Juncal nunca se ha ido, sigue con nosotros

Por qué una serie de 1989 sobre un torero acabado explica mejor España que cualquier libro de historia

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Casi cuarenta años después de su emisión, Juncal sigue viva. No como reliquia ni como nostalgia de tarde de domingo, sino como herramienta para encontrar algo que los libros de historia no dan. En definitiva, todo sigue igual, y sólo lo clásico trasciende.

La serie no habla de toreros. Habla de nosotros. De cómo sobrevivimos cuando el sistema que nos dio identidad deja de sostenernos. De cómo seguimos en pie, a veces con dignidad y a veces con puro teatro, cuando ya no encajamos en el tiempo que nos toca.

En el fondo, José Álvarez Juncal es un sinvergüenza. Pero hay sinvergüenzas y sinvergüenzas.

La España de Juncal

Para entender Juncal hay que entender el año en que nace: 1989. España lleva apenas trece años de democracia. El PSOE de Felipe González gobierna con una mayoría que empieza a mostrar sus primeras grietas pero que aún sostiene el relato del cambio. Gana las elecciones, pero un año antes recibió una huelga general demoledora. Al otro lado del espectro, los de AP se convierten en el PP y se preparan para llegar al gobierno, coincidiendo con la fundación del diario El Mundo, su mejor aliado. Todavía queda mucho para ese momento, mientras ETA sigue amenazando la democracia con un terrorismo sanguinario.

La economía crece. El país lleva tres años en la Comunidad Europea. Hay una sensación difusa, casi física, de que algo nuevo está llegando, aunque nadie sabe exactamente qué.

La peseta todavía existe. Los precios se cuentan en millones con naturalidad. Un café vale ochenta pesetas. Un piso en Sevilla puede comprarse por ocho millones. El turismo existe, pero no ha devorado nada todavía. Las ciudades son de los que viven en ellas.

Juncal sobrevive con un paquete de tabaco negro y un verde al día —el billete de mil pesetas con la cara de Benito Pérez Galdós—. No más. No menos.

Es el año en que cae el Muro de Berlín. El año de Tiananmen. En que el mundo empieza a moverse con una velocidad que España mira desde su particular mezcla de euforia y perplejidad. La Expo del 92 se anuncia como la gran entrada del país en la modernidad. Sevilla se prepara para ser el centro del mundo durante unos meses—nadie sospecha todavía lo que costará esa fiesta—.

En ese contexto, Juncal es un anacronismo consciente. La serie no ignora el presente: lo usa como contraste. Cada escena en la que el protagonista intenta funcionar con sus viejos códigos es también una escena sobre cómo España está dejando atrás una forma de ser sin haber encontrado todavía otra.

Sevilla: La ciudad que ya no existe y que todos querríamos

La Sevilla que muestra Juncal es hoy una ciudad que ya no existe. No porque haya desaparecido físicamente, sino porque ha sido transformada en otra cosa: un escenario para el turismo de masas, una postal viva, una ciudad que se gestiona como un producto y que ha ido cediendo su alma en cuotas anuales a los alquileres turísticos, las colas de la Catedral y los selfis frente a la Giralda.

La Sevilla de Juncal tiene bares con historia, no con decoración. Tiene mesas donde los mismos hombres llevan veinte años sentándose a la misma hora. Tiene una vida de barrio que no necesita ser tutelada por ninguna aplicación de recomendaciones.

Y tiene el restaurante de Teresa. “La buena mesa”, ese restaurante donde se come un conejo con caracoles que hoy —seamos honestos— mataríamos por encontrar. No el conejo de carta de fusión, no el caracol deconstruido. El de siempre: guisado despacio, con ajo, con hierba, con el tiempo que ya nadie tiene. La cocina de Teresa es también una declaración política: que hay cosas que valen por sí mismas, sin necesitar ser explicadas ni fotografiadas.

La Sevilla actual, convertida en parque temático de sí misma, hace que la Sevilla de Juncal parezca hoy más moderna que nunca. Porque era una ciudad que se pertenecía. Y eso, en 2026, es casi revolucionario.

Lisboa y Francia: La Fiesta Inter (nacional)

Uno de los grandes aciertos de la serie es sacar a Juncal de España. El protagonista viaja:  a Lisboa, y al sur de Francia.

En Lisboa le enseña a su hijo novillero dos estamentos de la vida: cómo afrontar los momentos duros y el miedo —tirando de Chaves Nogales y Juan Belmonte, con una sensibilidad extraordinaria— y cómo tratar a las mujeres. Es una de las escenas más hermosas y más cargadas de la serie: la de un padre, que no ha estado casi nunca,  transmitiendo —de golpe y en tierra extraña—todo lo que sabe sobre estar vivo.

En el sur de Francia, Juncal descubre cuánto quiere a su hijo. Lo descubre en el peor momento posible: cuando el chico acaba de ser corneado y está en estado grave. Ahí, lejos de Sevilla y de Córdoba, sin público ni actuación posible, Juncal se queda a solas con lo que de verdad le importa. Y resulta que es más que lo que él mismo creía.