Polanski o la perversión de la verdad

La vida del cineasta esconde muchas vidas

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Hay quienes tras sufrir una tragedia se refugian en la religión que pudieran tener, otros fortalecen su fe en el absurdo. El género del absurdo es uno de los temas más recurrentes en la obra de Roman Polanski, junto a narrativas de corte trágico, comedias que sin embargo, contienen finales bastante descorazonadores, la desigualdad de género, la codicia, así como el abuso de poder. La atmosfera que crea Polanski en sus películas es única y absorbente. Se puede palpar el miedo y la inseguridad en cada plano. No tiene necesidad de asustar al espectador ni de apagar las luces.

La vida de Roman Polanski esconde muchas vidas. Podemos elegir el personaje: el emigrante francés huérfano de madre en la II Guerra Mundial, el mendigo superviviente del nazismo, el estudiante polaco de cine que huyó del comunismo, el joven actor de teatro, el director consagrado, el viudo enamorado, el culpable de estupro, el prófugo, el padre de familia, el cineasta más importante de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Todas esas vidas tienen en común la huida hacia adelante del hombre.

Hijo de emigrantes judíos polacos no practicantes, no recibió educación religiosa alguna, salvo un par de oraciones católicas para salvar el pellejo si lo encontraban los nazis. El pequeño Roman experimentó en carne propia los males de la II Guerra Mundial. Al comienzo de la misma tuvo que emigrar con su familia a Cracovia desde Paris creyendo que así estarían más seguros. Instalarse en Polonia se convirtió en la primera de muchas desgracias de su vida. Durante la guerra perdió a su madre —católica, pero «clasificada racialmente» como judía— en el campo de concentración de Auschwitz junto a otros familiares. Su padre, pese a que estuvo también recluido dos años en el campo de concentración de Mauthausen-Gusen, sobrevivió, convirtiéndose en uno de los pocos supervivientes polacos del Holocausto. Durante la guerra, Roman sobrevivió al gueto de Cracovia y tras vivir como mendigo en la calle, escapó de los nazis pasando por varias familias de acogida hasta la liberación por el Ejército Soviético en enero de 1945.

Siendo muy niño empezó a interesarse por el mundo del cine, comenzando como actor de teatro. Cursó estudios en la Escuela de Cine de Łódź. Su primer cortometraje lo realizó con 21 años: La bicicleta (1955). Le siguieron otros muchos. Con 26 años, durante el rodaje de Cuando los ángeles caen (1959) Polański, comenzó un romance con la actriz principal, Barbara Kwiatkowska-Lass de 19 años, con la que se casó en ese mismo año y de la que se divorció en 1962. Esto le sirvió para poder realizar su primer largometraje en Polonia: El cuchillo en el agua (1962), con el que consiguió una nominación a la mejor película extranjera en los Óscar de 1963. La película ya mostraba algunas de las características que se harían presente en sus siguientes producciones como su gusto por los ambientes claustrofóbicos. Gracias al reconocimiento cosechado por esta cinta, Polanski rodó Repulsión (1965), un thriller psicológico con Catherine Deneuve como estrella principal y que le valió varios premios, como el Oso de Plata en el festival de Berlín de ese año. Sobre la rubia de hielo comentó en sus memorias que trabajar con ella fue como «bailar un tango con una pareja extraordinariamente experta».

En 1966 filmó Callejón sin salida, en la que aparte del ambiente claustrofóbico tan característico del autor, deja ver atisbos de un humor negro muy particular que acompañará algunas de sus mejores películas. Obtuvo el Oso de oro en el Festival de Berlín, así como muchos otros premios. En 1967 dio el gran salto a los EEUU con el rodaje de El baile de los vampiros, primera película que rodó en color. Parodia de las películas de vampiros de la época, le permitió mostrar sus dotes interpretativas y lo consagró en el mercado norteamericano. Antes del rodaje comenzó una relación amorosa con la actriz Sharon Tate, de 23 años, con la que se casó en enero de 1968 en Londres.

