El presidente electo de Chile, José Antonio Kast, no es un producto de algún laboratorio ideológico ni un líder personalista o histriónico, sino un padre de familia que ha hecho de su biografía una declaración política. Nueve hijos, vida ordenada, fe y un discurso comprensible para quienes sienten que el mundo que conocían se les ha escurrido entre los dedos. En un tiempo dominado agendas impuestas desde arriba, Kast encarna la reacción de la gente corriente frente al globalismo totalizador.
Su victoria no se explica por nostalgia ni por extremismo, como muchos intentan hacer brocha gorda en mano, sino por identificación, por identidad. Habla de seguridad, de orden, de familia. Mientras otros no se atreven de defender lo obvio, Kast lo hace sin complejos desde hace mucho tiempo. Como ocurre en nuestro tiempo, el hartazgo no adopta la forma de una revolución, sino de un retorno a lo elemental, a lo que funciona.
Kast, que representa ese hartazgo de la gente corriente, no ha ganado por prometer un mundo nuevo, sino uno conocido que nos fue arrebatado. Y eso, hoy, es profundamente político.


