Mediterráneo gastronómico

La nueva pirámide alimenticia y las directrices dietéticas impulsadas por la administración Trump —Robert F. Kennedy Jr. ha puesto su empeño— representan una reconfiguración del discurso público sobre alimentación con claras implicaciones políticas. Presentadas por algunos medios como el mayor reinicio de la política nutricional en décadas, estas recomendaciones reflejan un cambio en la relación entre salud, economía y cultura alimentaria en los Estados Unidos.

El énfasis en la llamada comida real (proteínas de calidad, grasas saludables, frutas y verduras, junto con una ofensiva frontal contra los ultraprocesados y el azúcar) ha sido etiquetado como populismo nutricional —¡reaccionario!—. Para sus críticos, se trata de una vuelta ideológica a lo tradicional, un relato que encaja con la retórica del movimiento Make America Healthy Again y con la desconfianza sistemática de esta administración hacia el statu quo científico. A ello le suman una sospecha recurrente: las nuevas guías coinciden con los intereses del sector ganadero, históricamente influyentes en la política estadounidense. Pero lo cierto es que la nueva pirámide rompe, por fin, con la herencia de los años noventa, cuando la nutrición oficial fue secuestrada por lobbies cerealeros y una demonización acrítica de las grasas en pro de la industria de lo light.

Ocurre que este supuesto populismo alimentario no es una extravagancia ideológica, sino una convergencia tardía —excepto en sus correspondientes adaptaciones culturales y de producción— con el patrón dietético que durante décadas ha sido reconocido como el más saludable del planeta: la dieta mediterránea.

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