Brigitte Bardot: mito de una libertad y una Francia que apenas existen

Nunca quiso reconciliarse con la corrección política ni con el mundo del espectáculo que había dejado atrás

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Brigitte Bardot (1934-2025) ha muerto a los 91 años. Con ella desaparece una de las figuras más influyentes y paradójicas de la cultura europea del siglo XX: una mujer que encarnó como pocas la libertad y que, precisamente por ello, terminó alejándose del mundo que la había hecho icono.

Bardot fue actriz célebre, mucho, tal vez como ninguna otra en Europa por momentos. Y también fue un terremoto moral. En la Francia de posguerra su aparición supuso una ruptura radical. Con Y Dios creó a la mujer, dirigida por Roger Vadim, el cine europeo descubrió una sensualidad frontal, sin coartadas ni moralina. BB dejó de ser un nombre propio para convertirse en un concepto: juventud, deseo, provocación.

Durante poco más de quince años construyó una filmografía que hoy es historia del cine. Trabajó con Henri-Georges Clouzot, Louis Malle y Jean-Luc Godard, dejando huella en títulos como La verdad o El desprecio. No siempre fue una actriz «técnica», pero sí una presencia irrepetible: la cámara la amaba porque ella no se sometía a ella. Hollywood intentó absorberla, sin conseguirlo del todo. Bardot nunca fue una estrella dócil.

También fue cantante, musa y escándalo. Su relación con Serge Gainsbourg y la grabación de Je t’aime… moi non plus añadieron otra capa al mito: la de una mujer que hacía del escándalo una forma de expresión artística, sin pedir perdón.

Y, en el momento más alto de su fama, se marchó. En 1973, con apenas 39 años, abandonó el cine para siempre. No fue una retirada melancólica, sino una renuncia consciente. Desde entonces, Brigitte Bardot se transformó en activista por los derechos de los animales, una causa a la que dedicó su vida con la misma intensidad con la que había vivido la fama. La Fundación Brigitte Bardot, creada en 1986, es su legado más duradero.

Ese segundo acto estuvo marcado por la controversia. Sus opiniones políticas, su visión de Francia, su cercanía a Marine Le Pen y su rechazo frontal a ciertos dogmas contemporáneos la convirtieron en una figura incómoda, a menudo aislada. Bardot aceptó el ostracismo como el precio de la coherencia. Nunca quiso reconciliarse con la corrección política ni con el mundo del espectáculo que había dejado atrás: «Mi país, Francia, mi patria, mi tierra está invadida por una superpoblación de extranjeros, especialmente musulmanes».

Murió como vivió: sin matices, sin concesiones, sin pedir permiso. Brigitte Bardot fue belleza y soledad; fue libertad y exilio interior. El cine pierde a una de sus grandes leyendas y Francia a una mujer que nunca quiso ser monumento, pero era historia ya en vida.

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