Hay años que se leen como se viven, sin orden aparente, con regresos poco elegantes, rodeos y algún acierto inesperado. Y otros en los que, al mirar atrás, uno entiende que no fue el azar quien eligió los libros, sino una versión bastante concreta de uno mismo. No es que los libros nos elijan; eso queda muy bien dicho y muy mal explicado. Los elegimos nosotros, pero con las manos condicionadas.
He leído mucho en 2025. He escrito menos, aunque he empezado, que ya es algo. Arranqué el año más perdida que el barco del arroz y, cuando uno está perdido, vuelve a casa por pura inercia. En mi caso, casa tenía forma de saga juvenil leída hasta el desgaste. Así que devoré los siete tomos de Harry Potter, esta vez en versión original, y me sorprendieron para bien. Sobre todo los tres primeros, finísimos, irónicos, con un humor que ya quisieran muchos autores que se pretenden más serios. Luego la cosa empieza a desbarrar un poco, coincidiendo, no sin casualidad, con la llegada del cine y la progresiva americanización del invento.
Y ya que me había puesto, me puse del todo. Seguí con El Señor de los Anillos. Tolkien fue un señor brillantísimo y le perdono que se tire tres páginas describiéndome un helecho. Hay algo profundamente reconfortante en releer sin sorpresas, en saber exactamente lo que va a pasar y disfrutarlo igual, quizá más. Leer así es descansar de un mundo empeñado en sorprenderte todo el tiempo.
También ha sido un año de lecturas sobre el duelo, sin buscarlas, porque tengo la mala costumbre de no leer contraportadas, una forma discutible de dejar que los libros te encuentren sin avisar. Destaco El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, que ni consuela ni anima, simplemente cuenta las cosas como son. He soltado este año más de un fardo y algunas lecturas, sin pretenderlo, hicieron de compañía sobria, sin consejos de autoayuda ni falsas promesas.
Sin darme cuenta, también leí mucho sobre el paso del tiempo, no como tragedia, sino como evidencia. Una reflexión, supongo, compartida entre quienes rondamos y superamos la treintena y empezamos a notar que el calendario ya no juega casi nunca a favor. Helos aquí los dos primeros tomos de El volumen del tiempo, de Solvej Balle, y Las tempestálidas, de Georgi Gospodinov, que es mi libro del año, con permiso de mi padre. Memoria, identidad, pasado perdido, presente inestable, futuro inquietante, impertenencia, término muy certeramente inventado por el autor, nostalgia como refugio y como arma.
El año ha tenido también su dosis de crudeza. Descubrí o me descubrieron a Chirbes con Crematorio, a McCarthy, con cuya carretera he cerrado el año, a Steinbeck con Las uvas de la ira, a Coetzee y a Capote. Algunos ya conocidos volvieron a aparecer en el momento justo. Berta Isla, de Javier Marías, me cogió de las solapas, me gritó y, de alguna manera, me salvó. Ya conocía a Álvaro Pombo, pero Contra natura confirmó que se puede ser incómodo e inteligente a partes iguales. Darío Ferrari fue el hallazgo más ligero del año con Se acabó el recreo. Y luego están los otros, los que pasan por tu vida sin dejar apenas rastro, correctos, olvidables. No hacen daño ni dejan huella. Tres estrellas tibias en Goodreads y el recuerdo borroso de haber estado ahí.
Leí a Javier Cercas con El loco de Dios en el fin del mundo. Es un libro que plantea muchas preguntas y ofrece escasas respuestas. El juego entre fe, duda, poder y búsqueda personal resulta especialmente interesante cuando uno anda falto de referencias, intentando entender en qué cree, o si cree en algo. Es un libro estimulante tanto para creyentes como para no creyentes, precisamente porque no reparte certezas fáciles.
Me he metido también de lleno en los clásicos españoles. La Regenta ha sido una de las grandes alegrías del año, una novela viva, cruel, irónica, de una modernidad insultante. A final de año me he lanzado con Cela, del que hablaré después de las uvas. Lo que he comprobado es que todos ellos siguen diciendo algo y que, cuando algo funciona, el tiempo se vuelve un detalle menor.
Hubo también ensayo. Destaco No digas nada, de Patrick Radden Keefe, que me recordó al magnífico Salir de la noche, de Calabresi, y a que en España seguimos moviéndonos, en general, en versiones bastante descafeinadas de ese tipo de relatos.
Si miro el conjunto, no veo una lista, veo un mapa bastante reconocible. Libros que llegaron cuando tenían que llegar. Algunos reconfortaron, otros incomodaron, otros simplemente ocuparon su espacio y se marcharon. He leído porque me apetecía y he escrito sobre ello porque leer sin prisa suele dejar mejor poso. No es una necesidad, pero sí una costumbre que ayuda a entenderse un poco menos mal.
Al final, los libros no marcan etapas porque sean especiales, sino porque los leemos en un momento concreto. Los elegimos no del todo libres. Y cuando pasa el tiempo, al recordarlos, no recordamos sólo lo que contaban, sino quiénes éramos cuando los leímos. Eso, más que cualquier balance anual, es lo único que merece la pena conservar.


