No existe en Roma —al menos todavía— una Congregación para la Doctrina de la Alegría. Y, sin embargo, uno sospecha que debería. No para vigilarla, ni para definirla en latín solemne, sino para recordarnos que la alegría también necesita custodios, testigos y, sobre todo, practicantes.
Porque la alegría, como la fe, se desgasta cuando no se usa. Y porque hay una tristeza respetable, muy seria, muy bien vestida, que se cuela incluso en los templos y acaba hablando de Dios como si fuera un asunto administrativo.
La alegría cristiana no es una emoción pasajera ni una sonrisa de catequesis. No es el optimismo ingenuo de quien no ha mirado de frente el dolor. Es, más bien, una forma de resistencia. Una manera de decirle al mundo —y a uno mismo— que la última palabra no la tiene la muerte, ni el fracaso, ni el cansancio acumulado de los días.
Por eso la alegría necesita doctrina. No en el sentido de un manual, sino en el de un aprendizaje. Se aprende a alegrarse como se aprende a amar: a base de caídas, de fidelidades pequeñas, de silencios habitados. La alegría no se improvisa; se cultiva.
Quizá esa sagrada congregación exista ya, dispersa y anónima. Estará formada por madres que rezan mientras friegan los platos, por sacerdotes que siguen creyendo en las personas cuando las personas han dejado de creer en ellos, por abuelos que bendicen la mesa con una fe sin aspavientos. Está formada por quienes han llorado lo suficiente como para saber que la alegría no es lo contrario del sufrimiento, sino su transfiguración.
Jesús no prometió una vida fácil, pero sí una alegría completa. No una alegría intacta, sino atravesada. «Que mi alegría esté con vosotros», dijo, como quien entrega una herencia frágil y preciosa. Y añadió «y vuestra alegría sea completa» (Jn 15, 11), confíando en que sabremos cuidarla.
Tal vez el gran problema no sea que falte alegría, sino que nos hemos vuelto desconfiados ante ella. Preferimos una fe correcta a una fe luminosa. Nos tranquiliza más la norma que el gozo. Y sin darnos cuenta, acabamos defendiendo a Dios… de la alegría que Él mismo quiere regalarnos.
Por eso hace falta una congregación —no en los despachos, sino en la vida— que recuerde que creer es, en el fondo, una buena noticia. Que la historia de nuestra redención comienza con un anuncio que desarma: «Alégrate». Y que la santidad, más que una acumulación de méritos, tiene mucho que ver con aprender a vivir agradecidos.
Si algún día se funda oficialmente esa Congregación para la Doctrina de la Alegría, sus miembros no llevarán hábitos especiales ni títulos rimbombantes. Su signo distintivo será otro: hombres y mujeres que, sin negar la cruz, han decidido no vivir con cara de Viernes Santo permanente. Personas que, aun con las manos llenas de heridas, se atreven a ofrecerlas abiertas.
Porque la alegría —la verdadera— no se impone. Se contagia. Y quizá esa sea, al final, la más urgente de las doctrinas.