«Sharon tenía algo más que un rostro agraciado y una figura atractiva. Lo que más me gustaba de ella era su bondad inmutable, su alegría natural, su amor a las personas y a los animales, a toda la vida en general. Las mujeres demasiado cariñosas y solicitas siempre me ponían muy nervioso, pero Sharon había conseguido establecer un perfecto equilibrio entre el afecto y la solicitud. Tenía un gran sentido del humor. Era una perfecta ama de casa. Aparte de ser una excelente cocinera, solía cortarme el cabello muy bien. Gustaba de hacerme las maletas cuando tenía que emprender algún viaje. Siempre sabía exactamente lo que había que poner, hasta el punto de que aun hoy, cuando hago o deshago el equipaje, no puedo dejar de pensar en ella».

En 1968, Polanski rodó en los Estados Unidos una de sus películas más emblemáticas y polémicas: Rosemary’s Baby. Interpretada por Mia Farrow, la película obtuvo numerosas nominaciones al Óscar, logró el éxito internacional y tuvo una gran repercusión. Roman con 35 años, se encontraba en la mejor etapa de su vida, como reconoció él mismo.

En abril de 1969 la muerte del compositor de muchas de sus películas Krzysztof Komeda, fue el preludio de una serie de desgracias que se cebarían con el director polaco. Por aquella época, el matrimonio Polanski se había mudado a una enorme mansión en el 10050 de Cielo Drive, en Los Ángeles (California), -antigua vivienda del músico y productor, Terry Melcher-, donde tuvo lugar uno de los sucesos que marcarían su vida, tanto personal como cinematográfica. Su esposa, embarazada de casi nueve meses, fue una de las víctimas de la matanza que la banda La Familia del líder Charles Manson realizó en dicha casa. Los sucesos tuvieron lugar mientras Polanski se encontraba en Londres preparando otra película: El día del delfín, que jamás terminó. Los hechos ocurrieron en la madrugada del 9 de agosto.

El propio Roman Polanski contó en sus memorias que el funeral de Sharon Tate fue un acontecimiento irreal: «Tenía que hacer constantemente un esfuerzo para recordar donde estaba. Permanecí sentado al lado de la madre de Sharon, abrazándola y llorando. El sacerdote pronuncio una homilía muy conmovedora, pero mientras él hablaba, un solo pensamiento acudía una y otra vez a mi mente: dentro de este ataúd se encuentra el cuerpo de Sharon, por mucho que tratara de concentrarme, solo podía pensar en la cicatriz que Sharon tenía en la rodilla izquierda, consecuencia de un accidente de esquí. Durante toda la ceremonia, lo único que hice fue recordar aquella cicatriz que ya nunca volvería a ver».

Aquellos asesinatos sembraron el terror por todo Hollywood, pero lo peor estaría por llegar, pues tan pronto como se descubrieron los asesinatos, los medios de comunicación echaron mano de los chismorreos que circulaban por Hollywood y empezaron a hacer toda una serie de alusiones a orgías, consumo de drogas y magia negra. Hollywood, que es no solo la comunidad más malintencionada del mundo, sino también la más insegura, deseaba buscar una explicación que culpase a las víctimas, reduciendo de este modo la amenaza que pesaba sobre la sociedad. Se decía que Sharon y los que habían muerto con ella, eran responsables de sus propias muertes. Pasando oportunamente por alto el hecho de que al día siguiente apareciera asesinado en circunstancias similares el matrimonio La Bianca.

«Lo que más me dolió —relata Polanski— cuando los medios de comunicación empezaron a publicar reportajes sobre Manson y su “familia”, fue que no se avergonzaran de haber difamado la memoria de Sharon y diseminado una sarta de mentiras sobre todos nosotros. Tras la detención de Manson, se comportaron como si ya supieran desde un principio que los responsables de los asesinatos eran los miembros de aquella banda». Y es que los asesinatos no fueron tan gratuitos como parecían. La cólera de Manson era la del artista fracasado que se venga de los demás por su falta de talento y su incapacidad de triunfar —caso equiparable al de Adolf Hitler—. La amargura y la frustración debieron ser los motivos que impulsaron a enviar un comando de ataque a la que él consideraba la casa de Terry Melcher, para darle su merecido al hombre que se había negado grabar un disco con sus mediocres composiciones. El asesinato de la familia La Bianca, fue un intento de confundir a la policía.

