España descarrilada

En los 90, la alta velicidad fue, más que una infraestructura o un avance tecnológico en un país donde el tren nunca fue protagonista, un símbolo. El AVE representó una España más humana, más alegre, más vivible; en la que los problemas de todos eran reales, igual que las esperanzas compartidas.

Hoy, esa misma red es una de las expresiones más crudas de la decadencia generalizada que contrasta con el espíritu de hace pocas décadas. Kilómetros y kilómetros de vías decadentes, estaciones en obras eternas y sobrecostes normalizados, a través de decisiones cortoplacistas e interesadas tomadas por cálculo político.

La alta velocidad ha pasado de ser un emblema nacional a un monumento al desorden, la propaganda y la irresponsabilidad de la mafia que, mientras detenta el poder, gasta el presupuesto del mantenimiento de infraestructuras ferroviarias en putas.

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