El sonido del olvido

La memoria necesita volver sobre las cosas, pronunciarlas, mirarlas otra vez

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Los olvidos no siempre llegan del mismo modo. Algunos irrumpen haciendo ruido, como un portazo en mitad de la noche. Uno recuerda entonces una fecha, un nombre, una promesa incumplida. Y sabe exactamente cuándo empezó a olvidar.

Pero hay otros olvidos que no avisan. Se deslizan despacio, como el polvo sobre los muebles de una casa cerrada. Uno no se da cuenta hasta mucho después, cuando ya es tarde para salir corriendo detrás de aquello que se perdió. El otro día me ocurrió algo extraño. Intenté recordar la voz de una persona. No una frase concreta, ni una conversación memorable. Sólo la voz. El tono. La forma exacta en que pronunciaba mi nombre. Y descubrí, con una punzada casi física, que no podía hacerlo.

Podía recordar su cara. Incluso algunos gestos mínimos: cómo inclinaba un poco la cabeza al escuchar, cómo sonreía, cómo dejaba silencios entre las frases. Recordaba lugares, tardes enteras, conversaciones completas. Pero no la voz. Y aquello me dejó profundamente inquieto.

Porque uno cree que las personas permanecen dentro de nosotros de manera sólida, intacta, como si la memoria fuese una habitación perfectamente ordenada. Pero no es verdad. La memoria se parece más a una costa erosionada por el mar. Hay cosas que resisten años. Otras desaparecen sin que sepamos cuándo ocurrió. Qué cosa tan frágil es una voz.

Pensé entonces que quizá la verdadera muerte de algunas personas no sucede cuando se van, sino cuando dejamos de poder escuchar cómo sonaban. Mientras conservamos una voz, todavía hay algo vivo. La voz tiene una capacidad extraña para devolvernos el mundo entero. Basta escuchar un audio antiguo para que regresen de golpe los inviernos, los pasillos, el olor de una casa, la edad que teníamos cuando todo parecía más grande. Una voz no sólo dice cosas. Una voz era una manera de estar en el mundo.

Por eso me impresionó descubrir aquel vacío. Intentaba reconstruirla y sólo obtenía una especie de eco borroso, como una radio mal sintonizada. Me pregunté cuánto tiempo llevaba ocurriendo sin que yo lo supiera. Quizá meses. Quizá años.

Vivimos creyendo que recordar es automático. Que aquello que amamos queda archivado para siempre en alguna parte segura de nosotros mismos. Pero no. También el amor necesita mantenimiento. La memoria necesita volver sobre las cosas, pronunciarlas, mirarlas otra vez. De lo contrario, incluso lo más importante empieza a desteñirse. Y, sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

Porque el dolor de no recordar una voz sólo aparece cuando esa voz significó algo. Nadie sufre por no poder reconstruir el tono de un desconocido. Nos duele precisamente porque hubo un tiempo en que aquellas palabras eran refugio, compañía o casa.

Quizá crecer consista también en aceptar estas pequeñas tragedias silenciosas. Entender que no podemos conservarlo todo. Que la vida, además de darnos recuerdos, también nos enseña lentamente a perderlos.

Aunque confieso que desde aquel día tengo una tentación nueva: guardar más audios, escuchar más despacio, atender mejor a las voces de quienes quiero. Porque algún día —y eso es lo terrible— puede llegar un momento en que alguien siga ocupando un lugar inmenso en nuestra historia y, aun así, ya no sepamos exactamente cómo sonaba al decirnos «hola». Y hay ausencias que empiezan justo ahí.