe en un proceso que seguramente ni acometerá: encargará a otro que se lo escriba); me refiero a crear algo que merezca la pena leerse. En tal caso, me tomo la libertad de darle estos pocos consejos, fruto de la experiencia, con la esperanza de que le sean de provecho.
Lo primero que hay que pensar es si el empeño es razonable. Y la única respuesta posible es que sólo hay que escribir libros que verdaderamente vayan a iluminar a los demás. Escribir un libro para desplegar o atrapar prestigio personal es un gesto ridículo que los demás rápidamente van a notar. Seamos honestos: es raro el español que no crea tener ideas geniales que compartir y vía directa con una sabiduría trascendental y eterna o un don especial para capturar el signo de los tiempos. ¿Cómo saber, entonces, que lo que uno ansía contar es en verdad enjundioso? Además de lo que diré enseguida sobre el proceso, me temo que no hay más método que este: haber leído una barbaridad y ser capaz de explicar que hay algo que no se ha dicho y ha de decirse. Como no hay asuntos nuevos, o apenas, hay que estar seguro de que se tiene un ángulo original y una manera distinta de argumentarlo.
Es difícil hacerse la pregunta anterior a solas, y además es mala idea. Por esa razón hay que empezar con un editor. Los editores son profesionales de la palabra y suelen tener un gusto superior al de la media de escritores nóveles. Sí, ya sé que un montón de editoriales rechazaron a J. K. Rowling; pero, uno, el ensayo no es la novela y la excepción no hace la regla, y dos, en España se autopublican unos ochenta mil títulos al año, y esa cifra mastodóntica da lugar a pocas dudas sobre quién suele equivocarse en su juicio, el autor o el editor. Ocurre, además, que el camino que hay que recorrer, aunque pueda desanimar, es enormemente formativo, y que jamás debería uno sacar a la calle —escasos genios aparte— lo que no ha pasado previamente por las doce pruebas de Hércules.
En cuanto al proceso, hay que decir que un buen ensayo se escribe solo. Quiere esto decir que nace cuando uno ha dedicado años a investigar y reflexionar sobre un asunto y ha ido metiendo el resultado en forma de notas y referencias en una caja que un día rebosa y, como si fuera un lobo huargo, nos da dentelladas para que lo escribamos. Desde este punto de vista, «ponerse a escribir un ensayo» es una idea peregrina; cada vez que alguien me manifestó su determinación de ponerse a ello —unas Navidades, un verano— supe que saldría mal, y en alguna ocasión pude comprobarlo. Es probable que ocurra otro tanto en las novelas, que uno sólo tenga una novela cuando una historia ha crecido en su interior y le empuja el corazón y ha hecho esquemas y rellenado pasajes. Pero me centraré en el ensayo: no hay un «drama de la página en blanco» para el buen ensayista, sino años de acumular y un trabajo ímprobo de completar y recortar y un momento difícil de determinar en el que hay que decidir que se ha terminado.
Para llegar hasta ahí hay que dedicar muchas horas a leer lo que sobre el tema en cuestión se ha escrito. La proporción buena suele ser de cien a uno: por cada página escrita, cien leídas. Se parece a lo que exige una buena conferencia, a la que hay que dedicar casi la misma proporción de preparación por hora hablada. Y es que, si nadie debiera plantarse ante una audiencia sin conocer tanto un tema que pueda afrontar cualquier pregunta y disfrutar de la experiencia, ¿cómo atreverse a dejar por escrito, nada menos, lo que no se domina? No asegura esta disciplina que uno vaya a tener argumentos irrebatibles —por algo lo llaman «ensayo»—; no obstante, sin argumentos muy sólidos nadie debería malgastar papel ni la atención de los lectores.
Ayudan, para recoger toda esta investigación, los elementos informáticos, pero es imprescindible ensuciar libretas para que la elaboración intelectual sea de calidad y se logren hallazgos. Lo que queda, a partir de ahí, es pulir sin descanso. Si uno no ha sudado un texto, ¿cómo va a darlo a leer a un editor, e incluso a un betalector compasivo? Y no se trata sólo del contenido: hay que dar con una manera medianamente original —aunque nunca vaya a ser única— de contar lo que nos ha estado obsesionando. No se trata sólo de intentar leer todo lo importante que se haya dicho sobre el asunto; se trata de ofrecer al lector una vía atractiva para iluminarse, algún tipo de relato o desafío que le haga disfrutar del proceso, luego de descolocarle. Fascinar no es sencillo; aunque tengamos algo importante que decir, no deberíamos decirlo hasta haber dado con un vehículo persuasivo. ¿Es bello lo que he dicho? Interprétese con amplitud esa cualidad de belleza, pero, si falta, hemos errado el tiro.
Escribir un ensayo como un acto de vanidad nos aboca al ridículo. Es un proceso que exige paciencia, disciplina y amor por la verdad que quiere transmitirse. Cada línea debe construirse con cuidado, y cada argumento debe sostenerse con claridad y rigor. Un ensayo no busca impresionar con florituras literarias, sino contribuir a la lucidez ajena, provocar la reflexión y ofrecer al lector una experiencia intelectual y sentimental que valga la pena. Quien lo escribe no debe tener miedo a la crítica; debe, más bien, recibirla como parte del diálogo que prolonga y enriquece el sentido de su obra.
Decía Montaigne, padre del ensayo moderno, que el verdadero arte del ensayo consiste en no pretender decirlo todo, sino en decir lo que vale la pena. Este recordatorio nos devuelve al núcleo de la escritura ensayística: seleccionar con cuidado, argumentar con honestidad y ofrecer al lector un camino hacia el entendimiento. Se nos brinda un pasadizo especial, recogido e íntimo con el alma de una persona; honremos esas horas insólitas. Sólo así nuestro ensayo se convertirá en algo más que un conjunto de palabras: pasará a ser una contribución duradera a la conversación humana.


