Explica el demógrafo Alejandro Macarrón que la inmigración desbordada, que ya sufríamos previamente a la nueva regularización de 500.000 inmigrantes que el Gobierno impone a los españoles, se producía en una situación en la que no habíamos llegado al pleno empleo. Es decir, no necesitábamos importar mano de obra.
Palpamos día a día, como sociedad y en la vida privada, los problemas derivados de la misma. La crisis de la vivienda se produce principalmente como consecuencia directa de la inmigración. De esta manera, se agrava un circulo vicioso en el que al joven español no puede acceder a una casa, fundar una familia y tener hijos, creándose de esta manera un problema demográfico que sirve de coartada a los gobernantes para justificar flujos migratorios. Pero no sólo. La inmigración masiva produce la degradación del transporte público, aumenta la delincuencia creando problemas de seguridad que no teníamos y es causa directa de la bajada de salarios por exceso de mano obra. Además, tenemos un Estado del Bienestar que permite vivir sin trabajar. Mantenemos inmigrantes que viven exclusivamente de ayudas públicas.
Dos de los buques insignias de la España moderna han sido demolidos por un gobierno criminal y por las políticas de inmigración. Ambos nos afectan en nuestra cotidianidad. Por primera vez en la historia, «la mejor sanidad del mundo» ofrece una atención deficiente con listas de espera impensables hace unos años. Los profesionales médicos denuncian una crisis profunda en el sistema sanitario, con presiones de trabajo crecientes y precariedad laboral. Por otro lado, la red ferroviaria de transportes, desgastada por la hipercongestión que produce el aumento de viajeros (inmigración) y sin el mantenimiento adecuado, se acaba de cobrar medio centenar vidas.


