Es signo principal de nuestro tiempo la prolongación artificial de la adolescencia en su principio y su fin. Admirables y ejemplares excepciones aparte, se pretende que los niños dejen de serlo antes de tiempo, exponiéndolos a decisiones y aficiones para las que no están preparados, mientras muchos adultos postergan indefinidamente la asunción de sus propias responsabilidades.
Cuando las etapas se confunden y las tareas no se cumplen a tiempo, quedan hombres por fraguar. Vidas rotas, aunque a veces —pocas— reconstruidas y fortalecidas con fe y esfuerzo, casi siempre generadoras de una sociedad fallida que, entre el ridículo, la desazón y el error, engendra más fracaso.
Cada edad del hombre está llamada a descubrir su propia forma de madurez, del mismo modo que puede hundirse en la inmadurez que le es característica. La juventud demanda aprendizaje y disciplina; la edad adulta, compromiso y capacidad de sostener; la vejez, transmisión y criterio. Cuando los roles se eluden, la inmadurez se cronifica.