En palabras de Roman Polanski, la muerte de Sharon fue la única línea divisoria en su vida. Antes de que ella muriera, «yo navegaba por unos serenos e ilimitados mares de optimismo y esperanzas. Ahora, siempre que me divierto, me siento culpable. Un psiquiatra con quien hablé poco tiempo después de su muerte me advirtió de que pasaría cuatro años de sufrimientos antes de que pudiera superar aquella sensación. He tardado mucho más».

Tras aquellos sucesos hubo un período de inactividad debido a que la seguridad en sí mismo del director, sufrió un rudo golpe como consecuencia de los asesinatos, pues arraigó en él un profundo pesimismo, insatisfacción por la vida, un profundo «sentido judío de la culpa» y el convencimiento de que cualquier experiencia placentera tenía un precio. Quizás en eso no se equivocaba.

Su regreso al cine se produce en 1971 con Macbeth, en una personal adaptación de la obra de William Shakespeare. Destaca en la película la matanza realizada por el protagonista sobre los escoltas del Rey que hace alusión a los asesinatos de su esposa y amigos.

En 1974, Polanski volvió por la puerta grande al rodar Chinatown, una película inspirada en los clásicos del cine negro, protagonizada por Jack Nicholson, Faye Dunaway y John Huston. La película fue un éxito mundial y lograría el Óscar al Mejor guion original. En Francia rodaría El quimérico inquilino (1976), un thriller psicológico que quizá sea la obra cumbre del director polaco y en el que él mismo actúa como protagonista, siendo uno de los trabajos más personales del director polaco y, a la vez, más retorcido, mezclando terror con humor negro.

En 1977 Polanski, de nuevo en los Estados Unidos, fue acusado de estupro por haber mantenido relaciones sexuales con una adolescente. Sobre este tema se han vertido ríos de tinta. Al igual que sucedió con los asesinatos Tate-La Bianca la prensa ha ido distorsionando los hechos, olvidando oportunamente ciertos detalles como que la supuesta víctima, Samantha Geimer fue inducida por una madre ambiciosa para participar en castings, anuncios para ser modelo y así fue como conoció a Roman Polanski que por aquel entonces andaba haciendo un reportaje en EEUU para la revista Vogue Paris. La chica aparentaba más edad de la que tenía -13 años-, y tuvo un provocador comportamiento en la sesión de fotos. Durante la realización de estas fotos ambos se encontraban en casa de Jack Nicholson. Se ha dicho que los hechos tuvieron lugar en un jacuzzi con alcohol y drogas, que él la sodomizó. El propio Polanski contó en su autobiografía que mantuvo relaciones sexuales consentidas con la menor, que no hubo drogas de por medio como se dijo. La cuestión es que cometió el delito de estupro -cuando una persona mayor de edad, realiza actos de carácter sexual con un menor de 16 años-. Durante las investigaciones se descubrió que la supuesta víctima mantenía una relación extrañamente cariñosa con su padrastro. Un fatídico suceso por el que tras pasar unos meses en prisión en California y pagar fianza, abandonó el país para no regresar jamás.

En 1979, estrenó Tess, basada en la novela de época de Thomas Hardy. Dedicó la película a su fallecida esposa Sharon Tate con un simple «To Sharon», quien dio la novela a Polanski junto con otras pertenencias, el último día que se vieron antes de que volviera la actriz a Los Ángeles. «Podemos hacer una película fascinante con este libro», le dijo en ese momento. Tess fue uno de los mayores éxitos de su carrera, logrando varios Globos de Oro y tres premios Oscar. El propio director polaco contó que el rodaje de esta película en la campiña francesa supuso un episodio especialmente importante en su vida y una experiencia purificadora pues acaba de salir de prisión. A comienzos de los 80, ya convertido en uno de los directores más grandes de la historia del cine, se tomó un descanso que duraría seis años para escribir su autobiografía: Roman por Polanski (1985), donde deja ver claramente que aún no ha superado la muerte de su esposa.

