Desempleados políticos

La política española es un circuito cerrado del que casi nadie ha salido nunca a ganarse la vida más acá del cargo público. Una casta dirigente y parasitaria apesebrada en despachos, asesores y juventudes de partido que no ha conocido una nómina privada, un cierre de mes incierto, un trimestre descuadrado ni el riesgo real de fracasar.

Desde esa burbuja, se permiten el lujo de exigir sacrificios constantes a los españoles: más impuestos, más horas, más resignación y menos hijos. Piden esfuerzos fiscales a quien sí ha trabajado, esfuerzos familiares a quien apenas llega a fin de mes, y sacrificios profesionales a generaciones enteras condenadas a la precariedad. Lo hacen sin experiencia, sin autoridad moral y sin pudor.

Gobernar, en España —y en casi todo Occidente—, es una carrera vitalicia donde el error no se paga y la incompetencia se recicla. Una sociedad sana no puede permitirse —en todos los sentidos— dirigentes que no conocen la vida real. Antes de pedir sacrificios, convendría que alguno los conociese.

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