Con 55 años, volvió al género de suspense con una producción estadounidense rodada en Francia: Frenético, junto a Harrison Ford y, la que sería la futura esposa y musa de Polanski: Emmanuelle Seigner, de 23 años. Frenético funcionó muy bien comercialmente y permitió al director adentrarse en temas aún más oscuros en cuanto a las relaciones de pareja en Lunas de hiel. En 1994 estrenó La muerte y la doncella, con Sigourney Weaver como protagonista. La cinta fue un éxito moderado tanto comercial como de crítica. En 1998, rodó La novena puerta, adaptando de forma original la novela de Arturo Pérez-ReverteEl club Dumas (1993) y otorgó el papel protagonista a Johnny Depp. El filme aunque fue un éxito comercial, se ganó el estatus de una de las peores películas de Polanski por parte de la crítica.

En 2002 recibió la Palma de Oro de la 55º Edición del festival de Cine de Cannes, máximo galardón del certamen, por El pianista, adaptación de las memorias de Władysław Szpilman, pianista judío polaco que sobrevivió a las masacres nazis gracias a la ayuda de un oficial alemán. En la 75° edición de los Óscar, El pianista recibió tres galardones, entre ellos el de Mejor director. Polanski no asistió a la ceremonia por ser prófugo de la justicia estadounidense. En 2005 se estrena Oliver Twist, una película, en cuyo personaje principal se ve reflejada en cierta forma, la infancia del director en la II Guerra Mundial.

En 2009 Polanski inició en Berlín el rodaje de El escritor. Ese mismo año fue detenido en Zúrich por los cargos de abuso sexual que pesaban sobre él en EEUU desde 1977, con una orden de búsqueda y captura. Había sido invitado por el Festival de Cine de Zúrich. Por este motivo no pudo estar presente en la entrega del Premio al Mejor director que se le concedió en el Festival de Berlín por dicha cinta. Durante el tiempo que estuvo bajo arresto domiciliario en Gstaad (Suiza) escribió junto a la escritora francesa de origen judío Yasmina Reza, el guión de la que sería su siguiente película: Un Dios salvaje.

En 2012 se hizo patente la conexión entre Roman Polanski y el escritor británico Ian McEwan, a través de la adaptación cinematográfica de la novela La venus de las pieles (1870) de Leopold von Sacher-Masoch. Y con Basada en hechos reales (2027), vuelve a la fórmula de la adaptación literaria con los textos de la francesa Delphine de Vignan.

Llegando al epílogo de las que hasta la fechan han sido sus más recientes películas, en 2019 rodó El oficial y el espía, sobre el caso Dreyfus con claras alusiones autobiográficas. La cinta fue galardonada con el Gran Premio del Jurado en la 76° Edición del Festival de Cine de Venecia y obtuvo tres premios César. Con casi un siglo de vida, a los 90 años, estrena El palacio. Una comedia negra, hasta la fecha su última obra.

Leyendo sus memorias, escritas como si fuera una novela, me conmovió profundamente su afán de superación, crecimiento ante la adversidad. Lo triste es que por mucho que Roman Polanski se empeñe en ser sincero, algunas personas seguirán prefiriendo la caricatura a la realidad en un insalvable camino hacia a la cultura de la cancelación: «Aún sigo pareciendo un artista profesional, aún sigo contando historias divertidas y escenificándolas con gran eficacia, aun me sigo riendo mucho y disfruto de la compañía de la que se ríe, pero en el fondo de mi corazón sé que el espíritu de la risa se ha alejado de mí. No es simplemente que el éxito me canse a estas alturas, o que la tragedia y mis extravagancias me hayan dejado amargado. Tengo la sensación de haber perdido el derecho a la inocencia, a una pura apreciación del placer de la vida. Ahora se me considera universalmente, bien lo sé, un perverso enano libertino. Mis amigos —y las mujeres de mi vida— saben que eso no es cierto. He sido objeto de tantas inexactitudes, malentendidos y claras distorsiones, que las personas que no me conocen tienen de mi personalidad una idea enteramente falsa. Los rumores, con el concurso de los medios de comunicación, crean una imagen de las figuras públicas que éstas tienen que llevar después, colgada como un sambenito. Se lo que soy, lo que hice y lo que no hice, y como fueron y son las cosas realmente. No me arrepiento de nada de lo que ha ocurrido en el camino. Por paradójico que pueda parecer, si los acontecimientos de mi existencia no hubiesen sucedido tal como lo han hecho, hoy no tendría a mi familia ni disfrutaría de la vida que llevamos juntos. Tendría otra cosa, y no quiero otra cosa. No pienso renunciar a eso por cambiar el pasado».

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